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«Corpus Christi»: Otra vez, Dios escribe derecho con renglones torcidos

CORPUS CHRISTI
Surtsey films
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Corpus Christi no es una película de beatería ñoña o hilada a razón de frases lapidarias. Ni muchísimo menos

El 16 de octubre llegaba a los cines españoles el jaleado drama franco-polaco, Corpus Christi -candidato al Oscar a la mejor película en lengua no inglesa en la última edición de los premios-, dirigido por el joven director de cine polaco de 38 años, Jan Komasa y distribuido por Surtsey Films.

El filme sigue las andanzas de Daniel, un joven rebelde de 20 años, que experimenta una transformación espiritual en el reformatorio donde está instalado con otros compañeros. Está cumpliendo una condena por asesinato en segundo grado. Quiere ordenarse sacerdote, pero el capellán del reformatorio le dice que no es posible a causa de sus antecedentes penales.

Sin embargo, poco tiempo después, recala en un taller de carpintería de una pequeña ciudad, donde fue enviado para trabajar. Nada más llegar se viste de sacerdote -también vez para huir del ambiente de violencia en el que se hallaba- y se hace cargo accidentalmente de la parroquia, a petición del vicario de la iglesia, que estará ausente algunos días. Así las cosas, la llegada de este carismático hombre de fe trastocará la vida de la encogida comunidad local, que tiene un asunto importante sin resolver.

Jan Komasa retoma con soltura y determinación el fondo de la disoluta vida juvenil de su muy premiada Sala Samobójców (2011), que le sirve para armar este impecable trabajo -basado en hechos reales (es la adaptación cinematográfica de un reportaje que el guionista, Mateusz Pacewicz, publicó años atrás para un diario polaco-), tanto en la forma como en su hondura dramática, y que en esencia es un devastador drama sobre la redención, el perdón, la conquista del amor, las apariencias y la sufrida búsqueda de la identidad.

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De esta manera, nuestro protagonista, interpretado con brillantez por Bartosz Bielenia, se hace con las riendas de la parroquia. Pero a su estilo. Es de todo menos un hombre modélico. Por ello, no tiene más remedio que improvisar sermones, reproduciendo a pies juntillas los mensajes que oía al cura del reformatorio durante las homilías, y que él lanza cuando dice Misa o confiesa. “Rezar no debe ser algo mecánico” era el leit motiv del centro.

Y para hacer bien una cosa u otra se apoya en su teléfono móvil, pitillo en mano, para aprender rápido qué hay que decir y cómo. Al menos para empezar. Al tiempo, Daniel no abandona su forma de ser ni su esencia de hombre libre, turbio o despreocupado (fuma, bebe, se droga) de puertas para adentro. Pero, de puertas para afuera, cambia y su actitud con la comunidad es la de un joven comprometido y responsable. Suya es la frase “perdonar es la máxima expresión del amor”.

CORPUS CHRISTI
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Eso no quiere decir que Daniel no necesite dar salida a sus inquietudes vitales, sus temores y sus dudas, que se sintetizan en una lucha interna muy dura, a fin de hallar la paz y la tranquilidad que nunca ha tenido. En todo este proceso, Daniel ayuda a sanar las almas a los lugareños de la zona con métodos poco ortodoxos, pero con los que logra poner un punto de luz a una existencia herida, dado que arrastran un trágico pasado a consecuencia de un accidente de tráfico que los ha dejado inmóviles. No obstante, Daniel ha conseguido hacerse más cercano, insuflarles vida y que miren con otros ojos el mundo que les rodea.

CORPUS CHRISTI
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Por su parte, Corpus Christi no es una película de beatería ñoña o hilada a razón de frases lapidarias. Ni muchísimo menos. Muy al contrario resulta fresca y reconfortante, con la Iglesia católica en primer plano, que se admira, se respeta y se cuestiona. Tampoco es una película provocadora, moralizante o dogmática.

Es más, si Corpus Christi es algo, es una historia incómoda, no exenta de tensión, en formato de thriller, y la violencia que despliega es escasa. Pero sobre todo es una película sobre la condición humana y su aislamiento. En este sentido, el director y su guionista han sabido recrear con acierto la grisura del reformatorio y la grisura del mundo rural donde se desarrolla prácticamente toda la trama, con tonos dramáticos distintos, aunque complementarios.

Lo que está en juego en los dos escenarios es el encuentro con la felicidad. O dicho de otro modo: para llegar a Dios hay varios caminos. Por eso a veces escribe derecho con renglones torcidos.

Al tiempo, la historia no es pretenciosa ni pretende imponer nada. Presenta unos hechos muy singulares que, bien insertados, favorecen el encuentro y la liberación de un mundo encorsetado por una pésima gestión política.

En cuanto a su puesta en escena, Corpus Christi está muy bien narrada y estructurada, goza de ritmo, los diálogos son buenos e ingeniosos, cuenta con una ambientación y atmósferas realistas, que acentúan las cualidades narrativas antedichas, y el apartado actoral está al mismo gran nivel que el de su protagonista, lo cual demuestra la poderosa capacidad de Komasa para dirigir a los intérpretes.

Nos hallamos, pues, ante un excelente trabajo fílmico que por derecho propio se ha hecho un hueco entre esas grandes películas que hablan del amor a Dios y al prójimo sin necesidad de grandes palabras. Bastan los grandes gestos.   

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