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Carine lleva a Dios a los campos de refugiados

CARINE SALOME
Timothée Dhellemmes
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«Estamos hartos de recibir cosas. Lo que necesitamos es esperanza»

Carine Salomé tiene 44 años, es laica consagra y pertenece a la Comunidad del Cordero, que cuenta, además de laicos, monjes y monjas al servicio de los pobres.

Cada año, la Diócesis de Aviñón (Francia), en asociación con la ONG Fidesco, la envía a campamentos de refugiados en países del Sur, de tres a ocho meses en total. En los últimos años ha estado sirviendo en los campos de refugiados de Yuba y Jartum, en Sudán; en Erbil, en la región de Kurdistán, al norte de Irak; y, ahora está en la isla griega de Samos.

En cada ocasión se presenta al obispo de la localidad para ofrecer su disponibilidad para el servicio. ¿Su misión? Llevar la adoración eucarística al corazón de los campamentos y ofrecer apoyo espiritual, en particular con niños.

Estamos hartos de recibir cosas. Lo que necesitamos es esperanza»

Carine es hija de una familia anticlerical, no sabía nada de Dios y vivió un largo camino de conversión antes de recibir el bautismo a los 25 años. Antes había ejercido profesionalmente en el ámbito humanitario pero se dio cuenta de que la dimensión espiritual sigue, por desgracia, demasiado ausente en las ONG.

“El cuerpo necesita muchas cosas, pero, cuando se ha perdido todo, [se necesita] también una reconstrucción interior”, comenta con un suéter a la espalda y la cruz de madera al cuello bien visible.

Los refugiados “esperan ser visitados”, añade porque les suele escuchar decir:  “Estamos hartos de recibir cosas. Lo que necesitamos es esperanza”.

Precisamente, en esos lugares que muchas veces son “desiertos espirituales” rodeados de alambradas y torres de vigilancia, Carine Salomé aporta algo muy valioso: visita a las familias, organiza oratorios con los niños y lleva la adoración al corazón de los campamentos.

En Jartum incluso logró llevar el Santísimo Sacramento a los establecimientos penitenciarios de los condenados a muerte.

Aunque es testigo de sufrimientos extremos, su misión la impulsa en la esperanza. “La vida es posible”, dice maravillada, segura además de que han sido los niños de los campamentos quienes le han enseñado a rezar.

Ha vivido muchos encuentros que la han marcado, empezando por el de una mujer víctima del autodenominado Estado Islámico que, cierto día, le confesó radiante: “A fuerza de contemplar el rostro de Cristo Sacramentado, por fin he podido dar las gracias a Daesh porque estábamos construyendo nuestra torre de Babel y en dos horas nos la destruyó. Estábamos construyendo un tercer piso en nuestra casa, teníamos coches e incluso queríamos comprar otro pero en dos horas, me lo quitaron todo. Hoy, sé que me han permitido volver a lo más profundo de mi corazón”.

Y la misionera afirma sin dudar: “Cuando damos la fuerza de Jesús vivo, vencedor de todo, las personas pueden luego abalanzarse sobre la vida; sea cual sea el extremo sufrimiento que vivan, Cristo transforma ese sufrimiento en vida que se eleva y en fecundidad”.

Y asegura:

Soy testigo de todo lo maravilloso que el Señor viene a hacer en los corazones de las personas”.

 

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