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Maternidad: cómo sintonizar con tus hijos pequeños

MOTHER
Shutterstock | Merla
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Los hijos más pequeños, en los tres primeros años de vida, necesitan sintonizar con las madres para conectar con el mundo.

Un niño llega al mundo y, la primera cara que logra percibir es la de su mamá.

Termina el primer viaje de su vida en el vientre de su madre. El aterrizaje ha de ser suave, sosegado, sin miedos y sin sobresaltos. De ahí la importancia de la sincronía madre-hijo pues pone las bases del desarrollo infantil temprano.

Si la música de esta pareja va acompasada entonces el desarrollo cognitivo, social, emocional, físico comienza a rodar y apunta buenas maneras. Si la interrelación está ausente o llega a ser conflictiva, hay que ser claro, las consecuencias pueden llegar a ser conductas traumáticas y convertirse en diferentes trastornos.

Vínculo de apego

Pues bien, la madre -a veces el padre, a veces la cuidadora- debe sintonizar, es decir, sincronizarse con su hijo recién nacido para que se sienta a gusto y seguro en su nuevo entorno vital. Los niños necesitan una primera figura de apego confiable.

Este vínculo de apego se logra en esta conversación inicialmente poco verbal y sí muy corporal: esa es la verdadera primera comunicación entre el niño y su progenitora. Estamos hablando de maternidad, de cuidados, de cariño, de atenciones.

Pero cuando hablamos de estas atenciones y cuidados desde la perspectiva de la sincronía nos hemos de fijar en aspectos como la simultaneidad, la reciprocidad, el ritmo de la pareja; como una pareja de baile, que debe andar al unísono sin pisarse los pies.

Una pareja de baile

Debemos entender esta relación como una unidad. De hecho, a menudo, madre e hijo bailan literalmente cuando el bebé es acunado, pero con esta metáfora me refiero a más aspectos. ¿Qué aspectos?: cómo se debe amamantar y alimentar, cómo acariciar y mirar a los ojos para leer las señales que emite el niño y ofrecer una respuesta adecuada y oportuna al mensaje emitido por el bebé.

Los expertos señalan que una madre debe ser una buena lectora de las señales del gran lenguaje pre-verbal que maneja el bebé. Y las señales pueden ser risas y estas risas deben ser respuestas con las risas de la madre. Es un lanzar y responder como en el tenis.

Leer las señales que emite el niño

Los balbuceos también esperan respuestas, y las expresiones faciales buscan acuerdos. Pero también hay diálogo en los lloros, pataletas y en el desconsuelo ante determinadas frustraciones. Ahí la madre debe poder distinguir entre tipos de lloros, lamentos, gemidos, quejas.

Y saber, si ha aprendido el idioma especial de su hijo, a interpretar qué le pasa al niño: está cansado, le duele la barriga, tiene hambre, o no acaba de conciliar el sueño.

Si la madre entra en sincronía con el hijo, a base de horas de atención, estas interpretaciones no resultan difíciles. Sin embargo, si la sincronía está ausente el niño se convierte en un ser “incómodo” e incomprensible que no solo es difícil de manejar, sino que genera estrés, tensión. Y a menudo, en esta línea, recibe respuestas ansiosas, nerviosas e incluso ciertamente agresivas.

Entonces la música se apaga, el ritmo desaparece y la pareja de baile ha abandonado la danza y ya no es una unidad. El niño se siente abandonado, extraño y pierde confianza en sí mismo y en su primera figura de apego. La relación no fluye, se ha perdido el ritmo del que hablan los músicos y coreógrafos.

¿Qué hay que hacer? No perder la paciencia y no acusar al niño de una susceptibilidad que fácilmente tiene su origen en su madre (o en la pareja). No es que el niño sea raro y ”pesado”. Y es fácil que sea la madre quien no tiene tiempo o quizá tenga otras prioridades. También es verdad que el niño puede estar enfermo o que excepcionalmente tiene un fuerte temperamento. Pero esto pasará raras veces.

Los distractores (los móviles)

Y es que existen distractores cada vez más intensos. Antes era la televisión y las madres la veían compatible con atender a sus pequeños. Creo que no lo es. Ahora una prioridad para la madre puede ser su teléfono móvil. El móvil es muy poco amigo de la sincronía madre-hijo.

Y el niño comienza a descubrir que muy a menudo importan más las “sincronías” de las redes sociales que la sincronía que pone las bases del desarrollo sano, creativo, estimulante y capaz de abrir las puertas del mundo del mejor modo posible.

Cuando es desatendido, los expertos en el vínculo de apego dicen que el niño se puede retraer, asustar, incomodar o desorientar: es la formación del apego inseguro y sus diferentes versiones (ansioso, evitativo, desorganizado).

El juego de miradas que hablan de amor incondicional

¿Qué hay que hacer? Recuperar el cruce de miradas, las sonrisas, las canciones. Miradas cuyas respuestas son miradas aún más expresivas. Intercambio de miradas. Hay que recuperar la danza madre-hijo e invitar a otros participantes. Por ejemplo, el padre que puede ser la segunda figura de apego. Y la clave es el tono distendido y juguetón.

El truco como siempre es la actitud. Hay que disfrutar en esta sincronía e imaginar nuevas situaciones lúdicas, paseos. Subirlo, si tiene más de dos años, a las espaldas, llevarlo al campo. Ir con toda la familia a contemplar la naturaleza.

Y es que hay que enamorarse perdidamente del propio hijo tal como dice el sabio y gran psicólogo del desarrollo Bronfenbrenner: “Todo niño necesita al menos un adulto que esté irracionalmente loco por él”.

Esto me hace recordar precisamente a Jesús, que estaba loco por los niños. Todos conocemos bien esta frase del Evangelio: «Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 19, 14)

Hay que nombrar el mundo con el dedo y explicarlo

Y entonces señalar novedades con el dedo: en la naturaleza, en casa, en el parque, en casa de los abuelos. A partir del año el niño entiende muchas de las cosas que se le dicen y las incorpora a su vocabulario, aunque son palabras que todavía no puede usar. Hay que lograr que cuando miramos y señalamos una flor, una nube, un tren le expliquemos al niño qué está pasando, qué está viendo y entonces el ideal es que el niño también señale lo que le indicamos.

¡Y que con tres años nos acabe preguntando! Si respondemos a esas miradas y a esos dedos índices le estamos enseñando a hablar, a relacionarse, a descubrir el mundo. Un mundo amigable. Si somos coherentes con él, contantes, previsibles, amistoso, alegres ponemos las bases de su futuro éxito en la vida.

Expertos en neurociencia dicen que su sistema neurocerebral puede modificarse por las interrelaciones de calidad, por el ambiente. Entonces unos determinados genes se encienden, se expresan, y contribuyen a que el niño despliegue todo su potencial. Y si el clima relacional continúa en casa, en la escuela, en el ocio estamos apostando por el desarrollo de sus máximas potencialidades. Y de su felicidad a lo largo de la vida. ¿Cómo haría Maria de Madre con su Jesús Niño? Nos puede ayudar. 

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