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Sean Connery: De James Bond a El nombre de la rosa

SEAN CONNERY
Shutterstock | Featureflash Photo Agency
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Se le ha llegado a calificar como «El hombre vivo más sexy»

En algunas épocas fue definido como “el más grande escocés” o “el hombre vivo más sexy”. Ha pasado a la memoria cinematográfica como el James Bond clásico, el padre de Indiana Jones, el expeditivo policía irlandés que enseñó a ser duro a Eliot Ness frente a los hombres de Al Capone, el tierno y otoñal Robin Hood junto a una inolvidable Audrey Hepburn como Lady Marian, el comandante soviético que desertaba al mando de un submarino nuclear en La caza del Octubre Rojo…

El gran salto a la fama mundial le llegó a Sean Connery apenas cinco años después de su debut cinematográfico, encarnando a un personaje que se convertiría en todo un mito de la gran pantalla: James Bond. Nacido en las novelas de Ian Fleming, Dr. No (Terence Young, 1962) sería la primera de cinco entregas en las que participaría en la década de los 60 (Desde Rusia con amor, Goldfinger, Operación Trueno y Sólo se vive dos veces), además de otra en 1971 (Diamantes para la eternidad) y un colofón no oficial (esto daría para otro artículo incluso más extenso) en 1983 con Nunca digas nunca jamás.

La celebridad fue planetaria, Bond fue en su momento un icono de la pantalla y un modelo de actitud y elegancia que debían en buena parte su éxito a la propia apostura que Connery supo imprimir al papel. Huyendo del encasillamiento, el escocés enlazó importantes éxitos de taquilla durante las décadas de los 60 y 70. Cine bélico con El día más largo (varios directores, 1962) o Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), intriga con Marnie, la ladrona (Alfred Hitchcock, 1964), Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974) o épicos dramas de aventuras como El hombre que pudo reinar (John Huston, 1975).

En los años 80 unos pocos títulos permitieron a Sean Connery conectar con una nueva generación de público. Superados los 50 años, pero con un aspecto algo más avejentado por sus canas y su calvicie, le aguardaban papeles de inolvidables personajes maduros, secundarios de gran relevancia en alguna de las películas que a continuación enumeramos, y determinantes al menos en un caso en el que nos extenderemos más adelante: El nombre de la rosa (Jean Jacques Annaud, 1986).

El sheriff espacial remedo de Sólo ante el peligro (High Noon, Frez Zinemann, 1952) que interpretaba en Atmósfera Cero (Peter Hyams, 1981), el espadachín español de Los inmortales (Highlander, Russell Mulcahy, 1986), el policía irlandés de Los Intocables de Eliot Ness (The Untouchables, Brian de Palma, 1987) que le supuso ganar el Oscar como Mejor Actor de Reparto, el memorable padre del arqueólogo más famoso del cine en Indiana Jones y la Última Cruzada (Steven Spielberg, 1989) y el comandante ruso que deserta a bordo de un submarino nuclear en La caza del Octubre Rojo (John Mctiernan, 1990) consolidan el prestigio de Connery como intérprete de gran calidad, capaz de revestir sus actuaciones con un aura especial de credibilidad y verdad, capaz de alternar gravedad y pícara sonrisa.

Sería la puerta a una última etapa de su carrera en la que el cine de gran presupuesto y nutrida taquilla le abraza: El primer caballero (Jerry Zucker, 1995), La roca (Michael Bay, 1996), La trampa (Jon Amiel, 1999)… hasta su retiro en 2003.

Anticipábamos antes una atención especial a la participación de Connery en El nombre de la rosa, película de 1986 que trasladaba el libro homónimo de Umberto Eco en lo que muchos proclaman como la mejor adaptación de un libro a la pantalla de todos los tiempos, afirmación que sin duda disgustará a los amantes de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939).

Fray Guillermo de Baskerville (de origen británico cuyo apellido remite a la novela de Arthur Conan Doyle El sabueso de los Baskerville) acude a una remota abadía benedictina acompañado de su fiel novicio Adso de Melk.

A medio camino entre el auténtico franciscano escolástico Guillermo de Occam (enunciador del principio de parsimonia: “en igualdad de condiciones, la solución más sencilla suele ser la verdadera”) y de Sherlock Holmes (“cuando eliminas toda solución lógica a un problema lo ilógico, aunque imposible, es invariablemente cierto”), fray Guillermo es un franciscano de renombre y consideración, con un pasado como inquisidor, que participa en un debate sobre posesión de bienes y pobreza de los apóstoles, tesis que sostuvo el Guillermo de Occam real, empirista y científico, frente a los dominicos que consideraban herejía la pobreza apostólica.

En ese contexto se produce una serie de muertes que tan pronto se sospechan como cadena de asesinatos en torno a un libro de acceso prohibido, como se toman por augurios de un inminente apocalipsis. Baskerville afronta los múltiples retos (teológicos, criminalísticos, humanos…) con agudeza mental, inagotable fe, perspicacia inusitada, profunda caridad, amplia empatía y paciente pedagogía con su novicio, narrador de la historia desde los recuerdos de su vejez.

Este 25 de agosto Sean Connery ha cumplido 90 años, de los cuales una buena parte han transcurrido entre el fervor del público, millones de espectadores, generaciones de amantes del buen cine a los que ha cautivado con su presencia, su apostura, su sonrisa, el carisma especial del que ha sabido dotar a sus interpretaciones y una simpatía natural que le han convertido en uno de los actores más queridos del Séptimo Arte.

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