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Me asusta no tener la vida que tenía antes de la pandemia

RELIGIJNOŚĆ PO PANDEMII
Pra Chid | Shutterstock
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«El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga» Mateo 13,1-23

«Necesito aceptar mi verdad, lo que de verdad soy, para dejar entrar a Dios en lo más hondo. Porque Dios siempre actúa en la verdad»

¿Cómo es posible que de la sequedad del desierto pueda venir la vida que fecunda los bosques? Así es como la nube de polvo que viene del Sahara fecunda la Amazonia.

El otro día leía sobre lo que explica Luis Ladino, investigador titular del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Nacional Autónoma de México: «El polvo del Sahara llega a la Amazonía. Los vientos del Orinoco arrastran este polvo y lo introducen dentro del continente. El científico explica que los minerales que carga el polvo del Sahara funcionan como nutrientes para los suelos que los han perdido como consecuencia de una práctica excesiva de la agricultura, así como para los océanos. Trae hierro, que es importante para el fitoplancton y de mucho beneficio para los océanos». El polvo del desierto da vida porque aporta muchos minerales. Me impresiona cómo funciona la naturaleza. Lo imposible se vuelve posible.

Hoy escucho en el salmo: «La semilla cayó en tierra buena y dio fruto». Yo me preocupo constantemente por regar mi jardín para que tenga vida. Procuro cuidar las plantas que están más necesitadas. Intento que los frutales den mejores frutos. Me angustian las plagas que afectan a los árboles sin que yo pueda hacer nada por impedirlo. Me duele si no llueve lo suficiente y si el sol es demasiado fuerte. Me asusta esta naturaleza que se escapa a mi control. Y Dios en la naturaleza hace que la Amazonia se renueve con polvo del desierto. Parece magia.

Hoy nos preocupa tanto el daño que el hombre hace a la naturaleza. Y es verdad. La naturaleza es sabia. Tiene sus ritmos y caminos para dar vida. La semilla cae en tierra fértil y da fruto. Eso me impresiona. Dios actúa como quiere, donde y cuando quiere.

Pienso entonces en mi propia vida, en mi alma que es un desierto con frecuencia. Me duele la sequedad de todo lo que vivo. Quisiera que en mi corazón hubiera ríos y pozos. Me gustaría que surgieran huertas completas y árboles diversos. Quiero ser fecundo, tierra fecunda. Pero aún así ese fenómeno del Sahara me muestra que mi desierto puede dar vida.

La sequedad de mi polvo, de mi tierra árida, puede fecundar otras vidas. No lo entiendo muy bien, pero sé que Dios puede sacar hijos de debajo de las piedras. Puede sacar vida de la muerte y abundancia del hambre. Eso me consuela.

Yo veo a menudo mi vida estéril, el desierto de mis vínculos, la soledad de mi alma y pienso que no es posible, que no va a salir vida. Pero me equivoco, para Dios nada es imposible. El polvo recorre miles de kilómetros desde el desierto para cumplir su misión. La espera es larga, pero el polvo y sus minerales llegan a la meta. Eso me gusta.

La paciencia es lo propio del jardinero, del cuidador de la tierra fecunda. Pienso en el desierto de este tiempo que vivo. Un desierto de pandemia en el que tantas cosas buenas y posibles se quedan sin hacer. Un desierto en el que la vida no parece ir hacia ningún lugar.

Y tengo miedo. Me asusta la soledad del desierto, la arena seca. Me asusta no tener la vida que tenía antes y pensar que por eso este tiempo puede ser infecundo. Es todo lo contrario.

En el desierto de este tiempo que vivo confinado Dios me va a hacer fecundo para muchos. Me olvido de algo que vivo cada día en el santuario. Allí entrego mi vida en manos de María como mi capital de gracias y veo cómo mi entrega da frutos en corazones que no conozco. Me gusta esa mirada positiva sobre este tiempo. Ofrezco mis renuncias, mis sacrificios, mis soledades, mis planes cancelados, mis ilusiones perdidas, mis desafíos postergados.

Mis metas que quedan tan lejos de mis pasos de ahora. Y en medio de ese desierto Dios me habla al corazón. Y me dice que todo eso dará vida sin que yo lo vea, sin que yo lo sepa. Será como una nube de polvo que trae fecundidad en el silencio.

La fecundidad dentro de mi alma no depende solo de mí. Yo puedo esforzarme, puedo luchar y dar pasos. Pero es Dios el que me regala una fecundidad que no es mía. En este tiempo más que nunca valoro la renuncia que no puedo evitar. Valoro la muerte que no puedo eludir. Y el sufrimiento que querría dejar para otro momento.

Valoro no poder salir y hacer lo que deseo. Es mi entrega silenciosa y voluntaria. Como ese polvo que, sin hacer ruido, fecunda la naturaleza. Ese milagro me habla de lo que es este tiempo para mí, para muchos que no conozco. Estoy sembrando semillas de eternidad y eso es lo que de verdad importa.

 

 

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