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Mercedes de Jesús Molina, la rosa de la educación

MERCEDES DE JESUS MOLINA
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Renunció a una vida de lujos y privilegios para fundar el primer instituto educativo femenino en su natal Ecuador

Hoy en día la palabra feminismo se dice mucho, pero pareciera entenderse poco. Mucho menos creo que haya gente a la que pudiera parecerle que en la Iglesia católica existen verdaderos ejemplos de mujeres que lucharon por mejorar la vida de otras.

Y la verdad es que hay muchísimas, entre ellas, la beata Mercedes de Jesús, quien abogó por la educación de las niñas desfavorecidas de su natal Ecuador.

Nació el 24 de septiembre de 1828 en Baba (hoy día, en la provincia de Los Ríos) en el seno de una familia económicamente privilegiada. Pero cuando tenía tan sólo dos años, su padre falleció.

Pudo tener buenas institutrices y su madre le ensañaba a rezar y los principios de la doctrina cristiana. Sin embargo, cuando Mercedes tenía 15 años, ella también falleció, y se fue a vivir con una entrañable amiga de la familia.

De buenos valores, adinerada, huérfana y bonita, era considerada un muy buen partido, y por eso muchos galanes merodeaban su casa y la idea de ese amor la ilusionaba.

Ella finalmente aceptó a uno de sus pretendientes, pero entonces sufrió un accidente a caballo que le fracturó un brazo. En la convalecencia, leyó la biografía de la beata Mariana de Jesús (ahora ya santa), también ecuatoriana, y sintió el llamado de Dios.

A punto de casarse a los 21 años, decidió cancelar la ceremonia para atender su llamado religioso.

Donó todos los bienes que había heredado de sus padres a los más pobres y se dedicó a ayudarlos, empezando por un orfanato, donde quiso repartir su cariño y protección.

Se entregó definitivamente al Señor (hasta quiso llevarlo junto a su nombre): hizo voto de castidad y tomó el camino de la oración, la penitencia, el ayuno, la mortificación y la oración.

Le inspiraba mucho la manera que su compatriota Mariana de Jesús profesaba su amor y obediencia a Dios, incluyendo sus disciplinas extremas.

Un día, estando en oración contemplativa, Mercedes sintió la manifestación de Dios en un rosal florido diciéndole que fundara un colegio religioso, el cual terminó convirtiéndose en el primer instituto de educación para las mujeres en una época donde este privilegio sólo lo tenían los varones.

Pero antes tenía otra misión en el camino del Señor. Mercedes se fue al oriente ecuatoriano para extender el reino de Dios al pueblo indígena amazónico de los Shuar acogiendo la invitación de un grupo de padres jesuitas.

Fue toda una odisea llegar allí. De hecho, se convirtió en una de las primeras mujeres (algunos dicen que fue la primera) en adentrarse en esta zona selvática del Amazonas.

Allí se dedicó por tres años a atender a los enfermos de viruela de la tribu cuando la epidemia explotó.

Sin embargo, no sólo los atendió con sus manos, también les dio consuelo espiritual a través de una admirable labor de catequesis, aunque desconocía su lengua.

Incluso, se les pidió a ella y a los padres que se retiraran de la zona ante la magnitud de la epidemia, pero Mercedes solicitó quedarse en la misión hasta que pasara la emergencia, y así fue.

Luego regresó a Cuenca, donde fundó el orfanato Beata Mariana de Jesús, donde fue madre y maestra de niñas en situación de riesgo.

Pero su destino final era Riobamba, donde el 14 de abril de 1873 fundó la primera congregación religiosa ecuatoriana femenina con el nombre de Mariana de Jesús, de la que ella misma adoptó los votos junta a otras tres hermanas:

Y así quedó plantado el rosal, como un don de Dios para la iglesia y para el mundo, y bajo la promesa de un fecundo crecimiento”.

Sin embargo, el obispo de la ciudad consideró que ella no era apta para dirigirla y nombró a otra hermana. Mercedes aceptó la decisión e igual trabajó incansablemente como maestra, enfermera, portera y todo lo que se necesitara.

Toda una vida de penitencias, sufrimientos y sacrificios hicieron estragos en su salud física y el 12 de junio de 1883 fue llamada por el Señor, dejando toda una herencia espiritual y un admirable ejemplo de incansable búsqueda de la voluntad de Dios.

El papa Juan Pablo II la beatificó el 1 de febrero de 1985 durante su visita a Guayaquil. Sus restos descansan en Riobamba, en la misma casa donde siguen funcionando sus Marianitas, que florecieron como las famosas rosas ecuatorianas en primavera.

 

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