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Zita de Borbón-Parma, la emperatriz luchadora que podría ser santa

ZITA
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Luchó porque se reconociera la santidad de su marido, y ahora está abierta también su beatificación

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Repasamos la historia de la última emperatriz del Imperio Austro-Húngaro, una mujer profundamente devota que luchó por los derechos dinásticos de su hijo y trabajó intensamente para que su marido fuera elevado a los altares. Desde 2009, la Sierva de Dios Zita también se encuentra en proceso de beatificación.

En octubre de 2004, el Papa Juan Pablo II declaraba beato al emperador Carlos I de Austria y IV de Hungría. Había pasado casi un siglo desde su muerte. Con él terminaba la historia de un imperio que hundía sus orígenes en la Edad Media. Su esposa, que le sobrevivió casi siete décadas, luchó hasta el final para que su hijo Otto pudiera continuar ostentando la corona imperial.

Zita de Borbón – Parma era hija de una familia real que había perdido su propia corona antes de que ella naciera el 9 de mayo de 1892 en Camaiore, una de las propiedades familiares situada cerca de la localidad italiana de Lucca. Su padre, el duque de Parma, se había casado en segundas nupcias con la infanta María Antonia de Braganza, hija del rey Miguel I de Portugal.

Del primer matrimonio con María Pía de Borbón-Dos Sicilias ya tenía doce hijos. Con su segunda esposa tuvo doce hijos más, de los cuales Zita era la quinta. La elección de su nombre se inspiró en la figura de una santa del siglo XIII, Zita de Lucca, dado que sus padres eran personas profundamente devotas.

La infancia de Zita transcurrió a caballo de las distintas propiedades del duque y en compañía de su extensa familia. Zita estudió en distintos centros religiosos, primero en un convento bávaro y posteriormente en una abadía benedictina británica donde precisamente su priora era su propia abuela, la princesa viuda Adelaida de Löwenstein-Wertheim-Rosenberg.

Zita recibió una amplia educación en historia, geografía, matemáticas, música e idiomas, así como una intensa formación religiosa con la que Zita siempre se sintió cercana. De hecho, cuando algunas de sus hermanas optaron por la vida religiosa, ella también mostró su intención de convertirse en monja. Sin embargo, el destino le depara un camino distinto.

Cuando Zita volvía a casa, ayudaba a sus padres y hermanos en las múltiples tareas asistenciales en las que se encontraban inmersos para ayudar a los pobres y necesitados, distribuyendo comida, ropa y medicinas.

A los diecinueve años, Zita se convertía en la esposa de un príncipe que se había situado muy cerca de la corona imperial. El archiduque Carlos era sobrino nieto del emperador Francisco José. Tras la muerte de su heredero en 1889, el siguiente en la línea de sucesión al trono era Francisco Fernando, sobrino del emperador quien, sin embargo, al contraer matrimonio morganático, sus hijos perdieron el derecho al trono, situándose Carlos el siguiente en la línea de sucesión al trono imperial.

Dada su situación, la elección de la esposa del archiduque fue analizada con detenimiento hasta que la elegida fue la joven Zita. La pareja se había visto en alguna ocasión en el pasado pero no fue hasta su compromiso en el verano de 1911 que volvieron a encontrarse.

La ceremonia, celebrada en el castillo austriaco de Schwarzau el 21 de octubre de 1911, fue el inicio de una vida en común basada en su amor por el imperio y en una profunda devoción religiosa. “Ahora, ayudémonos mutuamente a llegar al paraíso”, estas fueron las palabras que Carlos le dedicó a Zita en el inicio de un matrimonio en el que permanecerían unidos a pesar de las duras pruebas que tendrían que superar.

Un año después de la boda, el 20 de noviembre de 1912 nacía un heredero, Otto, quien fue recibido con gran alivio y alegría por la familia imperial, con el viejo emperador Francisco José a la cabeza, pues el pequeño garantizaba la continuidad de la dinastía de los Habsburgo.

Sin embargo, el asesinato de Francisco Fernando y su esposa en aquel fatídico atentado en Sarajevo el 28 de junio de 1914 no solo fue el inicio de una terrible guerra sino que también marcó el epílogo de la larga historia del imperio.

El archiduque Carlos se convertía en el heredero al trono, título que asumió en el invierno de 1916, en plena contienda, tras la muerte del emperador Francisco José. Zita era ahora emperatriz consorte. Las tradicionales celebraciones de coronación fueron reducidas a lo estrictamente necesario.

El mundo estaba en guerra y había otras prioridades. Zita, lejos de recluirse en su palacio, se implicó junto al emperador Carlos en el desarrollo de la guerra, viajando allí donde se la necesitaba, preocupándose por los asuntos militares y volcándose en labores de ayuda a los desamparados y a los soldados enfermos.

En noviembre de 1918, Alemania se rendía y terminada la Primera Guerra Mundial. A partir de entonces nada iba a ser igual para la familia imperial. En Rusia, los zares habían sido ejecutados. Carlos y Zita habían sido padres en los años de la contienda; Zita había dado a luz a cinco de los ocho hijos que tendría la pareja. La familia imperial corría peligro y pronto prepararon su marcha de Austria con la ayuda de miembros del ejército británico. Atrás dejaban un imperio que pronto se convertiría en la República de Austria en la que ya no serían sus máximos representantes.

Empezaba entonces un largo exilio en el que Zita nunca dejó de luchar para intentar recuperar una corona que ni su marido ni su hijo llevarían nunca más. Carlos y Zita vivieron en distintos países europeos. Instalados en Madeira con sus siete hijos y la antigua emperatriz embarazada, Carlos contrajo una bronquitis que terminó con su vida el 1 de abril de 1922.

Sus últimas palabras fue una declaración de amor a quien fuera su compañera durante los últimos años de su vida. Zita llevaría luto hasta el último día de su propia existencia y tan solo seis años después de la muerte de Carlos, se iniciaba su proceso de beatificación en el que Zita se volcó.

Tras dejar Madeira, Zita y sus hijos vivieron en España y después de Bélgica donde la invasión alemana les obligó a huir de nuevo, esta vez hasta América. En los años de la Segunda Guerra Mundial y tras su finalización, Zita, instalada en Quebec, centró sus esfuerzos en recaudar fondos de ayuda a los heridos víctimas del conflicto y para la ayuda a la reconstrucción de Austria y Hungría, los reinos que un día la coronaron como emperatriz.

En 1958, regresaba a Europa para instalarse primero en Luxemburgo y posteriormente en Suiza. No fue hasta 1982 que Austria permitió a la que fuera su última emperatriz regresar a Viena, donde fue recibida con una calurosa y multitudinaria bienvenida. Zita falleció el 14 de marzo de 1989 en Suiza. Su cuerpo regresó definitivamente a la capital de su imperio, donde fue enterrada en la Cripta Imperial.

Quince años después de su muerte, el papa escogía el aniversario de su boda para la ceremonia de beatificación de Carlos y no el día de su nacimiento o muerte, como es costumbre. Era una manera de poner el acento en el ejemplo de vida que supuso el matrimonio imperial durante su corta pero intensa existencia. Desde 2009, la propia emperatriz Zita fue nombrada Sierva de Dios y se inició su  proceso de beatificación.

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