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Donde la ciencia y la religión dialogan para enfrentar el coronavirus

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La Iglesia defiende la responsabilidad social, la solidaridad con los más débiles y la cooperación internacional

En un momento de tanta controversia sobre las cuarentenas y medicamentos alternativos, en busca de solidaridad y esperanza, debemos tener claro cómo, desde una perspectiva católica, puede haber un diálogo entre la ciencia y la religión, y cómo nos ilumina en la lucha contra la Covid-19.

La Santa Sede cuenta con órganos dirigidos específicamente al diálogo con la ciencia y la tecnología en el mundo actual. A finales de marzo, tres de ellos sacaron documentos dirigidos específicamente a la crisis actual.

Las Academias Pontificias de Ciencias y Ciencias Sociales publicaron, en coautoría, Responding to the Pandemic, Lessons for Future Actions and Changing Priorities (en español: «Respondiendo a la pandemia, lecciones para acciones futuras y cambio de prioridades») y la Academia Pontificia para la Vida, Pandemia y Fraternidad Universal.

Las tres academias caminan en el mismo sentido, exhortando el trabajo de los científicos y el apoyo de los gobiernos a la investigación (aunque reconociendo los límites inherentes al conocimiento científico); llamando a los entes públicos a la responsabilidad frente a la vida de las personas, particularmente de los más pobres y vulnerables; valorando la solidaridad entre todos en la sociedad y la cooperación internacional.

Puede parecer que esos temas, así resumidos, solo apoyen las posiciones externalizadas por la mayoría de los medios y la opinión pública. Pero en realidad, su implicación es mucho mayor.

El realismo frente a la ciencia

El cristianismo siempre ha buscado apartarse de las supersticiones e ilusiones. Por eso, en la antigüedad y la Edad Media, hizo un intenso diálogo con la filosofía, confiando en que la verdad es siempre única, aunque se manifieste de muchas formas, y todos los que la buscan sinceramente pueden entenderse.

La doctrina católica condena, por eso, tanto la ideología negacionista, que no quiere reconocer el conocimiento científico cuando es contrario a su visión del mundo, como la ideología científica, que espera usar la ciencia para validar el comportamiento humano y la moral.

Se trata de una postura realista en relación a la ciencia.

La investigación basada en el método científico ha mostrado que no podemos confiar de modo incuestionable en nuestra percepción de la realidad, pues esta muchas veces falla.

Centers for Disease Control and Prevention

El ejemplo clásico es el de un palo sumergido en agua limpia: esta parece «romperse» en la superficie y sufrir una pequeña desviación en la parte sumergida, debido a una ilusión óptica explicada por la física. La ciencia aclara el fenómeno y muestra el error de nuestros sentidos.

En el mundo actual, no podemos simplemente negar los datos de la ciencia porque nos desagraden. Pero los científicos también están equivocados.

Un importante filósofo de la ciencia, Karl Popper, afirma que la ciencia nunca puede afirmar con certeza cuándo una afirmación es cierta, solo cuándo está equivocada.

El hecho de que todas las evidencias corroboren una hipótesis no significa que mañana no surja una nueva evidencia que muestre su error.

Basta esa única evidencia contraria para que sepamos que la teoría está equivocada y debe ser descartada o revisada. El buen científico está siempre dispuesto a reconocer errores en sus teorías y rendirse a las nuevas evidencias.

Para que un trabajo científico sea aceptado, debe pasar por una «revisión por pares», es decir, otros científicos que conocen profundamente el asunto deben hacer una revisión del estudio, para verificar si la metodología ha sido bien aplicada, si los datos no han sido falseados y si las conclusiones tienen sentido.

Es ese el sistema que hace que el conocimiento científico actual sea tan consistente y confiable, en contraposición a las tesis negacionistas que se basan en percepciones subjetivas e individuales de la realidad.

La contribución de la sabiduría

DEATH,DYING
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Quien cree de forma ciega en las teorías científicas es tan ideológico como quien niega la ciencia. Pero, probablemente, el mayor peligro de la ciencia no es creer que la ciencia es infalible, sino querer usarla para validar la moral.

La ciencia nos habla de relaciones entre causa y efecto, pero no nos informa sobre el sentido de las cosas.

Nos explica cómo el coronavirus se propaga y afecta nuestro organismo, permite trazar modelos matemáticos del desarrollo de la pandemia y hacer previsiones sobre su choque en la economía.

Pero no nos dice nada sobre el sentido de la vida de los que han muerto, no nos permite entender por qué la esperanza no muere en nuestro corazón o vislumbrar la belleza que se acurruca en los brazos de la verdad.

Una respuesta a esas cuestiones depende de la sabiduría, que no viene de la ciencia, sino de la experiencia de la vida, de la filosofía y la religión.

El magisterio de la Iglesia siempre ha defendido la responsabilidad social, la solidaridad con los más débiles y la cooperación internacional.

Para los cristianos, esos no son «descubrimientos» de este tiempo de pandemia; basta recordar la defensa que el Papa ha hecho de los migrantes y refugiados y las encíclicas sociales de sus antecesores.

Cuando la Iglesia defiende esos principios, no está «rindiéndose» a la mentalidad dominante, sino llamando a todos para que se adhieran a los principios que su sabiduría milenaria siempre ha anunciado.

El diálogo entre la ciencia y el cristianismo no puede negar el conocimiento científico en nombre de posicionamientos subjetivos y particulares, sino que debe iluminar la ciencia con la sabiduría que nace del encuentro con Cristo.

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