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Enseñar a volar

P. BRANKO PETAUER
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Luis Sepúlveda nació en Ovalle (Chile, 1949) y murió como consecuencia del coronavirus en Asturias (España, 16 de abril de 2020) donde residía desde 1997.

En su producción literaria destaca con equilibradas dosis de maestría y modestia Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (1996), novela sobre la cual Enzo D’Alò filmó una versión animada (1998).

Aparentemente el título es un fracaso: demasiado largo y, lo que es peor, nos cuenta ya el final. El asunto es que hay un gato y una gaviota. Y el gato acaba enseñando a volar a la gaviota. Se acabó la historia.

En realidad, aunque sepamos la historia, aún queda espacio para el asombro. ¿Un gato que enseña a volar? ¿Desde cuándo los gatos vuelan o, aunque no sea lo mismo, son capaces de enseñar a volar?

Ya sabemos que la historia acaba bien: el gato enseña a volar a la gaviota. Pero cómo lo hace, cómo es posible, qué ocurre para que sea el gato y no otra gaviota quien tenga que enseñar, ¿no sería más lógico, más normal, que la bandada enseñase al polluelo? Aun sabiendo el final, se ve que no todo está dicho.

Más aún, generalicemos. ¿Cómo es posible que los padres eduquen a sus hijos? Los padres nacieron muchos, muchísimos años antes que sus hijos, las circunstancias eran otras, el ambiente no tenía nada que ver, lo que entonces era normal hoy es rarísimo y viceversa.

En términos biológicos (o fabulosos, como ocurre en las fábulas), podríamos decir que padres e hijos, aunque compartan el mismo mundo, el mismo momento, pertenecen a dos especies distintas. Que son como un gato y una gaviota, o casi.

¿Cómo va a saber un gato lo que necesita una gaviota, lo que siente una gaviota? ¿Cómo va a saber un padre lo que siente su hijo, lo que necesita? Y si no lo sabe, ¿cómo podrá orientarlo, guiarlo, enseñarle? Pero hay que educar, hay que enseñar a volar.

La gaviota de la historia es querida y cuidada por Zorbas, un gato del puerto de Hamburgo grande, negro y gordo. Por Zorbas y por su círculo de amistades felinas que se desviven por ella y le dan como nombre “Afortunada”. Y así la consideran y así lo entiende ella mientras es feliz y se siente protegida y querida.

Afortunada se siente bien, un buen gato. Pero no lo es. Ser hijo, aceptado y querido es un buen comienzo en la vida; pero no es un destino. Ser y sentirse amados es tener buenas raíces pero una vida sana tiene que alejarse del origen para crecer y tender a lo más alto. Todos los padres saben que sus hijos, para madurar, tienen que abandonar el nido y volar por sí mismos.

Afortunada, además, ve volar a otras gaviotas. Ve lo que ella está llamada a ser pero ve también que eso la alejará de su familia y no quiere. No quiere abandonar una vida que es dichosa, ni quiere volar si eso va a suponer hacer daño a Zorbas y los demás gatos del puerto. «¿Por qué debo volar?», se pregunta. No quiere volar, ni quiere ser una gaviota: quiere «ser gato y los gatos no vuelan».

LUIS SEPULVEDA
Shutterstock | Roberto Cano

Es comprensible. Y halagador. Pero Zorbas se ha comprometido a cuidar y enseñar a volar a la gaviota. Es un serio problema. Un dilema también, porque Zorbas, como cualquier padre, también quiere a la gaviota y le gustaría que no se marchase nunca. Pero Zorbas sabe que entonces Afortunada viviría una mentira. Afortunada es una gaviota y una gaviota madura si vuela y se aleja, no si vive con los gatos.

Es comprensible que la gaviota se sienta gato, pero no lo es. Y Zorbas tiene la responsabilidad de apoyar a Afortunada, de ayudarle a orientar sus aspiraciones según su auténtico ser.

Zorbas busca consejo porque «no es fácil ser madre». Llega a donde han llegado todos los padres del mundo: educar no es una ciencia. Hay circunstancias que ayudan pero el punto de partida para la maduración está en el interior: Afortunada tiene que desear volar, tiene que querer desarrollar lo mejor que hay en ella, tiene que aspirar a su mejor posibilidad.

Volar. Es grandioso, una llamada a realizar lo mejor, a no renunciar a la grandeza. Pero, abandonar la vida amable y cómoda para conquistar nuestra plenitud, ¿no da un poco de vértigo? Eso parece sentir Afortunada cuando dice: «Me da miedo volar». No sólo hay que querer, también hay que superar el miedo. Y fracasar y sentir el apoyo.

Está bien que desde el principio sepamos que el gato “enseñó a volar” a Afortunada. Porque hay tantos obstáculos (internos y externos) que bien podría ocurrir que al final alguien se perdiese por el camino y viviese una cómoda vida de gatos cuando lo suyo es surcar los cielos.

Zorbas tiene la mejor de las intenciones, como todos los padres. Pero no sabe mucho de gaviotas. Por eso busca consejo. Tras varios tanteos, lo encuentra en la figura de un escritor. Que tampoco vuela pero le inspira confianza porque «tal vez no sepa volar con alas de pájaro, pero al escucharlo siempre ha pensado que vuela con sus palabras».

Ese humano le lee un poema. Y entonces Zorbas comprende. El poema es de Bernardo Atxaga:

«Pero su pequeño corazón

-que es el de los equilibristas-

Por nada suspira tanto

Como por esa lluvia tonta

Que casi siempre trae viento,

Que casi siempre trae sol».

Quien ha nacido para volar por nada suspira tanto como por poder sumar su impulso interior a las condiciones que le permiten alcanzar su grandeza.

La cercanía ante nuestra propia grandeza es sobrecogedora:

«- Tengo miedo –graznó Afortunada.

– Pero quieres volar, ¿verdad? –maulló Zorbas».

Pero la certeza de que eso es lo que, radicalmente queremos, lo que íntimamente deseamos, lo único que da sentido a nuestra vida, permite vencer.

Y volar.

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