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El papa Francisco reza por los inocentes que sufren sentencias injustas

Por ThaiPrayBoy/Shutterstock
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En la misa de Santa Marta, el Pontífice recordó la persecución sufrida por Jesús y rezó por los que sufren ensañamiento, persecución y sentencias injustas

En su homilía de hoy, el papa Francisco comentó la traición de Judas y la negación de Pedro contra Jesús e invitó a los fieles a pedir la gracia de perseverar en el servicio, a pesar de las propias caídas y faltas. Lo dijo durante la misa matutina en casa Santa Marta transmitida en vivo desde el Vaticano para acompañar a los fieles confinados por el coronavirus. 

Este martes, 7 de abril, Francisco recordó la persecución sufrida por Jesús y rezó por los que sufren persecución y sentencias injustas. Este martes de Semana Santa, se leyó la antífona (Sal 26): «No me entregues al poder de mis enemigos; se han levantado contra de mí falsos testigos, gente que respira violencia”. 

Al inicio de la ceremonia, Francisco dirigió sus pensamientos hacia los inocentes perseguidos: “En estos días de Cuaresma hemos visto la persecución que sufrió Jesús y cómo los doctores de la ley fueron feroces contra él: fue juzgado con ensañamiento, con ensañamiento, siendo inocente. Me gustaría rezar hoy por todas las personas que sufren un juicio injusto por el ensañamiento”.

La oración del Papa coincide con la noticia de hace pocas horas: Los siete jueces del Tribunal Superior de Australia revocaron la sentencia del Tribunal de Apelación, que había condenado al  cardenal George Pell por abuso de menores, ya que existe una posibilidad razonable de que el delito no haya ocurrido.

En su predicación matutina, el Papa comentó las lecturas de hoy, tomadas del Libro del Profeta Isaías (Is 49, 1-6), el segundo himno del Siervo y el Evangelio de Juan (Jn 13, 21-33. 36-38) que habla de la traición de Judas y la negación de Pedro. Pedimos la gracia -dijo- de perseverar en el servicio, a pesar de nuestras caídas. 

Una profecía sobre cada uno de nosotros

“La profecía de Isaías que hemos escuchado es una profecía sobre el Mesías, sobre el Redentor, pero también una profecía sobre el pueblo de Israel, sobre el pueblo de Dios: podemos decir que puede ser una profecía sobre cada uno de nosotros. En esencia, la profecía enfatiza que el Señor ha elegido a su sirviente desde el vientre materno: dos veces lo dice. Desde el principio su sirviente fue elegido, desde el nacimiento o antes del nacimiento. 

El pueblo de Dios fue elegido antes de nacer: cada uno de nosotros también. Ninguno de nosotros cayó en el mundo por casualidad, por casualidad. Todo el mundo tiene un destino, un destino libre, el destino de la elección de Dios. Nací con el destino de ser un hijo de Dios, de ser un siervo de Dios, con la tarea de servir, de construir, de edificar. Y esto, desde el seno materno.

Servir es no pretender beneficios para sí mismo 

El siervo de Yahvé, Jesús, sirvió hasta la muerte: parecía una derrota, pero era la forma de servir. Y esto subraya la manera de servir que debemos tomar en nuestras vidas. Servir es darse a los demás. Servir no es esperar para cada uno de nosotros otro beneficio que no sea el de servir. 

La gloria es servir; y la gloria de Cristo es servir hasta el punto de aniquilarse, hasta la muerte, la muerte en la cruz. Jesús es el sirviente de Israel. El pueblo de Dios es un siervo, y cuando el pueblo de Dios se aleja de esta actitud de servicio es un pueblo apóstata: se aleja de la vocación que Dios le ha dado. Y cuando cada uno de nosotros se aleja de esta vocación de servicio, se aleja del amor de Dios. Y construye su vida sobre otros amores, muchas veces idólatras.

El Señor nos ha elegido

El Señor nos ha elegido desde el vientre materno. En la vida hay caídas: cada uno de nosotros es un pecador y puede caer y ha caído. Sólo la Virgen y Jesús [no]: todos los demás han caído, somos pecadores. Pero lo que importa es la actitud ante el Dios que me eligió, que me ungió como siervo; es la actitud de un pecador que es capaz de pedir perdón, como Pedro, que jura que «no, nunca te negaré, Señor, nunca, nunca, nunca», entonces, cuando el gallo canta, llora. Se arrepiente. 

Judas y la noche oscura del que resbala sin pedir perdón 

Este es el camino del sirviente: cuando se resbala, cuando cae, pide perdón. En cambio, cuando el siervo no puede comprender que ha caído, cuando la pasión lo lleva de tal manera que lo lleva a la idolatría, abre su corazón a Satanás, entra en la noche: eso es lo que le pasó a Judas.

Pensemos hoy en Jesús, el siervo, fiel en el servicio. Su vocación es servir, hasta la muerte y la muerte en la Cruz. Pensemos en cada uno de nosotros, parte del pueblo de Dios: somos servidores, nuestra vocación es servir, no aprovecharse de nuestro lugar en la Iglesia. Para servir. Siempre en servicio.

Pedimos la gracia de perseverar en el servicio. A veces con resbalones, caídas, pero la gracia de al menos llorar como Pedro lloró.

Comunión espiritual 

Francisco terminó la celebración con la adoración y la bendición eucarística, invitando a hacer la comunión espiritual. A continuación, la oración recitada por el Papa para ello:

 

“Creo Jesús mío que éstas realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma; pero, no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si te hubiese recibido, me abrazo y me uno todo a Ti; Oh Señor, no permitas que me separe de Ti.”.

Antes de salir de la capilla dedicada al Espíritu Santo, se cantó la antigua antífona mariana Ave Regina Caelorum («Ave Reina del Cielo”): 

“Salve, Reina de los cielos, y Señora de los ángeles; salve, raíz; salve, puerta que dio paso a nuestra luz. Alégrate, virgen gloriosa, entre todas la más bella; salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros”.

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