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Oraciones bíblicas contra las epidemias

PRAYING
Doidam 10 | Shutterstock
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La Biblia está llena de oraciones clamando a Dios por protección contra las plagas

La Biblia frecuentemente menciona plagas, y cada vez que aquellos afectados por ellas clamaban a Dios por protección. La oración fue la primera respuesta para muchos en la Biblia, ya que sabían que Dios tenía el poder de liberarlos del sufrimiento, si estaba en su voluntad divina.

Aquí hay algunas oraciones cortas que se encuentran en la Biblia que se pueden rezar durante las epidemias.

1
Salmo 39: Súplica confiada

Yo me callo, no me atrevo a abrir la boca,
porque eres tú quien hizo todo esto.
Aparta de mí tus golpes:
¡me consumo bajo el peso de tu mano!
Tú corriges a los hombres,
castigando sus culpas;
carcomes como la polilla sus tesoros:
un soplo, nada más, es todo hombre.
Escucha, Señor, mi oración;
presta oído a mi clamor;
no seas insensible a mi llanto,
porque soy un huésped en tu casa,
un peregrino, lo mismo que mis padres.
No me mires con enojo,
para que pueda alegrarme,
antes que me vaya y ya no exista más.

2
Oración de David ante la plaga

Y David dijo a Yahvé: “Yo fui quien ordenó hacer el censo del pueblo. Yo fui quien pequé; yo cometí el mal; pero estas ovejas ¿qué culpa tienen? Oh Yavé, Dios mío, caiga tu mano sobre mí, y sobre la familia de mi padre, pero que no haya plaga en tu pueblo”.

3
Salmo 93: Súplica ante el peligro

Tú que vives al amparo del Altísimo
y resides a la sombra del Todopoderoso,
di al Señor: “Mi refugio y mi baluarte,
mi Dios, en quien confío”.
Él te librará de la red del cazador
y de la peste perniciosa;
te cubrirá con sus plumas,
y hallarás un refugio bajo sus alas.
No temerás los terrores de la noche,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que acecha en las tinieblas,
ni la plaga que devasta a pleno sol.
Aunque caigan mil a tu izquierda
y diez mil a tu derecha,
tú no serás alcanzado:
su brazo es escudo y coraza.
Con sólo dirigir una mirada,
verás el castigo de los malos,
porque hiciste del Señor tu refugio
y pusiste como defensa al Altísimo.
No te alcanzará ningún mal,
ninguna plaga se acercará a tu carpa,
porque él te encomendó a sus ángeles
para que te cuiden en todos tus caminos.
Ellos te llevarán en sus manos
para que no tropieces contra ninguna piedra;
caminarás sobre leones y víboras,
pisotearás cachorros de león y serpientes.

4
Salmo 6: Súplica de un enfermo grave

Señor, no me reprendas por tu enojo
ni me castigues por tu indignación.
Ten piedad de mí, porque me faltan las fuerzas;
sáname, porque mis huesos se estremecen.
Mi alma está atormentada,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo…?
Vuélvete, Señor, rescata mi vida,
sálvame por tu misericordia,
porque en la Muerte nadie se acuerda de ti,
¿y quién podrá alabarte en el Abismo?
Estoy agotado de tanto gemir:
cada noche empapo mi lecho con llanto,
inundo de lágrimas mi cama.
Mis ojos están extenuados por el pesar
y envejecidos a causa de la opresión.
Apártense de mí todos los malvados,
porque el Señor ha oído mis sollozos.
El Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi plegaria.

5
Salmo 41: Acción de gracias de un enfermo curado

Feliz el que se ocupa del débil y del pobre:
el Señor lo librará en el momento del peligro.
El Señor lo protegerá y le dará larga vida,
lo hará dichoso en la tierra
y no lo entregará a la avidez de sus enemigos.
El Señor lo sostendrá en su lecho de dolor
y le devolverá la salud.
Yo dije: “Ten piedad de mí, Señor,
sáname, porque pequé contra ti”.
Mis enemigos sólo me auguran desgracias:
“¿Cuándo se morirá y desaparecerá su nombre?”.
Si alguien me visita, habla con falsedad,
recoge malas noticias y las divulga al salir.
Mis adversarios se juntan
para murmurar contra mí,
y me culpan de los males que padezco, diciendo:
“Una enfermedad incurable ha caído sobre él;
ese que está postrado no volverá a levantarse”.
Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba,
el que comió mi pan, se puso contra mí.
Pero tú, Señor, ten piedad de mí;
levántame y les daré su merecido.
En esto reconozco que tú me amas,
en que mi enemigo no canta victoria sobre mí.
Tú me sostuviste a causa de mi integridad,
y me mantienes para siempre en tu presencia.

6
Súplica de Jeremías

¡Sáname, Señor, y quedaré sano,
sálvame y estaré a salvo,
porque tú eres mi alabanza!
Mira cómo me dicen:
“¿Dónde está la palabra del Señor?¡Que se cumpla!”.
Pero yo no te instigué a mandar una desgracia
ni he deseado el día irreparable.
Tú lo sabes: lo que salía de mi boca
está patente delante de tu rostro.
No seas para mí un motivo de terror,
tú, mi refugio en el día de la desgracia.
¡Que se avergüencen mis perseguidores, y no yo;
que se aterroricen ellos, y no yo!
Atrae sobre ellos un día de desgracia,
quiébralos con un doble quebranto.

7
Mateo 8: Súplica del centurión

Pero el centurión respondió: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: ‘Ve’, él va, y a otro: ‘Ven’, él viene; y cuando digo a mi sirviente: ‘Tienes que hacer esto’, él lo hace”.
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: “Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe”.

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