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La gran preocupación del Papa (y de la que no hablan los medios)

© Piotr Tumidajski / KAI
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El papa Francisco dice que la Iglesia debe estar “al lado de los que sufren”

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En el mundo entero hay un único tema de conversación, de interés, de miedo: el coronavirus. La opinión pública se desentiende de conflictos bélicos, de problemas internacionales, crisis, que afectan a determinados países como Turquía, Siria y Grecia, como frontera este último de los 27 países de la Unión Europea.

Es cierto que el virus que surgió en China causa mucha inquietud entre las poblaciones, a veces hasta pánico. Es gente que sufre. Pero ¿y los que sufren la calamidad, el abandono, el hambre, el desamparo, la inhumanidad, casi el repudio de quienes viven en la frontera greco-turca, con un hilo de esperanza de poder pasar a Europa? Los sufrimientos no son solo de unos, sino que hay que mirar a todos, a todo el mundo.

Por esta razón el papa Francisco, el pasado día 11, lanzó un grito a favor de quienes tienen otros sufrimientos: “No quisiera que este dolor (el coronavirus), esta epidemia tan fuerte, nos haga olvidar a los pobres sirios que están sufriendo en la frontera entre Grecia y Turquía. Un pueblo que sufre desde hace años. Deben huir de la guerra, la enfermedad y el hambre. No olvidemos a estos hermanos y hermanas. Muchos niños están sufriendo allí”.

El Papa recibe información diaria del drama existente en la frontera entre Turquía y Grecia: los turcos, por despecho a Europa (no apoya a su lucha en Siria), han abierto las fronteras para que se vayan los refugiados hacia la Unión Europea, pasando por Grecia, frontera con Turquía. Grecia los rechaza con violencia, y ni siquiera analiza quiénes piden asilo. La Iglesia, dice el Papa, “ha de estar al lado de los que sufren”.

La situación de los migrantes y exiliados sirios en Turquía es muy deprimente: viven en la casi miseria, sin escuelas, alojados en campos de refugiados, sin trabajo, y cuando lo tienen son trabajos serviles. Y ahora que Turquía les ha abierto la frontera, no pueden volver a Turquía y tampoco pueden volver al escenario de la guerra en su país, Siria: no pueden volver atrás. Quieren pasar la frontera con Grecia, como sea, a riesgo incluso de sus vidas. Un fuerte drama humano.

¡Pobre gente! Parece abandonada de todos, sin patria, sin futuro, sin comida: nadie los quiere. ¿Y el derecho humano al asilo? Europa ha mirado hacia otra parte y solo permite que pasen algunos niños y jóvenes, cuando hay decenas de millares hacinados en la frontera.

¿Por qué ocurre este conflicto?

La Unión Europea, con sede en Bruselas, llegó a un acuerdo con Turquía para que este país actuara como baluarte, como barrera, para los refugiados que se dirigen a Europa. A cambio, Europa paga 6.000 millones de euros (unos 6.300 millones de dólares) al gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan. Fue un acuerdo bastante vergonzante.

La guerra civil de Siria empezó en 2011, entre el gobierno de Damasco, presidido por Bashar al-Ásad, y sus opositores que querían derribarlo en la llamada “primavera árabe”. Y desde entonces millones de sirios han huido de las bombas, las persecuciones, la guerra que todo lo arrasa. Y han huido principalmente hacia Turquía, el Líbano, Jordania y, sobre todo, Europa.

Los Estados Unidos apoyaron a la oposición contra Bashar al Asad, el cual era apoyado directamente por Irán y por Rusia. Frente al gobierno sirio estaban también una parte de los kurdos, un pueblo indo-iraní que vive entre Turquía, Irak, Irán, y Siria. Los kurdos, aliados de los Estados Unidos, llevaron buena parte de la lucha contra los terroristas del Estado Islámico que se hizo fuerte en algunas plazas de Siria, como la bella Alepo. Pero el régimen de Erdogán considera que los kurdos son a su vez terroristas contra su país.

Al dejar los Estados Unidos la zona, en 2019, los kurdos se encontraban solos y con una lucha no solo contra el gobierno sirio de Damasco, sino también en su lucha contra Turquía y contra el Estado Islámico. Erdogán decidió penetrar 30 kilómetros dentro de territorio sirio para controlar el terrorismo.

Esta situación no agradó ni a Rusia, ni a Irán, que tiene frontera con Turquía, aliados de Damasco. Empezó otra vez –si es que se había apagado—la guerra de Siria: bombardeos, destrucciones y refugiados hacia Turquía. Turquía tenía el visto bueno de los Estados Unidos, siempre que la guerra causara pocos muertos. No fue así. Era el año 2019.

Erdogán, molesto con la Unión Europea porque no le apoyaba ni en la guerra de Siria ni en sus aspiraciones a formar parte de la UE. Al menos, pide, mantener una unidad aduanera con Europa. Amenazó –y cumplió– abrir las fronteras de los refugiados sirios hacia Europa, por la frontera con Grecia, un eterno adversario de Turquía, a pesar de ser ambos miembros de la organización militar OTAN.

No actuó así Erdogán con Bulgaria –miembro de la UE que también tiene frontera con Turquía—después de un acuerdo estratégico con el presidente búlgaro, este mes de marzo en el palacio presidencial de Ankara, la capital de Turquía. 

Un acuerdo de la semana pasada entre Rusia y Turquía, entre Vladimir Putin y Erdogán, se cerró con un alto al fuego en la ciudad de Idlib. ¿Hasta cuándo?

Los países, con la crisis del coronavirus, si bien potente, no pueden vivir de espaldas al drama que ocurre en el tablero de Siria. 

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