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El secreto de María sobre los ricos y los pobres

MOTHER MARY
Anett Horvath | Shutterstock
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El predicador del Papa explicó el significado del Magnificat en su segunda prédica de Adviento de 2019 al Papa y la Curia Romana

Proclamar la grandeza de Dios consciente de lo pequeña que era y de cómo Él ensalza a los humildes y dispersa a los ricos y poderosos es lo que la Virgen María hizo al cantar su famoso himno Magnificat cuando visitó a su prima Isabel.

Y es lo que el predicador del Papa, el padre Raniero Cantalamessa invitó a hacer hoy viernes en su segunda predicación de Adviento del 2019 a la Curia Romana.

El cántico de María contiene una mirada nueva sobre Dios y sobre el mundo, dijo Cantalamessa.

«Dios tiene el primado absoluto sobre todo. María no se demora en responder al saludo de Isabel; no entra en diálogo con los hombres, sino con Dios. Ella recoge su alma y la abisma en el infinito que es Dios«.

Recogiendo la experiencia de las personas que se encuentran con Dios, el sacerdote capuchino constató que «el hecho de que la realidad divina se asome al horizonte de una criatura produce, normalmente, dos sentimientos contrapuestos: uno de temor y otro de amor».

«Cuando la luz de Dios brilló por primera vez en el alma de Agustín confiesa que «se estremeció de amor y de terror» y, más adelante, dice también que el contacto con Dios le hacía «tiritar y arder» a la vez» .

Pero el amor prevalece sobre el estupor: «Es sobre todo la insistencia de María sobre la misericordia de Dios (la única palabra repetida dos veces en cántico) la que pone de relieve este aspecto de “fascinante” benevolencia del Dios bíblico», explicó.

Conocerse a uno mismo… ante Dios

Cantalamessa añadió que «el conocimiento de Dios provoca, por reacción y contraste, una nueva percepción o conocimiento de uno mismo y del propio ser, que es el verdadero».

«El yo no se capta más que delante de Dios. En presencia de Dios, pues, la criatura se conoce finalmente a sí misma en la verdad«.

«María se siente «mirada» por Dios, entra ella misma en esa mirada, se ve como la ve Dios. ¿Y cómo se ve a sí misma bajo esta luz divina? Como «pequeña» («humildad» aquí significa real pequeñez y bajeza, ¡no a la virtud de la humildad!) y como «sierva»».

Cantalamessa destacó que «Maria no atribuye la elección divina a su humildad sino únicamente a la gracia de Dios» y añadió que «de este reconocimiento de Dios, de sí y de la verdad se libera la alegría y el júbilo», «alegría por el obrar divino, alegría de la alabanza pura y gratuita».

«El júbilo de María es el júbilo escatológico por el obrar definitivo de Dios y es el júbilo de la criatura que se siente amada por el Creador, al servicio del Santo, del amor, de la belleza, de la eternidad. Es la plenitud de la alegría«.

Además, Cantalamessa explicó que el Magnificat muestra también una nueva mirada sobre el mundo, sobre lo que Dios ha hecho.: Derribó-exaltó; colmó-despidió sin nada.

Poderosos versus humildes

Y aquí aparecen dos categorías de personas: por una parte la categoría de los soberbios-poderosos-ricos; por otra, la
categoría de los humildes-hambrientos.

«¿Qué ha ocurrido, de hecho, cuando ha empezado a realizarse el acontecimiento cantado por María? ¿Acaso ha habido una revolución social y visible a los ojos de todos por la que, de repente, los ricos se han empobrecido y los hambrientos saciados de alimento? ¿Ha habido, acaso, una distribución más justa de los bienes entre las clases? No«.

«Así pues, si lo que se esperaba era un cambio social y visible, la historia se ha encargado de desmentirlo totalmente. Entonces, ¿dónde ha sucedido ese cambio radical? (¡Porque lo cierto es que éste ha ocurrido!). ¡Ha tenido lugar en la fe!«.

«El reino de Dios se ha manifestado y esto ha provocado una revolución silenciosa, pero radical».

Cantalamessa explicó que «María proclama ese cambio radical de los poderosos y de los soberbios» y añadió que «la Iglesia vive y realiza el cántico de la Virgen cuando repite con María: ¡Derribó a los potentados, despidió a los ricos sin nada!».

«Más que una «incitación a derribar a los poderosos de sus tronos para ensalzar a los humildes», el Magníficat es una saludable admonición dirigida a los ricos y a los poderosos acerca del tremendo peligro que corren«.

Cantalamessa afirmó que María, en el Magnificat, «ha puesto al descubierto la gran pobreza de la riqueza de este mundo».

«María puede proclamar la bienaventuranza de los humildes y de los pobres, porque ella misma está entre
los humildes y los pobres«.

«El hombre que vive «para sí mismo», cuyo Dios no es el Señor, sino el propio «yo», es un hombre que se ha construido un trono y se sienta en él dictando leyes a los demás«.

«Qué estupidez e incoherencia sería la mía, si cada día, en las Vísperas, repitiera, con María, que Dios «ha derribado a los poderosos de sus tronos» y mientras continuara anhelando el poder, un puesto más alto, una promoción humana, un progreso profesional y perdiera la paz si tardara en llegar...».

Pero, concluye Cantalamessa, el estilo de Dios es distinto y María invita, con dulzura maternal, a hacerlo propio:

«Mantiene a distancia a los soberbios y eleva hasta sí a los humildes y pequeños; está más a gusto con los hambrientos y necesitados que le importunan con sus súplicas y peticiones que con los ricos y saciados que no tienen necesidad de él ni le piden nada».

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