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¿Qué cambiará en ti esta Navidad?

CHRISTMAS FAITH
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Hay que preparar el corazón para poder acoger a Jesús…

Este domingo me invita a contemplar a Juan Bautista. Siempre sucede en el Adviento porque él es el precursor, el que va delante del Mesías anunciando su venida.

En este tiempo navideño el niño Juan ya ha nacido y tiene seis meses. Vive con sus padres Isabel y Zacarías en Ein Karen. Todavía no anuncia, no prepara el camino.

Pero la Iglesia vuelve su mirada a Juan porque él es el que prepara el corazón de los que vienen hasta él en el Jordán. Allí son bautizados e inician una nueva vida:

«Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: – Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

El mensaje es claro. Hay que preparar el corazón. Es lo primero que hoy me dice el profeta, que tengo que cambiar mi alma, mi vida, para poder acoger a Jesús en mi casa. Sé que su venida va a cambiar mi corazón para siempre.

CANDLES
Timo Newton-Syms | Flickr | CC BY-SA 2.0

La palabra conversión tiene que ver con hacerlo todo nuevo en mí. Con volver a nacer. Con ser de Cristo. Con reflejar algo que no es mío. Leía el otro día:

«Uno se convierte en lo que recibe. Y es conocido por los demás por aquello que da. San Juan Crisóstomo dice que nuestra verdadera y única riqueza es lo que damos. Se acordarán de mí por lo que yo haya revelado. No por lo que yo mismo soy, sino lo por lo que tú has descubierto en mí y a través de mí. Nuestro actuar debe convertirse en teofánico».

Convertirme en trasparente para dejar ver a Dios. ¡Cuánto me cuesta! No es fruto de mi voluntad si lo consigo. Es sólo un proceso interno el que me lleva a desprenderme para dejar que sea Él quien brille en mi corazón. Que brille su luz en mi oscuridad para que venza esa luz en otras vidas, en muchas vidas.

Quiero que Jesús obre en mí la conversión que necesito. ¿Qué tengo que cambiar? ¿Qué puede cambiar Él en mí?

Son muchas cosas. Sombras y luces. Hojas verdes y secas. Retoños y hojarasca que se lleva el viento de otoño. Miedos e infidelidades prendidas en la piel. Sinsabores y alegrías. Nostalgias y deseos.

El corazón sueña de rodillas ante un Belén. Pidiendo como un niño la conversión que anhelo y no llega.

CHILD
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O a lo mejor me da miedo el dolor. Dejar de ser el que soy. Someterme a un deseo más grande, más alto, que me aparte de mis deseos por satisfacer sólo mis instintos. Decía el Padre Kentenich:

«Es el hombre franca y marcadamente inclinado a dar satisfacción a los sentidos. Cumple, en verdad, con su deber, pero sólo los deberes necesarios y, por lo demás, está enteramente entregado a sus sentidos, a la avidez de sus sentidos».

Me da miedo convertirme con el paso de los años en un cumplidor de deberes. En un buscador de satisfacciones. Quiero que mis instintos y deseos se calmen.

No quiero entregar toda mi vida porque duele. Doy algo y cumplo mínimos. Llego hasta donde me piden. Y busco en medio de encrucijadas la forma alegre de calmar mis ansias. Y me siento pobre en todo lo que hago.

¿Teofanía? ¿Trasparentar el amor de Dios? Se lo dejo a los más santos. A esos a los que admiro sin imitar. A los que elogio sin querer seguir.

Me parece bien que haya almas santas. Mientras a mí no me quiten mis deseos ni me obliguen a demasiadas renuncias. Tengo bastante con decirle que sí a Dios en cosas pequeñas que no duelen tanto. Pero la palabra conversión se me queda grande. Es casi como de otra época.

¿Cómo va a haber conversión en mi vida si nunca me detengo? Es tan poco profunda el agua de la que bebo que mi sed no se sacia. Sólo por unos minutos. Luego vuelve con más fuerza.

Una sed de infinito que no se sacia en lo finito. Mi carne no se enciende si el fuego no arde dentro de mí. No llevo su luz si Él no me la da.

NATIVITY SCENE
Public Domain

Necesito guardar silencio en el Adviento y buscar el recogimiento. Todo me puede llevar a Él, si lo busco con fe. Pero necesito ahondar.

¿Quién soy yo que camina al encuentro de Jesús en Belén en este Adviento? ¿Cuáles son mis miedos y oscuridades? ¿Cuáles son mis deseos más hondos y verdaderos? ¿Qué espero de Jesús que viene a mí cada Navidad? ¿De verdad creo que la conversión es posible?

No se trata de dejar de ser yo mismo. Es más bien aprender a mirar la vida de otra manera. Cambiar mis prioridades. Saber para qué he nacido.

Dar mi aporte humilde sin pretender que todo dependa de mí. Amar sin esperar ser amado. Ser amado y disfrutar del abrazo de un padre, de un hermano, de un hijo, del cónyuge, de un amigo. Salir de casa con el rumbo marcado en el alma. No angustiarme si los planes no resultan como espero.

La conversión es una gracia que me libera de obsesiones. ¿Será posible que venga Jesús a cambiarme por dentro?

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