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Esperar la visita de un Papa que ya no es sólo argentino

@Aleteia/Jeffrey Bruno

Esteban Pittaro - publicado el 26/11/19

Un ensayo sobre el hartazgo de ver al Papa mal relatado, con un final esperanzado

En la Argentina, los católicos, sean el 62% como una encuesta difunde, o sean el 80%, o sean el 10%, en general tienden a creer que el Papa es una figura importante para su Fe; que no alarme la obviedad del enunciado, puesto que quienes no comparten la fe no tienen por qué entender la fidelidad papal y el amor a él, si nadie se las ha explicado.

Unos católicos podrán querer más al Papa que otros, sentirse más afines o no a él, como ha pasado siempre, pero entienden que es una figura puente con un escenario futuro que trasciende la vida, un escenario en el que creen firmemente y basan su vida. En lenguaje del vulgo, hay un cielo al que quieren ir, que Jesucristo predicó hace 2000 años con palabras y vida, y dejó un camino como Iglesia para que vayan hacia él. En ese camino, navegan en un barco que conduce un capitán vestido de blanco, el Papa. Haya nacido en Italia, Polonia, Alemania, o la Argentina, es el capitán, y viste de blanco.

Lo guían estrellas en el cielo, que los católicos creen son quienes navegaron igual que ellos antes de morir. Como Mufasa en el Rey León, se fueron al cielo y se convirtieron en estrellas. Para los católicos la metáfora es instrumental para entender el rumbo de la navegación, aunque para los que no están arriba del barco sea producto de una ficción autocomplaciente.

En el barco algunos se suben al carajo para ver si ven la tierra, otros para avisar si algún iceberg pasó desapercibido; algunos reman, otros barren, cocinan, limpian, pescan, animan, etc. Nacionalidades las hay, no hay marinero igual a otro. Pero el barco y el objetivo es el mismo, porque el capitán es el mismo.

Hay un porcentaje de la población, la no católica, que no cree que exista eso hacia lo que los católicos navegan, o quizá sí, pero no creen que ese barco tenga sentido. Ven una barca, y ven al timón a un hombre de blanco. Y muy probablemente encuentren en él cosas que les guste: en el barco, o en el capitán, o en ambas. Claramente es posible: de no ser un barco realmente agradable, que nos hace felices, no seríamos tantos los que en él navegamos.

Y hay muchos a los que no les gusta ni el barco, ni el capitán. Es más, hasta les molesta que este barco transite por las mismas aguas que ellos. Ese barco, en jerga argentina, joroba. Por lo grande que es, por el color que parece que tiene cuando el sol aparece o se oculta, porque desde el barco no se explican bien qué es lo que quieren; por lo que sea, les molesta. Molesta el barco y molesta el capitán.

Leyendo las noticias de los diarios, portales, y mensajes en redes sociales, tanto en los intereses por los hechos informativos como en la naturaleza de las opiniones, se puede fácilmente identificar cuál es la actitud ante el barco en prácticamente cualquier persona pública, o institución.

El problema es que las cartas de navegación son necesariamente compartidas por todos los que navegan. Es más: hay algunos que tienen la responsabilidad de armarlas. Son los líderes de opinión: políticos, periodistas, editores, dueños de medios de comunicación, líderes religiosos, artistas, etc.

Algunos de esos líderes creen en la misión del capitán blanco. Otros no. Y están convencidos de lo absurdo que es creer en una institución como la Iglesia, que encima, tiene sacerdotes, religiosos, y laicos, que no solo pecan, pecado en el que no creen, sino que delinquen. Pero le piden explicaciones como si creyesen en ella. Le piden que timonee más allá de su timón, pues no entienden ni visualizan su norte. Dejen en paz al Papa, decía recientemente el Arzobispo de La Plata. Déjenlo en paz. Pero agreguemos algo: dejen a los católicos en paz, que suficiente dolor tenemos por no poder tener más cerca físicamente a aquel que por primera vez habla 100% nuestra lengua.

¿Entienden lo que nos duele saberlo tan cercano y tenerlo tan lejano? No es un actor político para nosotros: es nuestro capitán. Y lo queremos como capitán de la barca a la que con gozo nos subimos, que tiene como norte ese paraíso en el que creemos, no para interceder en el armado político y las políticas sociales y las educativas, y las legislativas y todo eso que gustosamente nos ocupamos y sabemos nos toca a los marineros.

Para los marineros vestidos de celeste y blanco es algo nuevo esto de tener un capitán que, sentimos, salió del mismo sector del barco que el nuestro. Sabemos que se despojó del celeste, porque el capitán es sólo blanco. Nos costó entenderlo quizá; pero ya está. Lo queremos por lo que es, no tan solo porque le gusta el mate como a cualquier rioplatense.

Déjennos navegar tranquilos, con nuestro capitán, y permítannos relacionarnos con nuestro capitán y hablar con él de las cosas que queremos hablar con él. Hay muchas otras noticias que no ocupan al Papa que este 60%, 70%, o 10% de los argentinos también nos interesan. Pero desinformar sobre nuestro Papa y sobre la naturaleza de la Iglesia, porque cuando atribuyen a él o ella una misión que no tiene eso es lo que hacen, no más por favor.

Rezaremos para que venga a la Argentina, se lo pediremos por las vías que tenemos para comunicarnos con él, y si no las tenemos, usaremos las redes y nuestros canales para que vea que nuestro anhelo tiene que ver con su misión, con el norte que persigue nuestra barca. Confíen en nosotros.

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