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Cómo sentirte en casa estés donde estés

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/07/19

El hogar es el lugar donde te aceptan y te aman como eres

La imagen de la casa me ha acompañado toda mi vida. El anhelo de hogar está impreso en mi alma. ¿Acaso no es verdad que sólo cuando me siento en casa puedo ser yo mismo?

Hay lugares que son así. En ellos echo raíces y me siento en casa. Por eso es difícil desprenderme de esos lugares familiares donde ha transcurrido mi infancia. Una casa, un terreno, unos caminos, unas piedras, unos paisajes.

Se graban en el alma imágenes sagradas y cuesta borrarlas. Un vacío inmenso crece en mi interior al pensar en lo que he perdido. O quizás no está perdido. Sigue dentro de mí grabado a fuego. Lo veo. Lo siento.

No mueren las raíces profundas que llevo dentro, pegadas al alma. ¿Cómo va a desaparecer esa roca sobre la que cimenté la casa de mi vida?

Está vivo en mi interior el hogar familiar. Ese que nunca dejará de existir. Aparece cada vez que cierro los ojos y camino despacio hacia el lugar donde descanso. No importa que ya no pueda ir físicamente. Siempre me queda el alma para buscar allí el reposo.

En la tierra seguiré buscando hogares en los que echar raíces. Donde sentirme en casa. Y querré tener mi anclaje en el corazón de Dios. Porque allí puedo descansar cada vez que guardo silencio y me quedo a solas con Dios. Dice el salmo:

«Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor».

Quiero hospedarme en la presencia del Señor. ¿Cómo tengo que actuar para poder hacerlo? Necesito hacer más silencio. Busco llevar una vida intensa de oración y estoy tan lejos…




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Mi fuente está en Dios y mi pozo parece vacío. Vivo inquieto buscando hogares por todas partes sin detenerme un momento. Sin descansar en el que de verdad me da descanso.

Que mi tiempo de descanso sea en Dios. Que pueda buscarle a Él que calma todas mis ansias. Decía santa Teresita del Niño Jesús:

«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada hacia el cielo, un grito de agradecimiento y amor en medio de la prueba o en medio del gozo. En fin, es algo grande, sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús».

La oración ese ese grito que busca el silencio. Ese remolino que desea la pausa. Ese fuego que anhela la brisa. ¿Quién puede hospedarse junto a Dios? No lo sé.

Me he llenado el alma de exigencias imposibles y creo que nadie es digno. Yo tampoco lo soy. Lo digo cada día en la eucaristía. Él me hace digno, no siéndolo. Se me olvida.

A veces creo que soy digno porque no he caído, porque no cometo demasiados pecados grandes. Ni robo, ni mato. ¿Basta con eso? ¿Sólo los puros pueden hospedarse en su presencia? ¿Qué me queda a mí que tengo el alma impura? Comenta el padre José Kentenich:

«¿Acaso una enorme cantidad de cristianos, también de los fervorosos, no vive como si la ley fundamental del mundo fuese la justicia? ¿No viven todos ellos, aunque hablen de manera distinta, como si la ley fundamental del mundo fuese la justicia? ¿Es también en mi vida el temor frente a Dios la ley fundamental del mundo? ¡Cuántos hay hoy en día que se sienten tratados por Dios como un perro apaleado o al que hay que apalear!».

Hospedarme con Dios me habla de una amistad en desproporción. No me siento digno. Siento a veces que Dios no quiere que esté a su lado. Él es justo y yo merezco el rechazo. Veo que me lo da todo. Yo tengo tan poco que darle. ¿Cómo sentirme digno de hospedarme en su casa?

Todo es posible para Dios. Necesito cambiar mi forma de mirar. Siempre el amor es asimétrico. La simetría no suele darse en la vida.

Amo sin mirar cuánto soy amado. No me preocupa. Por eso creo que a Dios tampoco le importa. No mira lo poco que traigo. Ni se escandaliza con mis ropas y mi suciedad.

Sabe de dónde vengo, de la batalla diaria. Conoce mi pobreza y ha sentido mi clamor, el grito de mi alma. Ha visto que he caído por mi debilidad. Y me ha tendido la mano. Ha querido que me hospede con Él.

¿Y si no soy honrado, ni justo, ni mis intenciones son leales, y calumnio, y hago mal al prójimo y difamo? ¡Cuántas veces lo he hecho!

Entonces no soy digno. La puerta es estrecha. Tendré que abajarme en la humillación para pasar por ella. Una puerta pequeña hecha para los niños.

He crecido. Soy adulto e indigno. Quiero cambiar. Sé que si me hospeda Dios en su casa, si me deja morar en su presencia, ser hijo en su corazón, tener mi casa en su casa, si Él hace posible que yo sea digno, entonces todo será más fácil. Se ensanchará mi corazón de hijo. Y podré aspirar a lo más grande. Dejaré de conformarme con una vida mediocre.

A menudo me siento tan pequeño… Podré ser yo mismo y crecer hacia dentro en un hogar seguro y estable junto a Dios. En su hondura. En su radicalidad. La palabra radical tiene que ver con tener raíces hondas. Dice Manuel Vicent:

«Lo radical es algo sólido, está afincado a una esencia, a una tierra, a una cosa tuya, a unos genes, a tu cultura, y la libertad, en cierto modo, te permite distancia con todo ello. Son dos palabras que suenan bien, eufónicas, da la sensación de que todo el mundo quisiera ser radical y libre».

En Dios puedo ser las dos cosas. Radical, sólido, estable, con raíces hondas. Y muy libre al mismo tiempo. Capaz de volar en las alturas tomando distancia y volver para descansar de nuevo.

Por eso creo que necesito más que nunca arraigarme en el corazón de Jesús. Allí es Mambré. Es Betania. Es hogar. Es familia. Allí me siento amado como un niño, soy su hijo predilecto.

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