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Servir a los demás cambia el mundo (y a ti)

DINNER
Lstockstudio - Shutterstock
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Sólo cuando doy encuentro la plenitud

Hay personas que sirven con fuerza, con entusiasmo, se preocupan por todo. Están siempre atentas, dispuestas a ayudar, a poner su tiempo y su vida al servicio de los demás.

Me parece muy bonito. Sirven con alegría. ¿Qué sería de este mundo si no hubiera personas que sirven a diario dando su vida, que permanecen ocultas en su servicio?

En la vida matrimonial es fundamental la actitud del servicio. Estar atento a lo que el otro necesita. Servir sin esperar el agradecimiento. Servir sin pretender que el otro haga lo mismo. Decía el papa Francisco:

“El matrimonio es una necesaria combinación de gozos y de esfuerzos, de tensiones y de descanso, de sufrimientos y de liberaciones, de satisfacciones y de búsquedas, de molestias y de placeres, siempre en el camino de la amistad, que mueve a los esposos a cuidarse. Se prestan mutuamente ayuda y servicio”.

El servicio mutuo, desinteresado. Lleno de renuncia. El servicio para que el otro esté bien, en paz, y pueda servir mejor a otros. El servicio que no espera que le paguen con la misma manera.

El servicio que no pretende ser visto. Ese servicio oculto es el que cambia el mundo. Lo hace en silencio. Estoy convencido de ello.

Tal vez en la tierra no obtenga recompensa. Pero ese servicio dará fruto en el cielo. Es el que anhela mi alma. Aprender a servir de tal forma que mi vida sea una entrega constante. Estoy lejos del ideal. Comenta el papa Francisco:

Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir”.

El gusto por servir y dar la vida. La alegría de mirar el bien del otro más que el bien propio. Sin buscar la simetría en el amor.

Quiero aprender a dar hasta que me duela. Dar para hacer felices a los demás. Sé que sólo cuando doy soy realmente pleno.

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