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Las células de los hijos se quedan muchos años en el cuerpo y el cerebro de las mamás

MUM, CHILD, SUNNY
everst | Shutterstock
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Se llama microquimerismo y es una fascinante prueba del vínculo entre madre e hijo. Este intercambio de células ofrece una perspectiva indispensable también en el debate sobre el aborto y útero de alquiler

El vínculo entre madre e hijo es algo tan profundo y penetrante que no puede definirse, pero si existe una imagen concreta que lo expresa en síntesis es la del cordón umbilical: cortado en el nacimiento, parece sugerir la ruptura de un vínculo concreto. Excepto que luego aparece bajo formas emotivas incluso enrevesadas por lo que a menudo se habla de ciertos adultos que “todavía no han cortado completamente el cordón umbilical con su madre”.

Pero se sabe desde hace tiempo que, desde el punto de vista biológico, algo del hijo queda en la madre, y viceversa, incluso después de cortar el cordón umbilical, la confirmación del hecho que la maternidad (concepto que cada vez más está virando al ámbito de la pura percepción emotiva) tiene que ver con los vínculos que son profundamente significativos desde el punto de vista biológico.

Qué es el microquimerismo

En la mitología griega la Quimera era una criatura con cuerpo y cabeza de león, una segunda cabeza de cabra que surgía de la espalda y una serpiente en lugar de cola: diferentes animales se mezclaban en un solo cuerpo, algo tan absurdo que era sinónimo de imposible.

En zoología se habla de quimera cuando un animal tiene dos o más poblaciones de células genéticamente distintas. También en el hombre existen formas de quimerismo que se verifican cuando las células de un individuo migran del cuerpo de otro (en el caso de transfusiones, transplante de órganos); luego existe un tipo particular definido microquimerismo fetal: durante el embarazo, a través de la placenta, un pequeño número de células del niño entra en el flujo sanguíneo de la madre.

Probablemente todos conservamos células adquiridas de la madre durante el embarazo, y las mujeres que han tenido embarazos conservan células procedentes del feto. Las células adquiridas pueden persistir durante décadas, y son capaces de residir establemente dentro de un tejido, convirtiéndose en parte integrante de los órganos del cuerpo. (Le Scienze)

El parto, por lo tanto, no pone fin, de manera definitiva, a la presencia del feto en el vientre de la madre, dado que, de alguna manera, esta cohabitación prosigue a nivel celular. Ya en los años noventa del siglo pasado se había puesto en marcha una hipótesis similar; sucesivamente, algunos estudios confirmaron casos en que el intercambio no se limita a una simple difusión, sino que a menudo se vuelve una verdadera compenetración: algunas células fetales en ratones de sexo femenino, tras haber llegado al corazón, se vuelven parte integrante del tejido cardíaco.  (Il Messaggero)

PREGNANCY
Kaya Shelest - Shutterstuck

Pero ¿cómo se ha sabido? Los datos que despertaron el interés de los investigadores se encontraron durante algunas autopsias descubriendo así que en ciertas mujeres estaban presentes células masculinas. Excluyendo los casos anteriores, trasplantes o transfusiones, se abrió la hipótesis de que el ADN masculino era el de un niño. Investigaciones posteriores han demostrado que estas células permanecen en el cuerpo de la madre no solo durante el embarazo, sino durante muchos años, incluso de por vida.

Esta evidencia hace que la frase “eres parte de mí” sea menos sentimental de lo que parece y abra escenarios fascinantes sobre el intercambio físico y emocional entre madre e hijo.

Es fascinante también el hecho que el cuerpo de la madre no rechace o destruya estas “células intrusas”. Para usar una terminología apropiada: las células inmunitarias maternas se vuelven insensibles a las células fetales microquiméricas.

Aunque después del embarazo el sistema inmunológico de la madre se libre de las células fetales presentes en la sangre, aquellas ya integradas (como pluripotentes, capaces de transformarse en cualquier tipo de célula) en los tejidos maternos pasan inobservadas y escapan a la “limpieza”. (Focus)

Dicho de manera irónica, como madre de tres hijos todos diferentes a mí: ya desde el embarazo una madre aprende la tolerancia. Y es simbólicamente poderoso pensar en el cuerpo materno como algo que en el tiempo – no solo durante los 9 meses – hospeda al otro sin aplastarlo. Rimbaud escribió lo è altro (es otra cosa), y también nosotras mamás podemos decirlo con todo el valor acogedor que se deriva de ello.

Si el conocimiento del microquimerismo es conocido desde hace tiempo, queda aún mucho por explorar en sus dinámicas y consecuencias. Por ejemplo, en el 2012 un equipo de investigadores canadienses y estadounidenses se centró en estudiar el cerebro, logrando identificar ahí también la presencia de células distintas de las maternas: es poca cosa constatar que las células fetales atraviesan la barrera hematoencefálica y una de las conclusiones más interesantes es que

Estos rastros estaban especialmente concentrados en el hipocampo y en los lóbulos parietales y temporales de la corteza prefrontal, zonas particularmente útiles para la comprensión, la memoria y la percepción.

Los más curiosos pueden leer la relación completa en Plos Oneyo lo intenté, luchando contra algunos pasajes técnicos muy profundos, pero logrando seguir los argumentos.

Entre los sujetos sometidos al estudio estaba una mujer fallecida a los 94 años en cuya materia gris estaba aún presente el ADN masculino, signo inevitable de la permanencia a largo plazo de este connubio madre-hijo. Debe precisarse que el microquimerismo no se verifica siempre y que existe también al revés, es decir, el microquimerismo materno: también la mamá deja al niño con rastros de sus propias células.

De entre los sujetos sometidos al examen del estudio estadounidense y canadiense habían 59 mujeres, de las cuales 25 sin patologías neurológicas y las restantes con Alzheimer. De hecho, el ámbito de estudio aún por explorar se refiere precisamente a las consecuencias de la presencia de estas células fetales en el cuerpo de la madre.

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