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Quien te da alegría y paz cuando tienes miedo y dudas

GRZEGORZ POLAKIEWICZ
fot. archiwum prywatne
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¿Necesitas aprender a confiar en los planes que no comprendo? El Espíritu Santo te hace capaz

En la vida suelo tener miedo. Me da miedo el mar y me llena de dudas la incertidumbre. Me asusta el peligro de la muerte. La posibilidad de ver fracasar mis sueños. Me quita la paz el futuro incierto.

Pero la paz acaba con el miedo. La alegría suprime la tristeza del alma. Viene el Espíritu Santo sobre mí para sanar mi alma. Para pacificar mis miedos. Para calmar mis ansias. Viene a llenarme con su fuego.

Necesito un corazón pacificado y confiado. Necesito aprender a confiar en los planes que no comprendo. En los vientos que soplan dentro de mi alma. En las nubes que cubren el sol delante de mis ojos. Jesús me mira al darme su Espíritu y me llena de paz:

“Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

Su Espíritu me llena de paz y de alegría. El Espíritu sopla donde quiere y arrasa con mis resistencias y puertas cerradas. El Espíritu desbloquea los muros que he construido para impedir que Dios irrumpa. Y lo hace. Llegan la calma y la alegría. El alma descansa mirando un mar inmenso. El mundo parece no tener fin.

seascape
pixabay

Dejo de pensar en pequeño y pienso en grande. Dejo de calcular mis días, mis horas, mis plazos, mi entrega. Dejo de contar lo que doy llevando cuentas del bien que hago. Dejo de ser tan mezquino.

El Espíritu ensancha mi alma estrecha. Me hace generoso venciendo mis egoísmos. Me hace misionero venciendo mis comodidades.

Quiero un Espíritu que me saque de mis estrecheces. El corazón se alegra con una vida nueva. Necesito ese Espíritu que me haga pensar más en los demás y no tanto en mí mismo. Dejar de mirar mi problema para apreciar mejor las dificultades de otras vidas.

Vivo encerrado en mí mismo. Busco mi comodidad. Mi propia cárcel. Veo mi cenáculo con las puertas cerradas. Protegido y cómodo. En oración. Pero con temor a que irrumpa el Espíritu y lo cambie todo. Con miedo a romper rutinas y seguridades.

Imploro el Espíritu que me haga navegar mar adentro y no al borde de mi playa.

El corazón teme los cambios y los anhela al mismo tiempo. Quiero la alegría del Espíritu que borre toda nostalgia, toda melancolía.

Quiero implorar el Espíritu en mi oración de alabanza, en mis cantos, agradeciendo a Dios por la vida que tengo que es un don inmenso.

Imploro que el Espíritu me dé la flexibilidad que tantas veces me falta. Me quite la tristeza de los ojos. Y llene mi alma de alegría:

“Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”.

Le pido que venga a mí para cambiarme por dentro. Que transforme mi corazón de piedra en un corazón de carne. Necesito esa alegría y esa pasión por la vida.

Quiero que me haga de nuevo para ser capaz de soñar con las alturas y no conformarme con mediocridades. Esa alegría que no me puede quitar el mundo porque me la da Dios para que quede en mí como algo permanente. No lo dudo. Sueño con las alturas.

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