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Su matrimonio sobrevivió 12 años a la separación gracias al Rosario

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La impresionante historia de amor, de guerra y de libertad los croatas Luka Brajnovich y Ana Tijan

Una impresionante historia real de amor, de guerra y de libertad es la que ofrece Olga Brajnovich en su libro “Una odisea de amor y Guerra” (Madrid, 2019) en el que recoge parte del diario de su padre Luka Brajnovich y las notas de su madre Ana Tijan, ambos croatas.

Luka y Ana, a causa de la guerra y del régimen comunista de Tito en la antigua Yugoslavia, tuvieron que vivir separados 12 años, cuando apenas habían convivido un año y medio. ¡Fue durísimo!

Olga, que es periodista como su padre, cuenta algunas de sus inmensas peripecias de cuando este se exilió de la antigua Yugoslavia de Tito, y de cuando fue perseguido antes por los fascistas italianos de Mussolini y por los ustasha (organización racista croata apoyada por los nazis, de Ante Pavelich).

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Pasó 12 años sin ver a su mujer y a su hija Élica: ¡Una eternidad! Se atrevió a criticar a Benito Mussolini, y al régimen ustasha.

Luka, que era licenciado en Derecho, conoció a su esposa Ana, en Zagreb, capital de Croacia, donde esta estudiaba filología eslava y ambos militaban en un movimiento católico un tanto exigente: Domagój, fundado en 1906.

Se distinguía por su fidelidad al Papa, y su frecuencia de sacramentos (misa diaria) y prácticas de piedad, como oración personal y rezo del rosario.

Se enamoraron profundamente y en plena guerra mundial, en noviembre de 1943, decidieron unir sus vidas y se casaron, cuando sobre Zagreb caían bombas casi a diario.

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Los ustasha cerraron el periódico Hrvatska Straza (Vanguardia Croata), porque publicó un discurso del papa Pío XII contra el racismo y exponía la doctrina católica sobre la dignidad de la persona. Luka lo publicó, a pesar de recibir un aviso de la censura de que no lo publicara.

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Una vez, Luka tuvo que hacer un reportaje lejos de Zagreb y cogió el tren. El convoy fue atacado por una partida de partisanos con ametralladoras y bombas, porque, dijeron, llevaba armas.

Luka salvó la vida casi por milagro. Fue hecho prisionero, y de allí pasó a un campo de concentración. Le condenaron a muerte, pero en el momento de la ejecución, al ver que era periodista le pusieron aparte, y le salvaron la vida.

Intentaron convencerle de que colaborara como periodista con los partisanos. Luka no aceptó porque no aceptaba las ideas comunistas de los partisanos, a pesar de que conocía lo que le esperaba: campo de concentración, vivir hacinado entre otros prisioneros, pasar hambre, frío, etc.

Su vida en este campo consistía en largas caminatas sin calzado y casi sin comida, por entre los húmedos bosques de Croacia. Decenas y decenas de kilómetros. Noches enteras.

Finalmente, gracias a un ataque aéreo de Mussolini pudo tener un salvoconducto y escapar del campo. Llegó a Zagreb donde le esperaban su novia Ana y parte de su familia.

Luka y Ana decidieron casarse. No tienen ningún testimonio gráfico de la boda. Dice Ana: “Probablemente se me olvidó pensar en este detalle, ¿para qué? ¡Si no sabíamos si volveríamos vivos a casa!”.

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Pasaron un año y medio juntos, entre bombas y dolor familiar por la muerte (asesinato) de su hermano sacerdote y su otro hermano soldado. Nació la pequeña, Élica, ya al terminar la guerra.

Por la persecución de los partisanos de Josip Broz, Tito, y al no aceptar colaborar con los comunistas como periodista y propagandista suyo, Luka, con mucho dolor tomó el camino del exilio en 1945, pensando que pronto podría volver a su tierra y abrazar a su amada esposa.

Mientras en Europa todo eran fiestas de alegría porque había terminado la guerra, para la familia Brajnovich y muchas otras se avecinaban años de dolor.

La historia de Luka y Ana es una historia de amor, pero de un amor tan profundo que ni el hambre, ni la miseria, ni la distancia, ni el sufrimiento, ni la soledad, ni la persecución, ni los campos de concentración, ni los campos de refugiados pudieron quebrantarlo.

Era un amor que estaba cimentado en las hondas raíces de la fe en Dios y el amor a la Virgen de Fátima. Fue una historia de lucha, de amor y de libertad.

Luka era un escritor, un poeta, un periodista… y un soñador, mientras que Ana era una mujer resolutiva, gestora, ejecutiva. Son de una gran belleza los escritos de Luka a su “amada” cuando escribe desde los campos de refugiados, pasando toda clase de estrecheces, sobre todo hambre, frío, soledad y mucha pena de no poder reunirse con su gran amor Ana, y su otro amor, Élica.

El amor entre Luka y Ana, lejos de apagarse, se robustecía día a día desde la distancia. Cartas encendidas y que escondían miserias no contadas, sentimientos y esperanzas truncadas, pero siempre con un amor tierno e infinito, junto con el gran amor a Dios y a la Virgen.

Ana nunca quiso esconder en Croacia públicamente su práctica religiosa, aunque esto no le beneficiara en su trabajo y en su vida de cada día, donde se premiaba al ateo y al que había cambiado de chaqueta.

Para solidificar más su amor quedaron en que los dos rezarían cada día el rosario a una hora determinada del día. Y así lo hicieron durante años.

La niña Élica crecía y era educada por su madre, según la religión católica. Esta le desmontaba todo el ateísmo que aprendía en la escuela (“Dios no existe”) controlada por los comunistas.

Llegó a hacer la primera comunión. En realidad, no conocía a su padre, pues tenía solo cuatro meses cuando Luka se exilió. Lo conocía a través de su madre.

Ana sabía que Luka estuvo en Italia y después en España, y por eso dijo a su hija que se comunicara con su padre a través de las estrellas.

Ana le decía: “Papá ve las mismas estrellas ahora y también piensa en nosotras”, y Élica escribió; “Yo estaba convencida de que las estrellas eran unos extraños “carteros” del pensamiento, y que, si yo les decía algo, ellas se lo contarían a mi padre, allá, en alguna parte, donde él las estaba mirando”.

Y Luka, nostálgico, escribía tras recibir una carta de Ana:

“Mi amada me dirige palabras que me animan, me consuelan y me levantan el espíritu, que me dan fuerzas para aguantar, al menos por la esperanza, que no debería extinguirse.

“Me pregunto a menudo si he merecido tanto amor. ¿O es quizá el premio por el tanto amor que le profeso, y que nunca disminuirá ni un ápice?”

Las cartas nunca fueron regulares, o porque eran interceptadas por agentes y espías, o porque levantaban sospechas en las autoridades comunistas.

Todo el sufrimiento de Luka se centraba, sobre todo, en que cada vez que lo intentaba no era posible la reunificación de la familia.

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Al fin, consiguió abrazar a su esposa e hija en la estación de tren de Múnich (Alemania), después de que Luka hiciera una romería a la Virgen de Altötting.

Fue en octubre de 1956. Luka regaló a su esposa doce rosas rojas, en recuerdo de cada uno de los doce años que pasaron separados.

Luka no contaba estas cosas a sus hijos. Era reservado y nunca odió a nadie, cuenta su hija Olga. “Siempre perdonó a quienes le hicieron daño, desde el primer momento. Todos los días -añadió- luchaba positivamente contra el odio”.

Luka Brajnovich fue siempre un periodista independiente en un país donde la independencia era imposible en su época. Fue profesor muy querido de la Universidad de Navarra muchos años, tras exiliarse, como apátrida, a Bolonia, Roma y Madrid.

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El que escribe este artículo fue alumno suyo y piensa que recordando a Luka se recuerda a todos los que vivieron en análogas circunstancias la segunda Guerra Mundial, detrás del Telón de Acero.

Fue comentarista –con columna diaria— de política internacional en Diario de Navarra. falleció en Pamplona en 2001, después de vivir 45 años más con su amada esposa Ana, que falleció en 2017.

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