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¿Cómo sobrevivir al tsunami digital?

Cell phone world
Imagine Photographer - Shutterstock
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“Los medios de comunicación constituyen hace ya tiempo el universo simbólico en el que pensamos, actuamos y sentimos. Todo pasa hoy por ellos, desde las ideas hasta los estilos de vida, desde la acción política y el ocio, hasta la educación. Son los medios quienes establecen las prioridades, las perspectivas y los enfoques de la información que se brinda. Lo real se reduce, se interpreta y hasta se “crea” solo a través de las múltiples pantallas” (Lipovetsky, 2010).

Vivimos en una sociedad dominada por los códigos de la publicidad, amplificados por los medios de comunicación masiva y las redes sociales, donde todos están preocupados por “impactar”, por lograr la atención de los demás que también están sumergidos en un torbellino de información y distracciones efímeras. Ya no son las agencias de publicidad, sino cada individuo que a través de sus propias redes sociales intenta mantener la atención y estar en el candelero la mayor cantidad de tiempo posible.

La fascinación tecnológica puede ser una nueva forma de alienación en la que todos se van atontando sin percibirlo, detrás de un perenne entretenimiento, de palabras vacías de contenido, de noticias fugaces durante las 24 horas, van como hipnotizados pasando de una información a la otra sin saber para qué, simplemente se sigue la inercia digital para no quedar afuera, pasando horas mirando fotos que no dejan nada, para no estar “desconectado” y dejar de existir. Se vive sumergido en el mundo digital casi sin percibir que hay un mundo fuera de las redes.

Un poco de racionalidad en el torbellino informativo

Cuando muchos están pensando cómo conseguir que hagamos un “click” en un anuncio o le demos “me gusta” a una publicación, los expertos en educación están preocupados por la falta de contexto que se tiene para comprender la información que se recibe, la falta de espíritu crítico y de atención a las palabras y su interpretación.

En los diferentes programas de televisión se hace poco esfuerzo por entender lo que dicen los políticos o cuáles son los verdaderos problemas de un país. Lo que interesa es lo que impacta, lo que emociona y sea fácil de entender, lo cual fortalece el irracionalismo y la falta de matices en las discusiones públicas. Todo se simplifica, todo se reduce a dos bandos, buenos y malos, donde la polémica es emocional y no importa la verdad ni los argumentos que se esgrimen. Así se fomenta la polarización social y la estupidez masiva que también es fuente de violencia irracional y de toda forma de fanatismos.

La amplitud mental, la comprensión de matices y la escucha abierta son esenciales para interpretar a los demás y a uno mismo. Cuando la cultura se hace añicos no hay modo de comprenderse y se consumen contenidos superficiales polarizados sin un espacio común de diálogo y discusión sana.

¿Qué hacemos con las nuevas generaciones?

La responsabilidad de cada uno de nosotros, padres y educadores, es muy grande en esta crisis cultural en que vivimos. No fomentar la lectura y el diálogo reflexivo y crítico con niños y adolescentes es dañar su futuro irresponsablemente. Ayudar a nuestros hijos a leer y comprender el mundo es una gran responsabilidad, para que no queden atrapados por el entretenimiento constante y sean lamentablemente en su futuro, adultos manipulables.

La destrucción de una cultura común, cuando todo es fragmentado y los contenidos consumidos no crean un terreno común, una base común para el diálogo, formamos individuos incapaces de comprenderse y de dialogar entre sí. Cada uno forma su propio gueto, su propio fragmento en conflicto con todo lo diferente.

Por otra parte, cada vez más nos comunicamos sin necesidad de un contexto, lo cual genera no pocos problemas en la comunicación. Un diálogo cara a cara es insustituible y aunque las nuevas tecnologías nos han aportado posibilidades jamás pensadas, podemos abandonar peligrosamente un elemento fundamental para la comunicación, la comprensión e interpretación de los contenidos: el contexto.

Al desaparecer el contexto en las pantallas, tratamos del mismo modo a nuestra familia, a nuestros amigos y conocidos que a los extraños. Cada vez más personas se expresan a través de grupos de whatsapp como si estuvieran en la intimidad del hogar sin saber cómo son interpretados o leídos esos contenidos, o a dónde irán a parar. No solo se borran los límites entre lo público y lo privado, sino que no hay coordenadas para interpretar correctamente la información volcada en las redes. Es comprensible la cantidad de malentendidos y conflictos que existen a causa del uso de la mensajería a través de los teléfonos y con las redes sociales.

Ninguna tecnología sustituye una conversación presencial, cara a cara, donde la riqueza de la comunicación es insuperable en cuanto a las posibilidades de comprensión del otro.

Las nuevas generaciones que viven sumergidos en el mundo de las redes no necesitan ampliar sus habilidades tecnológicas, sino contar con un ambiente que les de soporte de humanidad, que les haga capaces de desarrollar las habilidades que no da la tecnología: comprensión de los demás. No hay que escapar de la tecnología porque es inevitable hoy su uso, pero podemos aprender otras habilidades que nos permitan verlas desde fuera y no estar siempre sumergidos en los medios.

Para lograrlo es preciso tener hábitos diarios de despegarse de los medios digitales de vez en cuando, para darme cuenta que son el aire que respiro, sino un mundo del que puedo entrar y salir porque no son todo mi mundo. El contacto con la naturaleza, el diálogo con las personas cara a cara, la lectura reflexiva y la escucha atenta de los demás, nos dan aire en medio de la asfixia provocada por la frivolidad mediática.

Muchas veces recomiendo a mis alumnos dejar el teléfono lejos de uno o apagarlo por algunas horas cuando quieran estudiar, hablar con alguien en profundidad o leer un buen libro. Porque usar la tecnología nos da muchas ventajas, pero depender de ellas nos hace más dispersos, menos eficaces, más superficiales y menos comprensivos con los demás. La opción no es “tecnología sí” o “tecnología no”, sino un uso racional, pensado y equilibrado. Para ello se necesita fuerza de voluntad y determinación.

Quienes no se dejan arrollar por la lógica de la inmediatez y la permanente innovación, sino que echan raíces en las cosas esenciales de la vida, en lo que realmente nos hace más humanos y mejores personas, pueden ser un oasis de paz y esperanza para tantos que corren sin saber hacia dónde van. Se necesitan seres humanos que enseñen a vivir, a esperar, a amar de verdad, a pensar libremente. Se necesitan educadores que ayuden a otros a discernir entre lo banal y lo profundo, que ayuden a pensar críticamente y a salir del círculo vicioso de consumir y consumir sin saber para qué vivir.

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