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Muere Alba Stella Barreto, la «Madre Teresa de Colombia»

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Vicente Silva Vargas - Aleteia Colombia - publicado el 26/02/19

La religiosa franciscana Alba Stella Barreto trabajó durante más de 30 años en sectores vulnerables de Cali. Su labor con niños, jóvenes y mujeres excluidos le valió el calificativo de ‘el Ángel de Aguablanca’

La hermana Alba Stella Barreto nació en Santander —oriente colombiano— un departamento donde sus habitantes son de carácter fuerte y aguerrido. Y ella los representaba a la perfección porque, de lo contrario, nunca se hubiera atrevido a pararse en medio de pandillas armadas para alzar la voz y pedirles que cesaran sus actos violentos.

Su carácter también le sirvió para que decir públicamente que no tenía miedo de vivir en el Distrito de Aguablanca, una zona peligrosa de Cali, al occidente del país. Esa forma de ser también le permitió denunciar a los gobiernos por no atacar la pobreza con decisión y criticar a las autoridades por la falta de voluntad para combatir la violencia. Su personalidad era tan avasallante que logró ganarse el respeto de peligrosos delincuentes.

En esa zona, en medio de las balas, del hambre, el desempleo, la inequidad y la violencia familiar, la hermana Alba Stella trabajó durante más de tres décadas en favor de niños abandonados por sus padres, jóvenes con problemas judiciales, mujeres cabeza de hogar y, en general, víctimas de múltiples conflictos. A muchos de ellos les enseñó la máxima de “no darles peces, sino enseñarles a pescar”.

Ingresó muy joven a la comunidad franciscana de María Inmaculada en donde se inspiró en los carismas de san Francisco de Asís y santa Clara. Después de tomar los hábitos y vincularse formalmente a su comunidad, estudió Licenciatura en Educación con énfasis en Psicología. Fue directora del Colegio Alvernia —un colegio para niñas de clase alta en Bogotá—, decana de Educación en la Universidad de San Buenaventura y subdirectora de Bienestar Social de la de Bogotá. Todos su trabajos estuvieron relacionados con la educación y las comunidades marginadas.

Trabajó nueve años con indígenas del Cauca y de allí salió para Cali donde empezó su tarea como misionera en Aguablanca, un gigantesco conglomerado de población mayoritariamente afrocolombiana. Sobre sus años en ese complejo sector le contó a la revista Semana que fue la mayor aventura de su vida porque le permitió “entrar a la universidad de la exclusión, de la marginalidad, de la pobreza extrema, siempre con mis compañeros de utopías, los franciscanos de la Provincia de San Pablo. Dos años nos costó desaprender nuestro estilo de vida y aprender a vivir en la ilegalidad y el rebusque”.

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Una Madre Teresa criolla

La tarea social y pastoral de esta misionera franciscana seglar, que siempre contó con el apoyo de los arzobispos de Cali, empezó con la organización de una olla comunitaria, una actividad que consistía en la preparación diaria de al menos una comida nutritiva y caliente para cerca de 300 personas pobres. Al mismo tiempo acogió a mujeres de calle, muchas de ellas adolescentes embarazadas, a quienes organizó en sala-cunas. También creó hogares para niños abandonados, un colegio que denominó Semilla de Mostaza (basado en el pasaje bíblico), casas de refugio para jóvenes comprometidos en actividades legales o violentas y posadas para los desplazados por la violencia.

En 1992 dio vida a la Fundación Paz y Bien, la obra central de su misión, que como ella misma la describía “es una Red Social Comunitaria, que tiene como filosofía el servicio a las víctimas del conflicto armado y del sistema social injusto, excluyente y violento que azota a la población colombiana en campos y ciudades”. Este concepto se enfatiza en el mensaje cristiano que aparece en la página web de la fundación: “Construyamos una sociedad justa e igualitaria en la que se logre realizar el legado de Jesús. ‘Les dejo la paz. Les doy mi paz. No como la da el mundo. No se angustien, no tengan miedo’ (Juan 14,27)”.

Esta mujer de 78 años que se identificaba plenamente con “el respeto y cuidado de la Madre Tierra como nuestra casa común” —en consonancia con los postulados del papa Francisco— también creó consejerías de familia e impulsó la ‘nueva economía social’, una estrategia que promueve el ahorro y el crédito barato para madres solteras, vendedores ambulantes y recicladores.

Una de sus últimas tareas de la ‘monja revolucionaria’, como la denominaron algunos medios, fue la promoción de la justicia restaurativa, un modelo que tomó de Irlanda del Norte, a donde fue invitada por el Banco Mundial. Este sistema, aplicable a delitos menores, consiste en que a través del diálogo entre infractor, víctima y comunidad, haya una reconciliación que permita el reintegro del responsable a la comunidad y evite su estigmatización o exclusión social.

Alba Stella, después de una dura lucha contra el cáncer, falleció el 24 de febrero en Cali, la ciudad que la acogió como si fuera una hija propia. Su enorme obra social la resumió en pocas palabras el empresario Alejandro Eder, exdirector de la estatal Agencia Colombiana para la Reintegración: “Era la Madre Teresa de Colombia”.




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