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¿Empiezas a desconfiar de Dios? Toma estas 2 anclas

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Y 3 prácticas para empezar tu relación con Él

Si alguien habla mal sobre mí pero solo me conoce a través de las redes sociales o simplemente “escuchó” de mí, no puedo tomar en serio sus críticas. No puedo dejar que sus palabras me molesten porque ni siquiera me conoce.

Pienso en esta realidad cada vez que alguien se queja de Dios y escucho cosas como estas:

“No rezo porque Dios no responde”.

“No siento nada cuando rezo o cuando voy a la iglesia y estoy tan cansado”.

“Siento que a Dios simplemente no le importo”.

“Dios tiene que ver con las “reglas”, ¿por qué querría tener algo que ver con eso?”

¿Alguna vez te has visto diciendo/pensando algo como esto? Si es así, ¿realmente sabes del Dios o de la iglesia de la que hablas? O, ¿has basado estas quejas en algunas cosas que escuchaste o has leído?

Me rompe un poco el corazón escuchar esas quejas porque ese no es Dios. Ese no es el Dios que he llegado a conocer en los Evangelios y a través de mi relación con Él en la oración y en los sacramentos. Ese no es el Dios del que hablan y escriben los santos.

“Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Esto es lo primero que debemos recordar. Él es amor. Y es todo lo bueno que el amor conlleva y abarca. Lo que significa que es misericordioso, paciente y buen oyente. Él realmente puede todo y quiere lo mejor para ti.

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Pero tampoco es un mago. Claro que puede multiplicar el pan y convertir el agua en vino, pero no puede forzar a la persona que se sienta detrás de ti en la clase a enamorarse de ti. Tampoco puede obligar al sacerdote de tu parroquia a dar mejores homilías, ni obligar a tu jefe a ser bueno contigo.

Dios es amor y no es un mago. Estos dos hechos acerca de Dios son dos anclas que me sostienen cuando la locura de la vida intenta empujarme a desconfiar de Él, a sentir que no lo necesito, o a sentir que no me escucha.

Él está escuchando, está trabajando para lograr algo bueno en mi vida.

Dios no es lo que has escuchado acerca de Él, Dios es lo que has escuchado de Él.

Cuando llegues a conocerlo no te quejarás de que no escucha o que no está. En la medida en que lo conoces comienza a ser parte esencial de tu vida, sí, quizás de un modo distinto al que estás acostumbrado, pero tendrás la certeza de que nunca se irá.

A medida que crezco en mi relación con Él, aprendo que si Él es bueno, también podrá sacar lo mejor de mis fracasos y dolores más profundos. Solo tengo que ser paciente y confiar.

Ha sido muy difícil, pero al final, no en mi tiempo sino en el suyo, algunas de esas cosas que pensé que solo eran heridas, fueron las cosas que Él usó para hacerme más fuerte.

Saber quién es Dios tomará tiempo como lo hacen todas las cosas buenas en la vida. Vas a tener que trabajar y ser paciente, especialmente cuando las cosas se ponen difíciles, como cuando no “sientes” ganas de rezar, o no entiendes lo que Él te pide.

Pienso que muchas personas dejan de perseverar en su vida de fe y tiran la toalla porque creen todas las cosas equivocadas que han escuchado sobre Dios, pero ni siquiera se han tomado el trabajo de conocerlo. Al igual que conocer a un amigo toma tiempo, conocer a Dios toma una vida.

No puedes pensar que conoces a Dios si solo has escuchado a otros hablar sobre Él o has leído cosas sobre Él. Así que aquí te dejo algunas prácticas, maneras clásicas de comenzar tu relación con Él:

Asiste a un grupo donde te relaciones con personas que frecuentan a Dios: puede ser en tu parroquia, un grupo de amigos, algún voluntariado o actividad espiritual como un retiro o una jornada.

Establece un tiempo regular de oración todos los días: puedes comenzar con 5 minutos. Ponlo en tu agenda para alentarte a cumplirlo. Puede ayudarte leer el Evangelio del día con un pequeño comentario o alguna frase inspiradora de un santo o un autor espiritual.

Busca a Dios a lo largo de tu día: busca las formas en las que puedas experimentar que Él te ama y quiere relacionarse contigo, como a través de una puesta de sol, o de esa flor que viste en la acera camino a tu casa. ¡Reconoce su bondad y di gracias! Elige ver el mundo con ojos de fe y no solo desde la casualidad.

Sé paciente y persistente en tu relación con Él. Nos llevará toda la vida, y aun así, nos faltará, pero te lo aseguro, vale la pena.

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