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¿Demasiado exigente o inflexible? Este niño te puede cambiar

© Shutterstock
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Y hacerte más consciente de tu fragilidad y enamorarte de la vida

No quiero ser tan exigente conmigo mismo, con los demás. Lo soy tan a menudo… No quiero ser tan inflexible ante el fallo de mi prójimo.

Quiero que se lime lo áspero de mi piel que me aleja de tantos. Oigo esa voz que quiere que deje atrás la piel de mi hombre viejo. Que me revista de ese hombre nuevo que quiere que yo sea.

Un hombre más niño, más frágil, más bondadoso, más pequeño, más abierto. Un hombre consciente de su fragilidad, enamorado de la vida.

Así me quiere Jesús que viene a mí de nuevo en este Adviento. Viene a mi vida y vuelvo a empezar. Él allana los caminos de mi alma por los que discurren los días.

Quiere Jesús abrir caminos nuevos que me ensanchen el alma, construir puentes que me unan con los que están lejos, permitir que el agua corra por el cauce de mi alma que está seca.

Sueño con ese deseo de su voz que grita dentro de mí y lo llena todo. Quiere que sea manso, humilde, dócil, abierto, amante, enamorado.

Quiere que me haga niño en medio de tantas cosas que me hacen responsable, rígido, exigente y viejo.

Tengo miedo al cambio, eso lo sé. Miedo a la conversión. Decía el padre José Kentenich: La aspiración cristiana a la santidad suele pasar por dos conversiones. La primera es parcial, ligada a muchas reservas manifiestas u ocultas. La segunda es total y sin las reservas de una afectividad desordenada”[1].

Siempre estoy en medio del camino. Entre una primera conversión y esa segunda que me habla de una santidad más plena.

Deseo una conversión total. Estoy tan lejos… Tengo miedo a dejar lo que me asegura la vida y me da tranquilidad. Me da miedo la soledad que me angustia.

Pienso en la anunciación. Y el ángel que deja sola a María. Después de revelarle el misterio. Después de gritar en su corazón virgen. Se va. Se aleja. Y Ella queda sola.

Tengo yo miedo a quedarme solo. A convertirme del todo hacia Dios. Tengo miedo a la pobreza que es dura y encoge mi alma. Tengo miedo a la falta de amor que erosiona mis esperanzas y socava mis ilusiones.

Miro a Jesús en esta noche de desierto. Tiene que ver este tiempo con esa soledad de pastores cuidando el rebaño. Con la soledad de los reyes de oriente recorriendo el desierto. Con la soledad de José y María camino a Belén.

Es el desierto frío en exceso. Caliente en exceso. No me gustan los excesos.

Quiero pedirle a Dios que cambie lo que está torcido, desviado, atrofiado en mí. Quiero que solucione lo que no me permite caminar sin cojera. Que acabe con ese dolor que no me deja abrazar la vida sin incertidumbres.

Deseo una confianza ciega de niño que se pliega a los cambios con una sonrisa en el alma. Me gustaría ser así frente a la vida que cambia.

Tengo que asumir que todo cambia. Nada permanece igual. Yo no soy el mismo a medida que pasan los años. He cambiado.

Algo permanece intacto, virgen, único, sagrado en mi interior. Pero aun así, sigo cambiando sin pretenderlo.

Evoluciono o retrocedo. Crezco o me hago más pequeño. Espero cambiar siempre a mejor. Pero no siempre lo logro.

Las cosas cambian. Como decía Heráclito: “Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”.

La vida cambia sin que yo intervenga. Me vuelvo viejo. Pierdo facultades. No soy el mismo. Sé que si me esfuerzo puedo mejorar.

Quiero la conversión de mi corazón. La quiero ahora. Me da miedo que sea a fuego lento. Me cuesta esperar y ser paciente.

Me asombra siempre esa esperanza de los niños que resisten la tentación de satisfacer al instante sus deseos y saben aguardar la recompensa.

Peco de impaciente conmigo, con todos. Y sé que la vida cambia. La mañana de hoy no es la misma que la de ayer.

Acepto el reto. Aunque a mí me gustan la estabilidad y los recuerdos. La rutina y la permanencia. Lo sólido y no lo que fluye. Lo estable y no lo que cambia.

¿Para qué hablar tanto del cambio cuando me duele el alma sólo de pensarlo? El cambio de planes. El cambio de sueños. El cambio de fuerzas.

¿No puedo retener en mis manos lo que ya poseo? Los cambios a veces me fascinan. Pero luego me incomodan.

La atracción por lo nuevo. El rechazo del esfuerzo. No me gusta tener que renunciar para tocar un sueño nuevo. Ni esforzarme por ser mejor de lo que ahora soy.

Miro a Jesús que viene a cambiar mi alma: Quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús”.

Jesús comenzó en mí la obra buena. Él irá cambiando lo que no le pertenece. Le pido que me ayude para aprender lo que ignoro. Y para alcanzar lo que no poseo. No hay nada imposible para Él.

 

[1] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador” de Peter Locher, Jonathan Niehaus

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