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Cambia expectativas por esperanza

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La esperanza no se frustra tan fácilmente porque no se deja hundir al no cumplirse las expectativas

Tiene este tiempo de Adviento algo de espera o tal vez mucho. Como si en medio de las dificultades del camino, en medio de las dudas, en medio de las pérdidas, brillara una luz como una estrella y me regalara algo de esperanza.

El Adviento es para esperar. Pero ¿y si ya no espero nada?

Me recuerda a veces esa tentación que tengo de decirle al que está triste, no estés triste. Al que llora, no llores. Al que se desanima, no te agobies. Es como pedir lo imposible en el momento más inoportuno.

No puedo pedir lo que no me pueden dar justo entonces. Y yo lo pido.

Alégrate, le digo, al que no puede levantar la cabeza de su angustia y de su pena. Confía al que desconfía porque lo ha perdido todo. Levántate al que ha caído y no es capaz de seguir luchando.

¿No será mejor quedarme un tiempo sentado junto al caído sin hablar? ¿O llorar un rato junto al que llora velando su duelo? ¿O sufrir en silencio con el que ha perdido toda esperanza abrazándole callado? “Un sufrimiento compartido deja de ser paralizante, es todo lo contrario”[1].

Me parece más humano, no sé si más sensato, actuar de ese modo. Me parece más de Jesús. Él mismo no quería solucionar de golpe todos los problemas.

Además, era imposible. Había renunciado a su poder. Se hizo como yo. Limitado y pobre. Temporal y caduco.

Y así me recuerda que ni Él mismo fue capaz de saciar toda la sed del mundo. Ni pudo curar todas las enfermedades que tocó con sus manos. No pudo o renunció a ello en medio de su pobreza.

Y hoy parece que Jesús viene a mi vida para levantar mi mirada y hacerme creer en lo imposible. Aunque yo dude tantas veces de mis fuerzas y no encuentre sentido a todo lo que hago.

Se hacen vivas entonces las palabras del Papa Francisco: “Aquí también existe un gran desafío para la Iglesia. La necesidad de dar una palabra de esperanza y de sentido. Es necesario partir de la convicción de que el hombre viene de Dios y que, por lo tanto, una reflexión capaz de proponer las grandes cuestiones sobre el significado de ser hombres puede encontrar un terreno fértil en las expectativas más profundas de la humanidad”.

El hombre tiene expectativas. Hay una diferencia entre tener esperanza y tener expectativas.

Normalmente la esperanza está en relación con esos cambios que anhelo que sucedan en mi alma. Espero mejorar como persona. Espero sanarme. Espero alcanzar mis sueños. Espero realizar mis deseos. Espero realizarme.

Esas esperanzas humanas descansan en una esperanza más grande que ha sembrado Dios en mi alma. Espero amar siempre. Espero ser amado siempre. Espero ser eterno y vivir para siempre.

Sólo Dios puede colmar esa esperanza más profunda de mi alma. Sólo Él me puede dar un amor eterno y puede hacer que mi vida sea eterna. Sólo Él puede calmar la sed que tengo dentro.

Las expectativas son más concretas. Quieren ser satisfechas de forma más inmediata. Corro el riesgo de amar con la expectativa de que el otro cambie. Puede satisfacer mi expectativa si de verdad cambia. Pero también puede defraudarme.

El amor que vive de expectativas acaba defraudándose siempre. Porque la realidad no se corresponde con lo que yo espero. Amar de forma madura supone amar desde la gratuidad, no desde la expectativa.

Leía el otro día: “La persona no se ve engañada por las expectativas que alimenta con respecto a los demás, y ello permite acoger a la persona también su huidizo e imprevisible misterio y encontrarse con ella en la gratuidad”[2].

Un amor lleno de esperanza en el que no haya expectativas poco realistas. Es el peligro de las expectativas, pueden ser poco realistas. Espero que me amen como yo amo. Que me lo demuestren de la misma manera.

La esperanza me llena de luz. No me produce ansiedad mientras aguardo su realización. Justamente la esperanza como virtud ensancha mi corazón y amplía los horizontes de mi mirada.

Las expectativas, por su parte, son más reducidas, me estrechan, me vuelven exigente. No me ensanchan el alma. Más bien pueden hacerme mezquino y demandante de cariño.

Quiero que se cumplan todas las expectativas concretas que tengo. Pocas veces los demás se adaptan a mis expectativas. Algo les falta. En algo me fallan.

Pero la esperanza como virtud me hace creer en el bien oculto de las personas detrás del mal que hacen. En la bondad detrás de sus gestos de furia. En la belleza en medio de la fealdad de sus obras.

La esperanza no se frustra tan fácilmente porque no se deja hundir al no cumplirse las expectativas que esperaba se realizaran en un corto plazo.

Por eso me gusta el Adviento. Porque me hace dejar de lado mis expectativas a veces inmaduras y enfermizas. Y me hace cambiarlas por una esperanza que me habla de imposibles.

El problema de la expectativa es que depende del comportamiento de los demás que no controlo.

Hay personas que viven esperando el fallo del otro en el amor. No cumple la expectativa que tienen.

Un alma con más esperanzas y menos expectativas es un alma sana que no vive centrada en su egoísmo y en la satisfacción de sus deseos.

Es un alma que madura a fuego lento. Que no tiene prisa en que se cumplan las promesas. Que sabe que la vida crece despacio. Y la vida verdadera es para siempre, es eterna.

¿Qué abunda más en mi alma? Quiero enumerar mis esperanzas. Las que me alegran el alma. Las que tiñen de luz mi melancolía.

Y quiero también hacer mi lista de expectativas. ¿No es verdad que me crean ansiedad y reducen mi mirada? Me vuelven mezquino y crítico con la realidad que me toca vivir.

Hoy le pido a Jesús que me vuelva paciente. Es tan difícil acoger la esperanza cuando sólo deseo que todo lo que quiero suceda inmediatamente.

 

 

[1] H. Nouwen, El Sanador herido

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

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