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Venezuela: “2 policías nos robaron 60 dólares que habíamos reunido para comprar zapatos”

DOLLARS
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Algunas historias no tienen final feliz, en el marco de una crisis humanitaria sin matices. En medio, hay jovencitos que buscan futuro levantándose en silencio de muchas dificultades, abrazados a la esperanza que otorga Dios y su justicia divina.

Tenían una fortuna. Entre los dos juntaron 60 dólares comprando al menudeo billetes verdes con el acumulado de las propinas en moneda local. Tardaron dos meses en reunir el dinero que recibieron a cambio de empacar los alimentos en un supermercado y llevarlos hasta los vehículos de sus dueños, en un conocido centro comercial del este de Caracas.

Se lo contó a Aleteia un jovencito de apenas 17 años de edad, cuando recibía lo que parecía una generosa propina por la agotadora labor de llenar y cargar las bolsas, en un trabajo de 14 horas diarias donde no reciben bonos ni beneficios salariales de ningún tipo.

Omitimos su identidad y los detalles de su labor, que sin embargo agradece a Dios, porque ejerce una labor por medio de la cual obtiene más del salario mínimo en la dramáticamente empobrecida Venezuela de Nicolás Maduro.

Con voz entrecortada contó que había logrado hacer algunas amistades con personas que son clientes frecuentes del supermercado. “Ellos saben que uno está estudiando y que esto para todos es muy difícil. Por eso, me dejan muy buena propina”.

“¡Con hambre, es difícil!”

Estudia tercer año de bachillerato. Aunque ya debería haberse graduado, “estudiar con hambre es difícil”, y decidió probar suerte en la vecina Colombia. Pero allá también pasó necesidad y muy pronto regresó a casa, donde su abuela al menos le puede garantizar la comida diaria con el pago de una pensión y la ayuda de un pariente.

Habla con madurez y pausa. Frunce el ceño y toma una bocanada de aire para empujar por una pequeña colina de 80 metros, el carrito lleno de alimentos que nos llevará al edificio, donde podrá obtener su propina.

¿Cómo es eso de que te quitaron unos dólares? ¿Cómo los reuniste?

“Si, señor. Aquí hay mucha gente que no nos da nada por envolver, pero hay gente que lo ve a uno todas las semanas y también observa cuando uno viene con su camisa azul (de uniforme escolar) debajo…”

“La gente sabe. Hay un señor que viene seguido. No sé en qué trabaja pero siempre me da entre 2 a 3 dólares. O me deja un producto: 1kg de arroz o de harina, que es ¡tan difícil a veces de conseguir!… Mucha gente lo ayuda a uno. ¡Es una bendición!”

“Y con lo que uno recibe en bolívares, se compran dólares en el Centro. No es difícil pero hay que tener cuidado, porque a uno lo roban. Por eso me puse de acuerdo con un compañero y nos pusimos a cambiar y reunir”. 

 

Estrenos para Navidad

“La meta eran los zapatos. Porque uno en diciembre, cuando llega Navidad, siempre quiere tener sus estrenos, algo nuevo. Como cuando había el regalo del Niño Jesús, pero eso no existe porque mi abuela imposible que tenga dinero para eso… Y yo lo que quería eran unos zapatos, porque estos que tengo están ya rotos…”

“Cuando fui a verlos con mi compañero estaban carísimos. Por más que intentaba reunir, acababa gastando el dinero en otra cosa, porque subían muy rápido de precio. Entonces, pensamos en los dólares, pues ¡todo el mundo hace así!”.

“Lo cierto es que yo logré juntar 50 dólares en poco más de dos meses. Mi compañero reunió 10, así que teníamos 60 entre los dos. Obviamente, con eso sí nos alcanzaría, y nos quedaría algo de dinero…”

“Pero los zapatos no los venden en el centro, sino hacia el este, así que como libramos el lunes y salimos para allá. No nos arreglamos, íbamos con la ropa de siempre, porque la idea era ver y comprar los zapatos y mirar los precios de la ropa”.

“Tomamos la buseta desde Petare hacia el este y llegamos. Estábamos asustados, pero nos ganó la emoción de saber que cargábamos suficiente dinero para comprar las cosas. Y como esos billetes no son tantos, uno los tiene en la cartera sin miedo a que se los quiten”.

“Dijeron que éramos ladrones”

“Estábamos ya por la zona cuando nos agarraron unos policías y comenzaron a preguntarnos por qué estábamos en ese lugar. Les dijimos que íbamos a comprar zapatos, pero nos reclamaron la razón de que estuviéramos tan lejos de donde vivimos”.

“Nos revisaron todo, incluida la cartera. Cuando uno de los policías vio los dólares en ella, se asombró mucho. Llamó a su compañero y le contó. Comenzaron a tratarnos mal. Dijeron que lo habíamos robado”.

“Yo le conté que soy estudiante y que trabajo como empacador. No le importó. Afirmó que teníamos antecedentes penales: hablaron por radio e indicaron que nosotros éramos ladrones, que robábamos y que ‘teníamos muertos encima’. Yo estaba cada vez más asustado”.

“Nos tuvieron desde la mañana hasta media tarde. Se fue haciendo de noche y nos decían que estaríamos presos por ladrones. Insistíamos en que no habíamos hecho nada malo. Tomé algo de valor y se me ocurrió contar que le diría lo ocurrido a mi tío, quien es policía”.

“Fue mucho peor. Me llamó ‘sapo’ y me amenazó. Dijo que yo no sabía con quién me estaba metiendo. Me dieron ganas de llorar. Ya no me interesaban los zapatos, ni el dinero, ni nada; yo sólo quería irme a casa”.

“Preguntó entonces cómo lo íbamos a arreglar. Le dije: quédate con los dólares y déjame ir. Y entonces acabó todo. Nos devolvieron las carteras sin el dinero y nos amenazaron diciendo que no nos querían ver de nuevo por allí”.

Mucho más que dinero…

El viaje con el carrito de los alimentos se hizo corto en medio de la historia, que en momentos le costó narrar al muchacho. “Ellos no me arrancaron el dinero, pero fue peor que eso… Aún tengo ganas de llorar”, dijo.

De camino al apartamento hablamos de Dios y de cómo Él hace justicia. Hablamos de Jesús, quien también fue injustamente acusado… Nos dio las gracias por escucharle. Dijo sentirse aliviado, tras insistir: señor, yo no soy ladrón. Esta vez se aguaron sus ojos y volvió a dar las gracias.

Le dije que Dios lo sabe… Él sabe todo. Hablamos de los amigos que le ayudan con sus propinas por el trabajo diario, y recobramos el optimismo con la ilusión de saber que pronto tendrá dinero de nuevo para poder comprar sus zapatos… “Aunque quizá no lleguen para Navidad”.

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