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¿Conviene que la pareja sea parecida o distinta a uno?

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Viacheslav Nikolaenko - Shutterstock
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Las diferencias nos atraen, pero complican la convivencia cuando no se las entiende, acepta y respeta.

Es probable que uno se enamore de una persona con temperamento o personalidad diferente. Así como los sexos opuestos se atraen, también lo hacen las maneras diversas de ser persona, y esto tiene un sentido: el mutuo enriquecimiento personal a través de la diversidad.

Por ejemplo, es bastante frecuente ver parejas de novios en la que uno es “primario” (que tiene un ritmo de reacción, pensamiento y decisión rápido) y el otro “secundario” (que tiene ritmos de reacción, pensamiento y decisión lentos).

También puede ocurrir que un miembro de la pareja sea “emotivo” (alterable, irritable) y el otro “no emotivo” (afectivamente más estable), o uno “no activo” (tendiente a actuar hacia adentro o a la reflexión y la contemplación) y el otro “activo” (tendiente a actuar hacia fuera de su persona, o sea un hacedor o ejecutivo).

Ningún rasgo caracterológico, o su mezcla que son los temperamentos, no es en sí bueno o malo. Cada uno es más conveniente para algunas cosas y menos conveniente para otras. La persona emotiva aporta energía, vitalidad; la persona no emotiva, estabilidad; la persona activa, decisión en la coyuntura diaria; la persona no activa, reflexión, previsión, proyectos.

Lo importante es coincidir en ciertos valores y comprender las diferencias entre ambos. 

Un valor clave en el que necesariamente debe existir coincidencia es la prioridad que la pareja le da a su relación, sea en el noviazgo o en el matrimonio, con respecto a otras realidades de la vida de cada uno como el trabajo profesional, la familia de origen, los amigos, el deporte, el dinero, etc.

Es positivo compartir valores morales, religiosos y culturales, pero en el caso de que no existan coincidencias de estos valores, es importante que al menos exista el entendimiento en las diferencias. 

Más allá de las diferencias que existen como hombres y mujeres no se trata de pretender que el otro funcione como uno, sino conocerlo y enriquecerse de la diversidad y el aporte personal de cada uno. Es fundamental comprender la manera en que el otro vive el afecto, razona, se comporta sexualmente y cómo se siente querido. 

La cuestión no está en las diferencias de personalidades -que en sí mismas son buenas- sino en cómo cada uno conoce, acepta y respeta esas diferencias. Como decía el escritor inglés Chesterton, las diferencias que nos atraen después complican la convivencia, cuando no se las entiende, acepta y respeta.

Por eso, en toda relación es muy importante dar respuesta a los cómo: cómo llevarnos de acuerdo a nuestros temperamentos y rasgos caracterológicos, cómo manejar los desacuerdos, cómo enfrentar los conflictos para que no desgasten la relación o poder generar oportunidades de mejora a partir de ellos.

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