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Papa Francisco: La Cruz nos enseña a no tener miedo a las derrotas

CHINA CATHOLIC
GREG BAKER / AFP
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Homilía hoy en Casa Santa Marta

La cruz de Jesús nos enseña que en la vida existen el fracaso y la victoria, y a no temer los “malos momentos”, que pueden ser iluminados precisamente por la cruz, signo de la victoria de Dios sobre el mal. Un mal, Satanás, que está destruido y encadenado, pero que “ladra aún”, y si te acercas a acariciarlo “te destruirá”. Así lo dijo el Papa Francisco en la homilía de la Misa celebrada esta mañana en Casa Santa Marta, en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

La derrota de Jesús ilumina nuestros momentos malos

Contemplar la cruz, signo del cristiano, explica el Papa, no es para nosotros solo contemplar un signo de derrota, sino también un signo de victoria. En la cruz fracasa “todo lo que Jesús había hecho en la vida”, y termina toda la esperanza de la gente que seguía a Jesús.

No tengamos miedo de contemplar la cruz como un momento de derrota, de fracaso. Pablo, cuando hace la reflexión sobre el misterio de Jesucristo, nos dice cosas fuertes, nos dice que Jesús se despojó a sí mismo, se anuló a sí mismo, se hizo pecado hasta el final, asumió todo nuestro pecado, todo el pecado del mundo: era un “trapo”, un condenado. Pablo no tenía miedo de hacer ver esta derrota, y también esto puede iluminar un poco nuestros malos momentos, nuestros momentos de derrota, pero también la cruz es un signo de victoria para nosotros los cristianos.

El Viernes santo, la “gran trampa” para Satanás

El Libro de los Números, en la primera lectura, narra el momento del Éxodo en el que el pueblo judío que murmuraba “fue castigado por las serpientes”. Y esto recuerda a la serpiente antigua, Satanás, el Gran Acusador, recuerda Francisco. Pero la serpiente que provocaba la muerte, dice el Señor a Moisés, será elevado y dará la salvación. Y esta, comenta el Pontífice, “es una profecía”. De hecho “Jesús hecho pecado venció al autor del pecado, venció a la serpiente”. Satanás estaba feliz el Viernes santo, subraya el Papa, “tan feliz que no se dio cuenta” de la gran trampa “de la historia en la que iba a caer”.

Como dicen los Padres de la Iglesia, Satanás “vio a Jesús tan deshecho, destrozado, y como el pez hambriento que va al señuelo atado al anzuelo, fue y se tragó a Jesús”. “Pero en ese momento se tragó también la divinidad, que era el verdadero anzuelo”. “En ese momento – comenta el Papa Francisco – Satanás fue destruido para siempre. No tiene fuerza. La cruz, en ese momento, se convirtió en signo de victoria”.

La serpiente antigua está encadenada, pero no debes acercarte 

“Nuestra victoria es la cruz de Jesús, victoria ante nuestro enemigo, a la gran serpiente antigua, al Gran Acusador”. En la cruz, subraya el Pontífice “hemos sido salvados, en ese recorrido que Jesús quiso hacer hasta lo más bajo, pero con la fuerza de la divinidad”.

Jesús dice a Nicodemo: “Cuando sea elevado, atraeré a todos hacia mí”. Jesús elevado y Satanás destruido. La cruz de Jesús debe ser para nosotros la atracción: mirarla, porque es la fuerza para seguir adelante. Y la serpiente antigua destruída aún muerde, aún amenaza, pero, como decían los padres de la Iglesia, es un perro encadenado: no te acerques y no te morderá; pero si quieres acariciarlo porque la fascinación te lleva allí, como si fuese un perrito, prepárate: te destruirá.

Ante el crucifijo, signo de derrota y de victoria

Nuestra vida continua, aclara el Papa, con Cristo vencedor y resucitado, que nos manda el Espíritu Spirito Santo, pero también con ese perro encadenado, “al que no debo acercarme porque me morderá”.

La cruz nos enseña esto, que en la vida hay fracaso y hay victoria. Debemos ser capaces de tolerar las derrotas, de llevar con paciencia las derrotas, también de nuestros pecados porque Él ha pagado por nosotros. Tolerar en Él pero nunca dejarse seducir por este perro encadenado. Hoy será bonito si en casa, tranquilos, tomamos 5, 10, 15 minutos ante el crucifijo, el que tenemos en casa o el del rosario: mirarlo, es nuestro signo de derrota, que provoca persecuciones, que nos destruyen, y es también nuestro signo de victoria porque Dios ha vencido allí.

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