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Esto es lo que realmente nos define en la vida

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La calidad de nuestros amores en el matrimonio, la familia, con nuestros parientes, amigos y prójimos es en definitiva nuestro más fiel retrato, pues fuimos hechos por amor y para el amor. Tal y como lo vemos en esta bella historia. 

Mi abuela me recibió con esa característica sonrisa tan suya, sin despegar los labios y de oreja a oreja. Le llevaba de sorpresa el retrato enmarcado de un joven apuesto.

Era una vieja fotografía en blanco y negro de mi abuelo en su primera juventud que ahora aparecía restaurada, como si fuera reciente, con la nitidez y el color que hace posible la nueva tecnología.  

“¡Vaya sorpresa!”, me dijo conmovida mientras me besaba y abrazaba. Era su forma de darme las gracias, pero esta vez el abrazo fue más intenso. “¡Qué guapo era mi abuelo ¿verdad? Es su más fiel retrato”, le dije convencida.

En la calidez de su sala me contó una historia de adultos, cuyos trazos hilvanaba con amorosas miradas al retrato. 

Cuando nos conocimos sentí tantas mariposas en el estómago y tan dulces ensoñaciones que me hicieron desear intensamente que correspondieran realmente con la bondad y verdad que presentí encontrar en tu abuelo. Y, claro, -me dijo guiñando un ojo pícaramente- el amor tiene algo de ciego, por lo que después de un formal noviazgo nos casamos muy enamorados.     

Pero esa atracción se había basado en lo que no era su verdad completa, y estoy segura que a él le pasó lo mismo en cuanto a mí. Él resultó ser muy noble y profundamente inteligente, pero también impulsivo, pasional, “de arrebatos”, tal que me lo podía imaginar como un potro salvaje al que para domarlo se requerían dotes de amazona de los que yo carecía en absoluto.

Yo en cambio, entre la ensoñación y  la pasividad, seguía esperando un amor que pudiera contemplar con mi entendimiento y sentir con mis sentimientos, pero encarnado en un príncipe azul y no en un brioso corcel que daba coces.

Tales diferencias me dolían más cuando después de la intimidad, el solía inmediatamente dormirse, mientras que yo permanecía despierta y con la frustración de que no hubiéramos compartido e interiorizado esos momentos para unirnos más afectiva y espiritualmente.

En lo que sí coincidíamos era en que, a la hora del conflicto, ambos sacábamos a relucir un fuerte temperamento que iba subiendo de tono, lo que nos hizo pensar que el amor real, bueno y verdadero, no lo lograríamos, cuando realmente lo teníamos en nuestras manos.

Sucedió cuando nació nuestro primer hijo. Lo observamos minuciosamente en cada uno de sus rasgos descubriéndonos sobrecogidos ante el abismo de la persona de ese nuevo ser, de tal forma que sentimos la experiencia inmediata de haber participado en algo que nos rebasaba, introduciéndonos en el misterio de un don divino. Un don por el que nuestro amor y completa humanidad se manifestaban plenamente en la persona concreta de nuestro hijo.

“Te das cuenta que en este hijo somos tú y yo convertidos en una sola carne“, dijo de pronto mi esposo sin despegar su mirada del recién nacido. Le contesté: “Es así porque tú y yo también lo somos aunque para ello aun nos falta reconocer y practicar una forma de ser de los dos como la única nuestra”, le afirmé tomando su mano. 

“Sí, lo comprendo”, me dijo con gravedad pero yo le repliqué: “No, no se trata solo de entenderlo con la cabeza, como quien comprende lo que es una puesta de sol. Sino de comprenderlo desde nuestro interior para vivir implicados personalmente en toda la verdad de nuestra sexualidad, sentimientos, psicología y espiritualidad, reconociendo que en todas nuestras diferencias hay una razón de bondad para unirnos cada día más.  Y hasta ahora no hemos aprendido lo suficiente”. 

A partir de entonces se obró el milagro de que mi esposo. Con mucho esfuerzo y a trompicones, se venció en sus defectos para volverse poco a poco más delicado y comprensivo, dando muchas veces verdaderas pruebas de abnegación y sacrificio gustoso. También yo fui capaz de reconocer que tenía que asumir con más realismo un compromiso más activo para ayudarnos a mejorar juntos.

Como en toda historia de amor tarde o temprano aparece la cruz, después de un segundo hijo fui diagnosticada con un cáncer que superé tras años de lucha, quedando estéril, desfigurada y muy incapacitada. Sin embargo, ni en lo más difícil de la prueba sentí decaer el amor de tu abuelo, sino que creció en intensidad.

Había aprendido a implicarse en toda la realidad de su ser poniéndolo  al servicio de su voluntad amorosa, y cuando murió, tuve la certeza de que mientras yo viviera, seguirá más vivo que nunca en mi corazón.

Me despedí de mi abuela convencida de que la calidad de nuestros amores en el matrimonio, la familia, con nuestros parientes, amigos y prójimos es en definitiva nuestro más fiel retrato, pues fuimos hechos por amor y para el amor.

 

Consúltanos: consultorio@aleteia.org  

 

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