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¿Cómo podría “tocar” a Dios?

YOUNG MAN,OCEAN,SUN
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Necesito ver a Dios presente en mi día a día para que mi vida merezca la pena y tenga sentido

Creo que está Dios más cerca de mí de lo que muchas veces siento. Y entonces escucho hoy:  ¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahveh nuestro Dios siempre que lo invocamos?.

Es cierto que mi Dios es ese Dios cercano que camina conmigo. Va a mi lado y yo lo invoco. Pero con frecuencia no siento sus pasos. No lo veo. No lo escucho.

Una persona exclamaba: ¡Qué bonito es sentir a Jesús tan cerca!. Es lo que siempre desea el corazón. Tocar a Jesús. Verlo de cerca. Sentir su presencia acompañando mis pasos. Ver que camina conmigo en medio de la vida. Ver que lo invoco y responde.

Necesito ver a Dios presente en mi día a día para que mi vida merezca la pena y tenga sentido. Mi misión es esa. Tocarlo para dejarlo tocar. Verlo para que otros lo vean. Notar su presencia para hacerlo yo presente sin saber muy bien cómo.

Decía el P. Kentenich: Estamos aquí para hacer presente a Cristo. Y no hablar con entusiasmo de ello sólo con la boca. Cristo tiene que hacerse presente en mí.

Sólo puedo mostrar a quien he visto. Hablar de aquel que me ha hablado. Contagiar el entusiasmo de quien me ha contagiado de un fuego y una pasión que antes desconocía.

Se quiebra la voz al hablar de aquel a quien amo. Siempre es así. Porque lo he visto, porque lo he tocado. Porque he notado su mano salvadora en medio de las ruinas de mi propia vida. Porque en medio del silencio del camino oí su voz cerca de mí diciéndome al oído que me quería.

Una oración del Cardenal Newman dice así: Dios respeta tu modo de ser, seas tú como fueres. Te llama por tu nombre. Te ve y te comprende. Sabe lo que sucede dentro de ti, conoce todos tus sentimientos y pensamientos, tus inclinaciones, tu fuerza y tus flaquezas. Te ve en días de alegría y en días de dolor; toma parte en tus esperanzas y en tus pruebas, participa de tus temores y recuerdos. Él ha contado los cabellos de tu cabeza; en abrazo te rodea y te acoge en sus brazos; te levanta y te sienta; observa tu rostro, si ríe o está anegado en lágrimas, si se muestra sano o enfermo; mira con ternura tus manos y tus pies; escucha tu voz; oye el latir de tu corazón y el respirar de tu pecho. Tú no te amas más de lo que te ama Él.

Pienso que así es el Dios de mi vida, de mi historia. El Dios que hace santos mis pasos aunque sean pobres y estén llenos de debilidad. Me levanta cada vez que caigo. Lo he tocado. He notado su presencia cerca de mí. Me conmueve ese Dios vivo a mi lado.

A menudo me hablan de su ausencia. Me dicen que no se escucha su voz y no se ven sus huellas. Y en ocasiones es así en mi propia vida. Su silencio me desconcierta. Por eso, en esos momentos tengo que hacer memoria. Recordar su paso por mis días. Sentir su amor que está lleno de misericordia.

¿Cómo voy a hacerle presente si no siento que está presente en mí? Está en mí no para justificar mis debilidades y librarme de mi culpa. Sino para darle sentido a mis pasos. Enderezar mi rumbo torcido. Alentarme cuando desfallezco. Ensanchar mi corazón herido. Darme de beber cuando tengo sed. Un Dios que se ha encarnado.

Hace poco me preguntaba alguien: ¿Cómo Dios va a escoger al hombre tan pequeño para hacerse de su carne? Me parece absurdo.

Le encontraba todo el sentido a sus dudas, a sus preguntas, a sus miedos. Un Dios todopoderoso que elige una época, un pueblo, para hacerse uno como yo en mi debilidad. Un hombre de rasgos judíos. Elige hacerse carne para que el hombre vea su rostro humano y escuche la voz que sale de su garganta. Parece increíble, imposible. Un Dios así deja de ser Dios al hacerse capaz de la vida y de la muerte.

Me duele pensar en ello. Muchos no lo ven y niegan que se le pueda ver. No lo oyen y desprecian su voz, como si no hablara. No ven sus manos actuando y pretenden decir que por eso no actúa. Y yo que sé que está presente callo a veces por no poder explicarlo.

Tal vez no tengo que explicar nada. Sólo vivir feliz en su presencia. Contagiar su luz en mis ojos. Su fuego en mi voz. Ser su presencia en mi carne. En medio de mis días para los que están perdidos y sin esperanza.

çMirando a Jesús descubro mi vocación de sanador. Desde la herida que Jesús mismo cuida cada día. Desde la impotencia en la que no me siento capaz de nada de lo que hago. Hablo entonces de un Dios presente, cercano. El Dios más cercano al hombre que siente misericordia por su dolor.

Ese Dios es el Dios en el que creo. Un Dios que se hace carne de mi carne para mostrarme su amor. Para decirme que se abaja a la altura de mis ojos para que pueda verlo. Hablo de ese Dios enamorado que me ha enamorado. Me ha dado el fuego para ser portador de una esperanza definitiva, en medio de muchas esperanzas pobres y pequeñas.

¿Cómo cuido esa presencia misteriosa en medio de mi historia? ¿Cómo frecuento el silencio en el que me habla con palabras misteriosas? ¿Cómo intento percibir su presencia oculta en medio de paisajes que me rodean, en el acontecer de este mundo convulso y lleno de rabia? ¿Cómo logro comprender su voz cuando hay tantos ruidos a mi alrededor?

Quiero pensar en ese Dios presente, amigo, que me ama mucho más de lo que yo pueda amarle. Quiero abajarme para encontrarlo vivo y amante en todo lo que me pasa, en todas las personas con las que me cruzo, en todos los lugares que recorren mis pasos.

 

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