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¿Son verdad las acusaciones de monseñor Viganò contra el papa Francisco?

© Sabrina Fusco / ALETEIA
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Nuevas revelaciones permiten comprender mejor la crisis que vive la Iglesia

La carta del arzobispo Carlo Maria Viganò, antiguo nuncio apostólico en los Estados Unidos, publicada entre el 25 y 26 de agosto, con la que pide la renuncia del Papa Francisco, ha sido una bomba para los católicos del mundo.

Miles de artículos, publicados en los días sucesivos, han servido para arrojar confusión, pero también para añadir datos nuevos, incluso auténticas revelaciones, que ayudan a comprender mejor el valor de la misiva.

Ofrecemos a continuación algunas conclusiones que en el momento actual es posible sacar a la luz de las informaciones publicadas y verificadas.

La presunta aprobación de Benedicto XVI, “fake news”

Periodistas y otras personas que antes de la publicación estaban en contacto con el arzobispo Viganò han afirmado públicamente que la información de la carta había sido revisada y contaba con la aprobación, antes de su publicación, del Papa emérito Benedicto XVI (Cf. New York Times,  27 de agosto de 2018).

Estas informaciones han sido desmentidas por el secretario personal del papa Benedicto XVI, el arzobispo Georg Gänswein: “La afirmación, según la cual, el Papa emérito había confirmado esas declaraciones carece de fundamento. ¡Noticias falsas!”.

En declaraciones al periódico alemán Die Tagespost, el prelado alemán aclara: “El papa Benedicto no ha hecho comentarios sobre el ‘memorándum’ del arzobispo Viganò y no los hará”.

Preguntas que quedan por responder

Monseñor Viganò pide la renuncia del papa Francisco porque no respetó las supuestas “sanciones canónicas”, que en privado habría emitido el papa Benedicto XVI contra el antiguo cardenal Theodore McCarrick, de 88 años, que en estos momentos es acusado de abusos sexuales acaecidos en el pasado.

En su misiva, Viganò afirma que esas sanciones, por las que el papa Benedicto pedía a McCarrick retirarse en una vida de oración y penitencia, le fueron comunicadas oralmente a él mismo, en noviembre de 2011, por el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, en el contexto de su nueva misión como nuncio apostólico en Washington.

Surge entonces una pregunta central: ¿Cómo es posible interpretar la participación de monseñor Viganò en un homenaje público al antiguo cardenal McCarrick, el 2 de mayo de 2012, en el Pierre Hotel de Manhattan?

Según recogió entonces Catholic New York, periódico de esa arquidiócesis, monseñor Viganó participó en la entrega al entonces cardenal McCarrick de la medalla con las llaves de San Pedro, que constituye el símbolo del Papa.

El acto estaba organizado por las Obras Misionales Pontificias que, como su nombre indica, dependen del Sumo Pontífice.

En este Tweet, por ejemplo, puede verse una foto de la ceremonia: 

Hasta ahora, nadie ha confirmado que el papa Benedicto XVI emitiera esas sanciones en privado contra McCarrick.

El directo interesado en la  aplicación de estas disposiciones, su sucesor en la arquidiócesis de la capital estadounidense, el cardenal Donald Wuerl, ha afirmado públicamente que desconoce su existencia, hecho confirmado por la archidiócesis.

El mismo papa Benedicto XVI parece que no pudo respetar sus disposiciones, en caso de que las hubiera emitido, pues como se ha documentado ampliamente por varios medios de información, participó en actos celebrativos públicos junto a McCarrick, posteriores a su supuesta decisión.  

A modo de ejemplo, en este video es posible ver el saludo fraternal, en el Vaticano, el 28 de febrero de 2013, por tanto, dos años después de las presuntas medidas ordenadas por él mismo contra McCarrick.

La carta del arzobispo Viganò pide la renuncia del Papa por no haber respetado esas presuntas sanciones contra el antiguo cardenal, sanciones que él mismo desafió con un homenaje público pontificio y que -si se confirmaran como reales- no pudo respetar ni siquiera el mismo papa Benedicto XVI.

La misiva plantea una segunda pregunta a la que tendrá que responder monseñor Viganò. ¿Cómo es posible justificar la violación del secreto pontificio, que demuestra la carta, al que está obligado un nuncio apostólico?

Cuando el arzobispo Viganò se comprometió a representar al papa Benedicto XVI en los Estados Unidos, se asumió la responsabilidad de mantener el secreto pontificio, en particular sobre el nombramiento de obispos, como establece “Secreta continere”, la instrucción sobre el secreto pontificio emanada con la aprobación de Pablo VI en 1974.

El documento en latín especifica que el secreto pontificio, en estos cargos, debe ser mantenido “dado que se trata de la esfera pública, que afecta al bien de toda la comunidad religiosa”.

Por tanto no se trata de algo que pueda violarse “según el dictado de la propia conciencia”, como parece justificar Viganò con esta publicación.

Se trata del acto de infidelidad más grave que puede cometer un nuncio apostólico en su servicio al Papa.

Ya en el pasado monseñor Viganó había violado el secreto pontificio en sus filtraciones en el caso de Vatileaks.

Es importante aclarar que en este caso el secreto pontificio no tiene nada que ver con el secretismo utilizado para ocultar los crímenes cometidos por sacerdotes.

Con esta pregunta en ningún momento nos permitimos juzgar la pureza de intención de monseñor Viganò.

Más clericalismo…

La publicación de la carta ha llevado a algunos obispos estadounidenses a adoptar dos posiciones: la de quien da crédito al arzobispo Viganò y la de quien ataca en bloque o en parte sus acusaciones.

En general, estas posiciones representan las dos tendencias más representativas en el episcopado de este país.

De este modo, se ha abierto una nueva diatriba entre sucesores de los apóstoles, en la que hay mucho de “política” eclesial entre dos bandos enfrentados.

La carta ha abierto una nueva polémica entre clérigos (clericalismo) que no ayuda a la reflexión objetiva y sincera sobre la búsqueda de las causas que han llevado a una crisis tan horrorosa.

¿Y las víctimas?

Del mismo modo, toda esta polémica ha puesto en segundo plano la obligación de la Iglesia de reparar el terrible daño cometido por clérigos contra las víctimas de los abusos.

Las víctimas deberían ser la prioridad en toda esta reflexión, tal y como ha declarado el cardenal Di Nardo al comprometerse a ir a ver al Papa y tomar medidas para atajar todavía más contundentemente este asunto.

El importante gesto de reparación que presidió el papa Francisco en la misa conclusiva de su visita a Irlanda quedó totalmente ofuscado por la publicación de la carta.

Dos periodistas italianos que han colaborado en la difusión de la misiva han explicado que la elección de esa fecha fue explícitamente acordada con Viganò.

Y en todas las polémicas de estos días las víctimas han dejado de estar en el centro: más bien, en las argumentaciones, parecen servir a los intereses de la política eclesiástica.

Más allá de las intenciones, esta es la imagen que la Iglesia está transmitiendo.

Necesidad de una investigación creíble sobre el caso McCarrick

Pero en toda esta polémica, hay una exigencia que une a todas las partes implicadas: la necesidad de realizar una investigación creíble que permita responder a una tremenda pregunta: ¿Cómo es posible que McCarrick, de quien hemos sabido recientemente que era conocido por su historial de abusos, hubiera podido ser nombrado arzobispo de Washington e incluso cardenal por Juan Pablo II?

No serán los testimonios personales, como el de Viganò, los que darán una respuesta creíble ante la Iglesia y el mundo.

Como ha explicado el presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de los Estados Unidos, el cardenal Daniel N. DiNardo (después de haber consultado a la Santa Sede), sólo una investigación independiente, de la que forme parte una comisión de laicos, podrá ser capaz de esclarecer la verdad y de devolver la credibilidad que hoy falta.

Sólo “la verdad os hará libres” (Juan 8:31-38). Este es el único camino, propuesto por Jesús, para superar ese enfermizo clericalismo y superar la crisis que afronta la Iglesia.

Y todos los creyentes, desde el Papa hasta los cardenales, pasando por obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, hasta llegar al último laico, en medio de esta sensación de hundimiento de su barca, que es la Iglesia, gritemos en oración, como lo hicieron los apóstoles de Jesús: “¡Sálvanos, Señor, que nos hundimos!” (Mateo, 24-26).

Quienes hayan leído el Evangelio, ya conocen la respuesta que dio el Maestro.

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