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Cómo dejar de odiar a quien se amó

EMBRACE
Altanaka - Shutterstock
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En la vida siempre existe algo que es verdad y resplandece, sobre todo cuando admitimos que el dolor moral es bueno pues nos purifica de los propios errores y nos permite pedir perdón y perdonar.  Es lo que nos enseña esta historia de vida. 

Mi amiga divorciada, una persona nobilísima e inteligente, que bien sé que sufrió mucho en su matrimonio, me dijo en confidencia que había perdonado a su ex esposo, y que quizá le sería imposible olvidar su parte amable, algo contra lo que no pretendía luchar, pues no le causaba daño. 

Con profunda tristeza en mi interior, siendo también divorciada, reconocí que  igualmente no podía olvidar a quien fue mi esposo, pero por una razón radicalmente diferente… no podía dejar de odiarlo.

Lo culpaba de haber envenenado mi alma.

Nos habíamos hecho mucho daño, al final me sentí vencida ante la impotencia de no poder volver a ser lo que fuimos. El “que bueno es que existas” o “sin ti mi vida no tiene sentido”, fueron frases que murieron por su fría indiferencia y por  mi profundo resentimiento. 

Murieron porque pusimos demasiadas condiciones en las que ambos nos exigimos amor y respeto, sin que ninguno cediera en sus defectos, provocando una severa disfunción que terminó en un callejón con una salida que no supimos reconocer…  el mutuo perdón.

Conté mi historia a mi amiga esperando de ella conmiseración y aceptación de mis sentimientos…  mas no fue así exactamente. 

Sorprendida le escuché decir: “El odio es la ira de los débiles, un camino falso por el cual, lo único que se consigue es dañar aún más la propia autoestima”.

Luego con delicadeza y respeto, me sugirió seguir su ejemplo y aceptar ayuda profesional, pues la cosa no era para menos.

Me contó que al igual que yo, después de su fracaso matrimonial, también había quedado profundamente resentida contra todo y contra todos, de tal forma que la vida le parecía una farsa cuando por todas partes creía advertir en las demás personas, pasioncillas, intereses, engaños.

Sin embargo, en ocasiones sentía en su corazón que era el debilitamiento de su capacidad de amar y perdonar lo que atraía hacia ella denigrantes pasiones como el rencor, el aborrecimiento, el resentimiento, el desprecio… Estaba perdiendo lo más elevado de su condición de persona: la capacidad de ama.r

Hasta que finalmente pudo comprender que no todo es farsa, que siempre hay algo en las personas que es verdad y resplandece cuando el dolor del alma la purifica y le ayuda a pedir perdón y perdonar.

Pudo así ser capaz de admitir su parte responsable en cuanto a culpas y errores en el fracaso de su matrimonio. Y no con una enfermiza tristeza, sino con afán de mejorar a partir de la experiencia y crecer en autoestima.

Al despedirnos de esta larga y fraternal charla me recordó que debía aceptar su consejo. 

Y lo hice. 

Ya en consulta, fui muy clara. Era consciente acerca del “por qué” debía superar mis odios, más ignoraba el “cómo”.

Aquí lo más importante de lo aprendido:

Se trataba de mi respuesta personal: lo que más me estaba dañando, no eran las ofensas que me hicieron, sino mi propia reacción ante su recuerdo porque volvía a sentir el agravio como si acabara de suceder una y otra vez. Y más aún, incorporaba nuevas consideraciones, reales e imaginarias, que abrían más la herida y provocaban ese dolor malhumorado lleno de despecho e indignación del resentido. 

Debía aprender a sanar el pasado y aceptar tres profundas verdades:

  1. Las personas nos son absolutamente malas. Por más errores que cometan, mientras se viva, siempre se puede cambiar. Es posible rectificar el rumbo para ser mejor persona.
  2. No se puede desear ni esperar que eso no suceda, aun cuando se trate de alguien que nos hizo mucho daño.
  3. El mal que proviene de los demás, en realidad no nos quita nada de lo esencial para ser felices, pues nada ni nadie puede entrar en nuestro interior para quitarnos la libertad y la paz interior que nos da la fortaleza para seguir creciendo como personas.

Poco a poco fui comprendiendo que amé a mi ex esposo porque reconocí en él una bondad que me atrajo y en su momento me hizo feliz y, a pesar de mis pesares, muy seguramente debe seguir conservándola.

Por eso ahora, cada vez que en mi interior se enciende un mal sentimiento, ya tengo la capacidad de anularlo apelando el recuerdo de la parte noble de la relación.

He ido expulsando de esa forma el veneno de mi alma, esforzándome en perdonar y deseando que él pueda encontrar su camino, como yo el mío.

El perdón es un acto de la voluntad, por tanto, es posible tomar la decisión de perdonar, aunque el sentimiento sea adverso.

Ciertamente, hay que tratar de eliminar los sentimientos negativos que hayan quedado después de haber perdonado, por ejemplo, con recuerdos positivos o cambiando la herida en compasión y trasformando la ofensa en intercesión.

Por Orfa Astorga de Lira

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