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Dios, ¿para qué he nacido yo?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/07/18

Hay algo más importante que mis dones y fuerzas, que puedo aportar...

Creo en ese Dios que construye conmigo, porque necesita mis fuerzas, mis talentos, también mis discapacidades.

Necesita, mucho más que mis dones y fuerzas, mi sí pobre, vacío de egoísmo, alegre y sencillo. Necesita mi incapacidad de hacer las cosas bien. Mi discapacidad en el amor.

El director de la película Campeones, Javier Fresser, decía: “No me interesa ya trabajar con personas con capacidades. Las personas con discapacidad te lo agradecen todo. La mayor discapacidad que conozco es el ego”.

A Dios le interesa también mi discapacidad que me hace más humilde, más pobre y menesteroso. Mucho más que mis capacidades que acrecientan mi ego. Sólo necesita la pobreza de mi pecado. Es entonces cuando clamo ante Él porque lo necesito.

Sabe Dios que soy un discapacitado para el amor. No sé amar bien, y es lo que más me importa en esta vida. Viene a mí cada día para intentar cambiar mi corazón y hacerme más niño.

De los niños es el reino de los cielos. Y yo soy un adulto endurecido que pretende hacerlo todo a mi manera. Mi ego es muy fuerte.

Es cierto que no me siento capaz de cambiar el mundo. Y eso que me gustaría. A veces me desanimo por ello.

No me veo capaz para hacerlo todo bien y lograr amar a los hombres como Dios me ama a mí. Mis discapacidades son demasiadas. Tal vez es eso lo que me salva.

No es mi ego el que importa, ni mis logros, ni mis éxitos. He tocado mi debilidad con manos temblorosas. He vuelto humillado a Dios suplicando misericordia. Dios ha reconocido mi pobreza, la ha amado y me ha invitado de nuevo a seguir sus pasos.

No soy capaz de amar bien. Pero me da miedo caer en lo que decía el papa Francisco: Hay personas que se sienten capaces de un gran amor sólo porque tienen una gran necesidad de afecto, pero no saben luchar por la felicidad de los demás y viven encerrados en sus propios deseos[1].

Mi herida de amor me hace frágil. Endeble. Necesitado. Busco un amor infinito que calme mi alma sedienta.

Pero me doy cuenta de algo importante. No quiero ser un mendigo que vaya por la vida demandando afecto. Quiero aprender a amar sin buscarme. Sin ponerme en el centro y dejando que los demás sean el centro de mi vida. Así es más fácil vivir.

Pero a veces veo que me da miedo la vida. Me turbo y me da miedo actuar. ¿Tiene realmente Dios un plan para mí? ¿Quiere algo de mí, me necesita? ¿Qué espera de mi entrega?

Me da miedo fallarle y no estar a la altura. Hacer que desconfíe de mí a causa de mis fallos. No quiero ser sospechoso para Él, para los hombres.

Me dan miedo mis pecados y mis errores que me paralizan. No quiero desconfiar de su amor infinito que me levanta cada día.

A veces desconfío. Me gustaría saber siempre lo que me conviene hacer. Tener clara la decisión correcta. El plan perfecto para llegar a la meta. Estar seguro de todo y no dudar de mis pasos.

Hay personas así, ¡parecen tan seguras! Saben lo que conviene en cada caso. Tienen los principios claros.

No se debaten en una lucha eterna por descubrir la verdad. La han descubierto ya, eso me parece. No les tiembla el pulso. Siempre encuentran la palabra exacta. Lo definen todo correctamente. Saben con precisión dónde se encuentran ellos. Tienen bien definidas todas las teorías.

Me sorprende siempre. No me veo así.

El otro día leía: “La mayoría va conquistando una fe que es don, pero también es batalla. Y en momentos de incertidumbre, de cansancio o de rutina, puede brotar en el corazón del creyente la pregunta: ¿Dónde estás, Dios? ¿Por qué no nos lo pones más claro? ¿También Tú, Dios nuestro, nos has abandonado? No me paree que sea peor la situación de estar en una minoría con preguntas que la de pertenecer a una mayoría acomodada”[2].

Vivo en una tierra de preguntas y respuestas. De búsquedas y hallazgos. Creo más en esa fe que es camino.

Una persona me escribía hace poco desde su experiencia: “No queremos más sacerdotes que hablen desde el púlpito, inmaculados. Necesitamos pastores humanos que tratan de imitar a Jesús y que les cuesta igual o más que a cualquiera”.

Me impresiona pensar que no tengo todas las respuestas que el mundo me pide. Me gustaría discernir con claridad siempre todos sus deseos. Responder lo correcto. No lo logro.

Quisiera saber lo que es mejor para mí, para los que me rodean. Para este mundo enfermo de raíz. No tengo todas las respuestas. Y me falta paciencia para esperar los frutos. Quisiera saberlo todo ya. Saber si voy bien o estoy equivocado. Saber si acierto o me confundo.

Busco que otros me den respuestas más seguras para no tener yo que ahondar en mi alma. Pero las que tienen no me calman, no me dan la paz que busco.

Y sigo caminando en el claroscuro de la vida. Con una certeza sola: Jesús no me suelta la mano, va conmigo, me sostiene. Y me recuerda que me quiere mucho más de lo que yo alguna vez haya deseado.

[1] Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

[2] José María Rodríguez Olaizola, Bailar con la soledad

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