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Jesús es enviado a los que no creen. Jesús necesita que yo cambie y crea

Hoy escucho cómo Jesús va a Nazaret con sus discípulos. Pero allí los suyos no lo aceptan como es:

“En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: -¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas: ¿no viven con nosotros aquí? Y esto les resultaba escandaloso”.

Les resulta escandaloso que Jesús haga milagros, predique, se deje llamar maestro. Que lo sigan multitudes que esperan escuchar su voz y ser sanados.

Es escandaloso porque para ellos Jesús es sólo el hijo del carpintero. Es uno de ellos.

Jesús pasó desapercibido. Lo habían conocido de niño. Habían jugado con Él. Habían conocido a sus padres. Habían comido en su mesa. Se habían reído juntos.

Quizás Jesús y José habían hecho algún trabajo en su taller para alguno. Habían conocido a María, y sus ojos, y su manera de ser que es hogar.

Jesús en Nazaret era uno más. Con sus sueños, su vida sencilla, sus preguntas en el alma. Jesús oculto.

Sus manos de niño se hicieron de hombre trabajador en el taller de su padre, abrazando a su madre. Su vida cotidiana, llena de detalles pequeños de ternura, con las luchas normales.

A esos hombres de Nazaret les cuesta ver a Dios en lo cotidiano. En lo humano. Es imposible que ese hombre, Jesús, sea Dios. Imposible creer que sea un profeta.

En su alma habita el mundo entero pero nadie lo ve. Nadie lo cree. Es normal. No brilla. El misterio más increíble de Dios es estar entre los hombres. Haberse encarnado.

Jesús creció como yo. Con sueños, con ilusión por abrirse al mundo, con preguntas sobre sí mismo y su misión. Con el amor incondicional de sus padres.

Dudan de él porque es uno más. La cercanía hace que deje de ver más allá de la carne conocida.

Hoy me impresiona que Jesús no haga milagros. Se aleja porque les falta fe: “Jesús les decía: – No desprecian a un profeta mas que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando”.

Jesús se asombra de su poca fe. En Nazaret no creen en Él. Es normal. Lo conocen. Saben de dónde viene. No se dejan sorprender. No se abren a lo nuevo.

Cada persona es en realidad una sorpresa. Nadie está sometido a mi prejuicio sobre él. Cada persona es mucho más. Es infinita porque es hijo de Dios.

Es más que lo que conozco. Más que mi forma de verlo. Más, infinitamente más, que mi pequeña medida. Más que mi idea sobre él.

Esto me pasa a mí. Y me impide descubrir el mundo escondido en su alma. Dejo de ver sus opciones de cambio, su nueva vida.

También me pasa con Dios. Él es más que mi idea sobre Él, es más que lo que hasta ahora he vivido con Él. Más que mi propia experiencia y mi forma de mirarlo.

Siempre tengo miedo de encasillar a Dios en mi forma, en mi estilo. Jesús siempre me sorprende y me desborda. Con cosas sencillas, en medio de mi historia. En lo que me sucede, en lo que yo mismo vivo en mi corazón. En mis caminos nuevos y viejos.

Quiero tener el alma limpia para mirar de nuevo, para empezar de nuevo, para aprender algo nuevo de los demás. No me gusta esta frase tan repetida, a veces yo mismo la pienso: “Esto siempre se ha hecho así”. Mata la vida.

Es lo que les pasa a los hombres de Nazaret. No ven que Jesús sea el Mesías esperado. Dudan de Él porque es uno de los suyos.

No creen en la sorpresa. ¿Puede salir algo bueno de Nazaret? Sospechan. Dudan. No ven que sus palabras tengan vida eterna.

Creen que conocen a Jesús, que nada nuevo les puede aportar. Ya tienen además su forma de ver a Dios. Tienen su sinagoga, su fe.

No miran su necesidad interior, su temblor, sus miedos y deseos. No miran su sed porque creen saberlo todo de Dios, de Jesús, ese hombre que creció entre ellos. Dudan de Él los que lo conocen.

Sería para Jesús un gran dolor. Después de descubrir quién es, cuál es su misión, los suyos no le creen, ni confían en Él. Dudan.

Hace unos días escuchaba el evangelio del centurión romano que tenía un criado enfermo. Quería que Jesús lo curase y le bastaba con que dijera una palabra desde lejos.

Jesús se asombra en esa ocasión de la fe del centurión: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande”. Cree en su poder. Ve a Dios oculto en su carne.

Él no espera el reino de Dios. No es judío, es romano. Pero tiene una fe inmensa. Esa misma fe que le falta a los suyos. A los que han crecido en ese ambiente de fe esperando la llegada del Mesías.

Jesús es enviado a los que no creen. Jesús necesita que yo cambie y crea. Me gustaría pedirle a María el milagro de asombrarme de la vida, de abrir cada día el alma con sorpresa ante la novedad.

Una mirada limpia para descubrir en los demás la huella de Dios. Una mirada profunda para descubrir a Dios en mi vida cotidiana. En medio de mi trabajo y mi familia, de mi soledad y mi enfermedad, de mis vacaciones y mis deseos. Él viene cada día.

Hoy vuelvo a creer en el Dios escondido que camina conmigo. El Dios de mi historia que nunca me deja. Que me lleva en sus brazos cuando estoy cansado. Que me habla de mil cosas al oído. Que pasea por mis corrientes del alma, por mi jardín interior. En el día a día de mi vida.

Ahí está Él esperándome, siguiéndome, abrazándome, acompañándome. Y yo creo en Él.

Tags:
fe
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