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“Gracias a las hojas que ensucian la piscina, yo como venezolano tengo trabajo en Cali”

VENEZUELANS
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Su cifra aumenta por decenas de miles a diario afectando a un gran número de niños. Sus padres migran en busca de oportunidades. Aun en medio de situaciones difíciles, miran con gratitud y alegría la oportunidad de un trabajo honesto, con mejores opciones de vida

Pachanguero, luz de un nuevo cielo, de romántica luna, “adonde todos los caminos conducen”… Así la describen con sus voces los del grupo Niche en una movidísima salsa cargada de sabor tropical, al referirse a Cali, la ciudad de Colombia que se presume superior a Barranquilla, o París, la ciudad luz; pues, aunque Nueva York es capital del mundo, “del Cielo, Cali es la sucursal”.

No obstante, para muchos venezolanos que llegan en masa a la acogedora región colombiana, la bienvenida no es tan amena como fuera en el pasado reciente, quizá por el número tan alto de venezolanos y las actuales circunstancias que ya exportaron la crisis generada por Nicolás Maduro a los países vecinos.

“Aquí no vale mucho que seas profesional, porque percibes un salario mínimo igual. Y trabajas haciendo más que lo que fuiste inicialmente contratado”, se queja Fernando, quien desde hace ya un año vive en el corazón de sus montañas.

“Actualmente soy pintor, dice”. Aunque a renglón seguido bromea: también soy “maestro en construcción, porque bato cemento; hago las veces de electricista, porque cambio bombillos; y soy jardinero, porque elimino la maleza y el monte”.

Es ingeniero de profesión, pero su título –pese a que fue apostillado y tiene reválida- no le sirvió de mucho. Sin embargo, matiza que es uno de los afortunados, porque cuenta con un empleo fijo, al igual que su esposa. Gracias a ello disponen de dos salarios mínimos para mantener a su familia, que completa una hija, próxima a cumplir la mayoría de edad.

“Lo que sí es un fastidio es la piscina, porque hay un bendito árbol que todos los días deja caer un montón de hojas en el agua. Sin embargo, gracias a Dios por ese árbol y por todos esos detalles, pues tengo trabajo honesto”, señala en conversación con Aleteia.

“¡Estábamos pasando hambre!”

Ambos trabajan como conserjes en un cuidado diario para niños de estrato 6 (cuyos ingresos y pagos implican que se trata de un grupo de ricos). En esa región, “todo es bonito, pero también es caro”.

Sin embargo, celebran la seguridad: el poder salir a la calle sin la preocupación de un robo o de poner en riesgo la vida. Además, pueden costear los medicamentos que se consiguen sin ninguna complicaciones –y de todo tipo- en la nación cafetera.

Lo consideran una bendición. Como el hecho de tener acceso a alimentos, algo que resultaba literalmente imposible en su país de origen, de donde huyeron porque “estábamos pasando hambre”.

Actualmente ahorran, “con mucho sacrificio”, para poder continuar la educación de su hija, pues vienen de un país donde tal formación es gratuita. Y viven en una Colombia donde tal labor ha de ser remunerada.

Con unos 50 millones de habitantes, en Colombia ya se han registrado más de 203 mil personas durante el primer mes del Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos (RAMV), un censo iniciado el pasado 6 de abril y el cual se extenderá hasta el mes de junio, de acuerdo con fuentes oficiales. Del total (203.989), hay 48 mil 164 menores de edad, mientras que 17 mil 255 venezolanos pertenecen a grupos indígenas, o son gitanos o afrodescendientes.

Principal destino y puente

Colombia es el primer destino para los venezolanos en Sudamérica. Aunque buena parte de quienes ingresan a esa nación lo hacen para usarla como puente hacia otros destinos entre los que figuran principalmente Ecuador, Perú, Chile, Estados Unidos, Panamá, México, España, Argentina, Brasil y Costa Rica, según los informes oficiales de Migración Colombia, emitidos a finales de 2017.

Los principales motivos de ingreso a ese país es, de acuerdo con el reporte de los mismos venezolanos, para la compra de víveres, la visita familiar, el turismo en zona de frontera, actividades no remuneradas, realización de trabajas agrícolas e industriales, así como la compra de medicamentos y la atención médica. En promedio, ingresan diariamente a Colombia al menos 37 mil ciudadanos venezolanos, mientras que de salida es cercano a los 35 mil registros.

Según el Grupo de Estudios Institucionales Sobre Migración de Migración Colombia, desde mediados del año pasado en la frontera se presenta un incremento superior al 600% en el flujo de salida de ciudadanos venezolanos por el Puente Internacional de Rumichaca en Nariño, por donde pasaron poco más de 32 mil personas en 2016, pero más de 230 mil en 2017.

El Aeropuerto Internacional El Dorado en Bogotá es otra de las “vías de huida de la crisis”, donde se pasó de registrar 130 mil salidas en 2016 a  poco más de 175 mil, con un incremento del 109% en el flujo, con el ojo puesto en países como España, Argentina, Brasil y Costa Rica.

No obstante, a las autoridades colombianas –que ahora cuentan con ayuda internacional, principalmente de Estados Unidos- les preocupa la falta de regularización. Pues del total de más de 200 mil registrados, sólo 2.768 “están afiliados al sistema de salud”. Y de este grupo, el 29% (825) corresponde a menores de edad.

Los porcentajes son claros: del grupo, 52.549 venezolanos tienen un “empleo informal”, 46.888 son independientes, 34.935 están desempleados, 16.737 desarrollan labores de hogar; mientras que únicamente 2.144 tienen un empleo formal y 36.028 no reportan actividad. Sólo el 10% de los registrados tienen previsto regresar a Venezuela en el corto plazo.

No en vano enseñaba el Papa Pío XII “a cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia”.

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