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Cifuentes y el máster: ¿Cómo nos daña que los políticos falseen su curriculum?

CRISTINA CIFUENTES
Cristina Cifuentes-(CC BY 2.0)
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No es un asunto solo político: Se ha quebrado la confianza en una institución que debería premiar el esfuerzo, y no la posición de poder

En los mercados, lo normal es que existan diferencias de información entre comprador y vendedor sobre el producto o servicio que intercambian. George Akerloff, premio Nobel de Economía en el 2001, demostró que este problema de información daba lugar a un grado de ineficiencia de suma importancia pues, a diferencia de lo que se esperaría en una economía de mercado ideal, los malos productos acaban desplazando a los buenos.

Este vaticinio teórico ha tenido abundantes confirmaciones a lo largo de nuestra historia económica reciente. La crisis subprime, que azotó a las economías desarrolladas a partir del 2008, fue sobre todo un desplazamiento del activo saneado por activos tóxicos ante el desconocimiento de la naturaleza financiera de la composición de los productos financieros. La clave residió en que los ahorradores no tenían forma de conocer el riesgo real del activo en el que depositaban su confianza.

Al quebrar la confianza en las instituciones financieras, el sistema financiero arrastró al bancario que a su vez se acompañó de la crisis de la deuda soberana de los países integrantes del euro. Todo dio lugar a una década de depresión económica. La confianza en las instituciones todavía se tiene que restaurar.

A finales del siglo pasado, la aparición del mal de las vacas locas sembró la desconfianza en el mercado de carne. El desconocimiento de si un paquete de carne pudiera estar afectado por esta enfermedad, provocó que los precios se desplomaran y por lo tanto aquella carne de calidad pero que no escapaba a la sospecha no pudiera encontrar mercado. Los buenos productores no podían dar señales suficientemente poderosas para distinguirse de los malos.  Se tuvieron que paralizar todas las ventas. Cuando se daña la confianza en una institución, en un espacio común, el desastre a toda la sociedad pagando justos por pecadores.

Algo similar sucede estos días con el mercado de la educación.  En España, la pugna política interna y externa de los partidos, a un año vista de las elecciones autonómicas, ha destapado el famoso máster falso de Cristina Cifuentes, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, emitido por la Universidad Rey Juan Carlos.

En educación, un máster implica un esfuerzo inversor por parte de los estudiantes de cara a mejorar no sólo su productividad sino la adquisición de una señal para que el mercado les valore. Más allá de que sea reprobable que los representantes políticos falseen su currículum vitae, obtengan titulaciones universitarias llovidas del cielo y sin el esfuerzo que le corresponde a cualquier hijo de vecino, más allá de todo esto, lo más grave es que este manoseo ejercido sobre instituciones universitarias tiene un grave coste. El de la desconfianza en la institución y en el bien común del sistema de titulación universitaria, que debe avalar el esfuerzo y no la posición de poder.

De igual manera que con las vacas locas y la crisis subprime, la institución nacional de titulación universitaria sufre una pérdida de credibilidad certera y dañina. Por lo tanto, para el bien de unos pocos alineados con el poder, acabamos pagando todos porque se resiente lo común.

Aunque desde el ámbito de lo político, muchos pretenden que el tema del Máster de Cifuentes quede como simple rifirrafe entre partidos. Pero si los títulos que avala la Administración Pública Española quedan afectados, los empleadores tendrán razonables dudas para contratar a quien venga de la Universidad Rey Juan Carlos y por extensión, a ojos de un extranjero, de toda España. Las titulaciones de baja calidad o directamente falsas, como falsa moneda, acabarán por desplazar a las de buena calidad. Y esto es un coste que vamos a tener que soportar todos los españoles, donde quienes más tenemos que perder somos los que hemos jugado limpio.

Tanto representantes políticos como autoridades universitarias deberían ser muy conscientes del daño que se provoca sobre todo el sistema universitario cada vez que se presiona o se cede al chantaje de un acta falsa, un título falso o un currículum maquillado. Una actitud así de mezquina y pícara vulnera siempre al más débil y, en consecuencia, es diametralmente opuesta al cristianismo.  Simples exculpaciones, disculpas y golpecitos en el pecho sin reparar el daño demuestran simple y pura hipocresía digna de sepulcros blanqueados.

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