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Roberto de Vicenzo: ¿El deportista más caballeroso de la historia?

ROBERTO DE VICENZO
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50 años de uno de los gestos de caballerosidad deportiva más importantes de la historia

Se dice que los latinoamericanos son poco apegados a las reglas, en muchos casos, con algo de razón. Pero un deportista argentino, emblema y estandarte del golf latinoamericano, fue protagonista hace 50 años de un gesto de caballerosidad deportiva inédito e imposible de concebir incluso a hoy en el deporte mundial.

Roberto De Vicenzo cumplía ese mismo día, 14 de abril de 1968, 45 años. Ya era un grande; el año anterior había ganado el British Open, su primer major, el primer torneo grande jamás ganado por un golfista de estas latitudes. Cientos de torneos y de victorias lo precedían. Pero ese día podía haber acrecentado más aún su condición de Maestro. Transcurría la última vuelta del Torneo de Augusta, probablemente junto con el British Open el torneo más codiciado por tradición e historia. El rendimiento venía óptimo, y ya se avistaba en el anteúltimo hoyo una victoria para el argentino, o un desempate. La chaqueta verde, reconocimiento acaso con más valor que el trofeo, se iba ganando un espacio en el armario del Maestro.

En ese hoyo, el 17, De Vicenzo empleó tres golpes. Lo vio él. Lo vieron todos los presentes. Lo vieron los que seguían el Masters desde televisión, que ya transmitía estos eventos. Pero su compañero de recorrida Tommy Aaron lo anotó mal. Consignó que el maestro usó cuatro golpes. De Vicenzo no notó el error, firmó el hoyo, y entregó la carta con los golpes con un golpe de más.

De Vicenzo era una persona muy querida y los oficiales se tomaron muy en serio el análisis de la situación. Incluso volvieron sobre las reglas del deporte, y las leyeron en voz alta: El competidor es responsable de la exactitud del score anotado para cada hoyo en su tarjeta. Si entrega un score menor en cualquier hoyo que el realmente empleado, está descalificado. Si entrega un score mayor en cualquier hoyo que el realmente empleado, el score entregado se mantiene.

Involuntariamente, De Vicenzo consignó que había empleado un golpe de más. El error evitó el desempate y coronó a Bob Goalby. Cuando lo advirtió, ya era tarde. Lagrimeó. En un diálogo grabado por la televisión, maravilloso testimonio de la caballerosidad deportiva, bajó la cabeza, sonrió, agradeció a los organizadores y simplemente se responsabilizó a si mismo por haber sido un “estúpido”. Pero admitió las reglas como eran. No pidió ni reclamó ninguna excepción, por más lógica que parecía. No gritó. No jugó con el público moviendo las manos de aquí para allá. No insultó a nadie.

Las autoridades lo querían, y los periodistas y asistentes hasta reclamaban un desempate. Pero el Maestro aclaraba, como aclaró desde entonces,: “Yo no acepté ser segundo, acepté el reglamento. Primero están las reglas, la posición es secundaria”.

Durante la entrega de premios, se le dedicó más tiempo a explicar la decisión y a exaltar la nobleza deportiva de De Vicenzo que al ganador Goalby. En aquel torneo, las felicitaciones fueron más efusivas para el segundo que para el primero. Goalby habrá sido el campeón, pero nunca antes la gloria se la había llevado el segundo. Con los años, De Vicenzo fue acumulando por todo el mundo muestras de cariño e incluso reconocimientos a su caballerosidad deportiva. Nunca pudo ganar Augusta, y de hecho en alguna ocasión hasta desistió de volver a competir en él porque la misma afición le insistía permanentemente que revise sus cartas

De Vicenzo murió el año pasado en Ranelagh, Gran Buenos Aires, su lugar en el mundo. El de este año es el primer Masters que puede ver desde el cielo.

 

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