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Santa María de todos: ¿Conoces esa advocación?

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¿Y qué la relaciona con las Olimpiadas?

Cada dos años, se me puede encontrar pegada a la televisión, obsesionada por completo con las Olimpiadas. Veo todos los eventos que puedo, me intrigan las historias personales de los atletas y comento como si no acabara de buscar en Google qué es el skeleton.

Es inevitable que, durante las dos semanas de cada cuatro años que me intereso por cosas como el halfpipe en snowboard, también me preocupe por los deportistas de nieve.

Cuando hablo sobre lo divertida que es Chloe Kim lo hago como si fuera una vieja amiga, aunque no haya escuchado su nombre hasta una semana antes. De alguna forma, empiezo a sentir amor hacia estos atletas.

Y no solamente por los atletas estadounidenses. Me llenó de orgullo que Yun Sung-Bin se convirtiera en la primera surcoreana que ganaba una medalla olímpica de Invierno en otra cosa que no fuera patinaje. También estoy contando los días que faltan para ver competir otra vez a la patinadora Evgenia Medvedeva.

Hay algo especial en las Olimpiadas que agranda nuestros corazones, que nos crea espacio para amar a personas —durante una semana— a las que nunca conoceremos.

Por supuesto, tengo un ojo de lince para lo católico. Cuando el japonés Yuzuru Hanyu se santiguaba al entrar en el hielo yo ya estaba comprobando su afiliación religiosa antes de que siquiera empezara a patinar.

Cuando supe que el ritual era solamente parte de su rutina para recordar “comprobar su eje” antes de un salto, no me sorprendió descubrir que Hanyu no es católico; después de todo, solo un 0’35% de los japoneses lo son.

Y aun así, en uno de los países menos católicos del mundo, hay una imagen de una Virgen japonesa, Nuestra Señora de Akita. Allí donde tan poco amor recibe, se ha acercado a sus hijos para recordarles que, como Reina del Cielo y de la Tierra, es también su reina, sean cristianos o no.

Japón, por supuesto, no es el único país donde María se ha aparecido a imagen de sus hijos. México participó con solamente cuatro atletas en estas Olimpiadas, pero puede presumir de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, cuando la Santa Madre dijo a Juan Diego —y a todos los pueblos indígenas de las Américas a través de él— “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”. No solo como madre de Jesús, no solo la madre del hombre blanco, sino como madre de todos.

Lo sepan o no los atletas chinos, Nuestra Señora de China se manifestó durante la Rebelión de los bóxers en 1900. En las pinturas, viste como una emperadora china, sosteniendo al Cristo niño chino.

Y aunque los dos atletas indios que compitieron en PyeongChang no sean católicos, sus 20 millones de compatriotas católicos veneran a Nuestra Señora de Vailankanni, una mujer con un sari dorado, como su madre y reina.

Naturalmente, hay apariciones de María en Francia, Italia y Portugal. Y también apariciones inglesas y alemanas. Vino incluso aquí a Wisconsin como Nuestra Señora del Buen Socorro.

Y muchos países sin una aparición mariana aprobada tienen igualmente devociones marianas propias, a menudo con milagros asociados.

La Madona irlandesa es una estatua que se encuentra, por improbable que parezca, en Hungría, con siglos de milagros que la preceden. Nuestra Señora de Kazán es venerada en Rusia desde hace siglos.

Hay decenas de títulos marianos en Latinoamérica. Y ¿quién puede olvidar el amor polaco de Nuestra Señora de Czestochowa?

Cuanto más ahonda uno en la madriguera de la devoción mariana, más empieza a ver un tema común: María es la madre de todos.

Ella lleva a su Hijo a todos los continentes, a personas de todas las razas, religiones y clases sociales. Cuando Jesús encomendó a su madre a su Amado Discípulo a los pies de la Cruz (Juan 19,26-27), la estaba entregando como madre a todas las personas que habrían de existir.

De modo que las pasadas Olimpiadas tuve una visión un poco diferente. Ni que decir tiene que sé que todas las personas están llamadas a ser santas, que Dios desea que se salven todas (1 Timoteo 2,4).

Y yo intento ver a todo el mundo de esa forma, como almas que Dios ama desesperadamente… incluso las que me bloquean el paso en la autopista o se chocan con mis patinadores velocistas favoritos.

Sin embargo, nunca se me pasó por la cabeza que María es la madre de todos estos atletas. Que si ella estuviera sentada junto a mí, se entusiasmaría tanto por la victoria de la noruega Marit Bjoergen que por la de un estadounidense Jessie Diggins. Que ella ama a todos y cada uno de estos atletas más incluso que yo amo a Maame Biney.

Esta fue mi lección de los Juegos Olímpicos: intentar amar a todos los atletas como hace María, Madre de Todos. Y después de dos semanas de entrenamiento en amor virtual, toca a aplicarlo a la vida real: amar como ama María.

Es un desafío de proporciones olímpicas, pero si estos juegos me enseñaron algo, es la convicción de que merece la pena luchar para alcanzar la gloria.

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