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Un huerto interior, ¿lo tienes?

GARDEN
Shutterstock-Alexander Raths
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Hay 4 niveles de oración parecidos a un huerto, según santa Teresa

Una de las reflexiones más bellas sobre interioridad y espiritualidad la aporta Teresa de Jesús: compara su experiencia de oración, en concreto los diferentes niveles de profundidad, con el trabajo en un huerto.

Con esta intuición, el historiador Josep Otón propone una interioridad habitada “por algo más que el yo mismo”. Una interioridad “abierta a la trascendencia”.

Su descripción arroja luz a los creyentes pero también al no creyente, al tratarse de una mirada sincera y lúcida sobre lo que nos es común en cuanto personas.

Josep Otón es doctor en Historia y profesor en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona, y ha escrito libros de Biblia, mística y también es autor de una novela, Laberintia, traducida al francés.

Editado por Sal Terrae, Interioridad y espiritualidad propone un camino para descubrir la interioridad y sus dimensiones y usa el ejemplo del “huerto interior”.

Para ello se sirve de santa Teresa quien dice que quien se inicia en la práctica de la oración ha de pensar que comienza a preparar un huerto donde se deleite el Señor.

Este huerto es peculiar. Está plantado en tierra árida, infructuosa, poblada de malas hierbas, que el propio Dios arranca para plantar semillas nuevas.

La Biblia está repleta de imágenes que remiten a un huerto.

Los profetas del Antiguo Testamento acuden a la imagen de un “jardín sin agua” para referirse a la situación de Israel que da la espalda a Dios.

Por ello, en las promesas de restauración se suele comparar la nueva relación entre Israel y Dios con un “huerto regado” (Is 58,11) o un “huerto empapado” (Jr 31, 12)

Resultan especialmente significativas las palabras de Isaías: convertirá “el desierto en Edén y la estepa en Paraíso del Señor” (Is 51, 3).

Los relatos de los orígenes describen la salida del Paraíso, el jardín del Edén regado por cuatro ríos (Gn 2, 10).

En cambio la experiencia espiritual proclamada por los profetas parece indicar la subversión de este proceso, esto es, del desierto al huerto regado, de la esterilidad a la vida.

En el Cantar de los Cantares, el novio se refiere a la novia como un “huerto cerrado” (Cant 4, 12), y esta responde: “Entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos” (Cant 4, 16).

Santa Teresa recurre a una imagen que apela tanto a la experiencia inmediata de los castellanos del siglo XVI, acostumbrados a la sequedad de los campos y a la fecundidad de los huertos, como a la profundidad teológica del discurso bíblico.

El huerto y el jardín evocan la cercanía de Dios: el agua es símbolo de la vida y de la fecundidad, y la sequedad equivale a la esterilidad.

El huerto ya existe

La santa castellana señala que “el huerto ya existe”, y que con la ayuda de Dios se debe procurar, como buen hortelano, que “crezcan las plantas”.

Otón expone que “la imagen del huerto de santa Teresa resulta muy sugerente para reflexionar sobre interioridad y espiritualidad”.

“Podemos considerar la tierra como una imagen de la propia interioridad, un terreno que puede resultar fértil o infecundo, pero que por sí solo poco puede producir”, añade.

Necesita la aportación externa, las semillas y el agua, que nos remiten a la espiritualidad. El trabajo del hortelano, el individuo, es cultivar el huerto.

Un huerto, recuerda santa Teresa, necesita ser regado. Hay varias formas de regar, de más fáciles a complejas. La primera forma de regar el huerto consiste en sacar el agua del pozo. Supone un gran esfuerzo por parte del hortelano o del que reza.

La segunda implica el uso de una noria: se extrae mayor cantidad de agua con menor esfuerzo.

La tercera aprovecha el agua de un río o arroyo, el huerto queda anegado y ya no hace falta regarlo tanto.

La cuarta es la mejor.

El campesino apenas interviene. Simplemente el campo es regado por la lluvia.

Santa Teresa lo traslada a los 4 niveles de oración.

El primero: extraer agua, es la oración mental. Esfuerzo y meditación.

El segundo, la noria, nos adentra en la oración de quietud, una comunicación con Dios en la que la persona experimenta un recogimiento hacia lo profundo de su ser. Es una experiencia sobrenatural, por encima de las posibilidades del ser humano.

El tercero, regar con el agua del río, la acción de Dios adormece al individuo respecto a todo lo creado, siente embriaguez y se da cuenta de que se abren las flores y comienzan a dar olor.

El cuarto, el ser humano se siente inundado por la inefabilidad divina. Toma conciencia de los efectos de la vida de oración.

El huerto es la interioridad.

El agua del riego evoca la espiritualidad.

El huerto no se basta a sí mismo, para ser fecundo debe abrirse al exterior.

Desde una perspectiva creyente o no, es recomendable seguir a la santa: “No suban si Dios no los sube”. Hay un punto en el que no se asciende solo con el propio esfuerzo, sino que es el resultado de dejarse hacer. Un punto al que hay que dejarse conducir, sin procurar alcanzarlo con las propias fuerzas. En eso consiste la espiritualidad.

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