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Buscar el reconocimiento de los demás te lleva a esto

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He tocado tantas vidas infecundas... sostenidas por el orgullo y la vanidad, vidas sin sentido que han pasado como el polvo arrastrado por el viento

Sólo si el grano de trigo muere dará su fruto: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde Yo esté, allí estará también mi servidor”, recuerda Jesús.

Me inquieta pensar que la muerte da la vida. Que el dolor tiene un sentido que yo no alcanzo a ver. No estoy acostumbrado a morir. Prefiero la vida.

Huyo del sufrimiento. Me gusta más guardarme, protegerme, cuidarme. Reservarme para poder darme más tarde, cuando mejoren las circunstancias.

Me inquieta la muerte del grano de trigo oculto bajo la tierra. La muerte que pasa desapercibida para el hombre que se queda en la superficie de las cosas.

El grano de trigo al morir deja de ser grano. Y se convierte en trigo, en vida, en esperanza. Me asusta morir, pero no puedo quedarme al margen del camino, fuera de la tierra.

Decía el padre José Kentenich: “María, la gran Mediadora, estuvo clavada espiritualmente en la cruz. (…) También yo quiero colaborar, no quiero escabullirme. (…) Ejercitémonos en el morir manteniéndonos disciplinados. No tenemos mucho tiempo para disputar. Hoy es tiempo de actuar”[1].

Quiero aprender a morir a mis caprichos, a mis gustos, a mis deseos. Morir a mis planes, a mis sueños que anhelan su satisfacción inmediata. Morir a lo que hay en mí de soberbia, de orgullo, de vanidad. A mi deseo de quedar por encima de los demás. Morir a mí mismo para que brote vida de debajo de la tierra y dé mucho fruto.

Quiero permanecer clavado como María en el madero. La miro a Ella al pie de la cruz. A Ella que estuvo quieta al pie del dolor de su hijo, de su sangre derramada.

La miro con paz mientras su Hijo muere. La miro y la veo firme, arraigada en Dios en ese momento de desgarro. ¿De dónde sacó María su fuerza para seguir esperando? ¿Qué le hizo creer en un final de vida?

Sólo el corazón atado a Dios se mantiene firme en la tormenta porque ve más allá de la noche. El corazón de María es así. Es un corazón firme porque ha puesto su confianza en Dios. Sólo en Él confía. No en los hombres. No depende del juicio humano para mantenerse con paz. Su seguridad la encuentra en lo alto del cielo. Y en lo profundo de la tierra.

A menudo es mi orgullo el que me puede y vence. Amo esta vida y temo perderla. Amo en la carne y temo morir. Me da miedo que acabe todo lo que amo.

Tal vez me falta fe en la puerta que se abre en el costado abierto de Jesús. No quiero morir. Se me olvida que sólo en Jesús, en la vida eterna, seguiré amando, mucho más de lo que aquí amo.

Santa Teresita del Niño Jesús escribía a un amigo misionero en China: “Lo que me atrae hacia la patria eterna es el llamado del Señor, es la esperanza de amarlo finalmente como tanto he deseado (…). Pocas horas antes de morir, declaró solemnemente, como si dictara su testamento: – No me arrepiento de haberme entregado al amor (…), ¡oh no, no me arrepiento, al contrario!”[2].

Quiero gastar mi vida amando. Sacrificándome. Entregándome por amor. Quiero gastar mis días siendo fiel a Dios a quien amo en lo pequeño, en lo cotidiano. Muriendo como el grano de trigo. Dando fruto eterno, ese fruto que yo no veré.

No tocaré yo la fecundidad de cuanto hago. Poco importa el reconocimiento del mundo. Me gusta pensar en la humildad del grano, de la semilla, que se esconde bajo la tierra y pasa desapercibida a los ojos de los hombres, mientras muere y da fruto.

Es la humildad de la muerte la que me impresiona. La humildad del que no pretende ser valorado por lo que hace. Tantas veces busco que me reconozcan. Quiero ser fecundo con mi vida. Deseo que dé fruto. Sin tener que morir en el intento. Pero no funciona así.

Jesús me lo dice claro al hablarme de su muerte: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. Y Yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Será humillado y Dios su Padre lo enaltecerá. Para que todos vean hacia dónde han de encaminar sus pasos. Atraerá a todos hasta Él.

¡Qué atractiva esta cruz ensangrentada! En ocasiones quiero defender mi honor, mi fama, mi causa. Huyo de la cruz. Busco que los demás entiendan las razones de mi conducta y la aprueben.

Pretendo que sepan, que me acepten, que me quieran en mis actitudes, en mis decisiones, en mis pecados. Busco que el mundo que toco, en el que me arraigo, sostenga mi vida.

No soy capaz de arraigarme en Dios. Sólo lo hago en el juicio de los hombres. Por eso no deseo la muerte. No quiero que me humillen, que me pisen.

Me gusta el éxito y el reconocimiento. La valoración de los hombres. No sé vivir sin el aplauso. Me lo repito tantas veces: el grano de trigo tiene que morir para dar fruto. Y si no muere, se pudre, y no da vida. Eso lo sé. Lo he visto con frecuencia.

He tocado tantas vidas infecundas… Sostenidas por el orgullo y la vanidad. Vidas sin sentido que han pasado como el polvo arrastrado por el viento. Y no han dejado huella a su paso. No han dado vida a nadie. No han amado hasta el extremo.

El amor es lo que hace que mi vida sea fecunda cada día. Amar hasta el extremo, amar hasta que duela. No es tan sencillo hacerlo sin buscar mi propio bienestar.

Me gustaría tener un corazón más generoso. Más capaz de darse por entero. Busco la forma de hacerlo pero me cuesta tanto. Retengo, guardo, espero.

No me doy porque me da miedo el dolor que provoca partirme. Me asusta esa soledad bajo la tierra. Ese morir sin que nadie lo aprecie.

Espero el reconocimiento como un agua que calma mi sed de infinito. Vanidad, todo es vanidad. Le pido a Jesús un corazón humilde. Sólo así mi vida será esperanza para otros.

Como esa cruz que se alza sobre la tierra y atrae a todos hacia Él. La cruz de un condenado a muerte se convierte en signo de salvación y de esperanza. Son las paradojas del amor de Dios.

 

[1] Christian Feldmann, Rebelde de Dios

[2] Christian Feldmann, Rebelde de Dios

[3] Benedicto XVI, La infancia de Jesús

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