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La respuesta que me reconforta ante mis miedos

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/02/18

¿Voy a salir de esta situación de dolor? ¿Va a acabar algún día el sufrimiento?

Hay preguntas que no puedo formular con facilidad. O son preguntas que no tienen una respuesta clara. O preguntas cuya respuesta temo escuchar.

¿Voy a salir de esta situación de dolor? ¿Va a acabar algún día el sufrimiento?

¿Cuándo encontraré la felicidad que busco? ¿Me voy a curar? ¿Seré fiel siempre? ¿Me vas a dejar? ¿Podré volver a confiar y ser feliz?

Son preguntas que surgen en el corazón herido en medio de las luchas. Los miedos nublan el ánimo. Y la desconfianza surge con fuerza.

¿Será posible encontrar un camino mejor en la tormenta? Surgen las dudas y los miedos. Y callo las respuestas que temo. No pregunto por ese futuro que desconozco y me abruma.

A veces al caer la tarde los problemas parecen más grandes que por la mañana. Dicen que es por el efecto de la luz. Por la mañana todo está más claro. Pesa menos la vida. Hay menos nubes, o menos tormentas.

Dicen que en la hondura del valle pesa más la vida que en lo alto de la cumbre. Porque desde lo alto los problemas parecen más pequeños e importan menos. No lo sé. Lo que sí sé es que en ocasiones siento que todo se torna gris, o pierde vida de pronto. Y dejo de creer en las eternas promesas.

Comenta el cartujo Agustín Guillerand: “No debemos tener miedo ni de nosotros mismos ni de los demás. Hay que mirar la vida real cara a cara. Esa mirada profunda y prolongada nos dará a Dios. Porque Dios está en el fondo de todo”[1].

Quisiera mirar así la vida real. Cara a cara. Mirarme así a mí mismo, mirar así a los demás. Sin miedo a lo que pueda ocurrir. Sin temer lo que pueda pasar.

Me gustaría mirar la vida como la miraba María. Desde aquel primer “No temas” del Ángel, María aprende a confiar.

Comenta Benedicto XVI: “¡Cuántas veces habrá vuelto interiormente María al momento en que el ángel de Dios le había hablado! ¡Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: Alégrate, llena de gracia, y sobre la palabra tranquilizadora: No temas! El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad”[2].

María guarda todo meditándolo en su corazón. Miro a María. Siempre me da paz ver su mirada, ver su paz. Me consuela.

Tengo yo otra mirada y otros miedos que me turban. Me escapo de mi mundo interior dejándome llevar por las olas de mi alma. Abrumado en la superficie de las cosas. En temblores sostenidos.

Desde mi dolor miro a María. Me gustan las palabras del padre José Kentenich que me motivan al recorrer estos cuarenta días de desierto, de búsqueda, de miedos y de esperanzas:

“De ahora en adelante daremos en todas partes el siguiente testimonio: – Somos de María. Quien dice María dice gracia: – Alégrate, llena de gracia, escuchamos que el ángel dice a la Madre del Señor. Quien dice María dice interioridad: – María guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Quien dice María dice disposición al sacrificio: -Estaba María al pie de la cruz”[3].

Miro a María y pienso en su actitud interior. Llena de gracia. Sin temor. Confiada. Dispuesta al sacrificio.

María se sabe arropada por Dios en lo más hondo de su corazón de hija. Allí todo lo medita en silencio. Lo guarda con celo.

Así sí es posible mirar la cruz con paz, con el corazón en calma. En medio de la tormenta.

Las preguntas imposibles siguen sin respuesta. Pero al menos ahora no quiero saberlas. Porque confío. Dejan de asustar mi corazón de hijo.

Y guardo en el alma la respuesta que siempre me conforta: Dios no me deja. No se baja de mi barca. No se aleja de mi camino. Me sostiene cargando mi madero, mi cruz, como mi cireneo.

¿Por qué voy a tener yo miedo si Jesús va conmigo?

Miro a María y confío. ¿Qué misión puede haber más grande que la suya? Me da paz mirarla a Ella en medio de mis olas, en medio de sus olas.

“No temas” escucho muy dentro de mi alma. ¡Cómo no voy a confiar en Ella que me ha dado la vida! La miro recogida en su interior. Guardando todas las palabras.

Allí me recojo también yo buscando consuelo, paz y descanso. Escucho muy quedo la voz de Dios hecha en mí palabra. No quiero buscar respuestas a preguntas que dejan de tener sentido.

No quiero sujetar yo el timón marcando una ruta que desconozco. Espero en Dios. Espero en María. Es la actitud de la Cuaresma. Confío. La esperanza, la confianza, el abandono.

Camino por los caminos del desierto. Asciendo por las montañas más altas en las que encuentro a Dios y veo más claro mis problemas. Confío. Frente a mis miedos. Confío.

[1] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 77

[2]La infancia de Jesús, Benedicto XVI, J. Fernando del OSA Río

[3] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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