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No me hacen ni caso… ¿cómo puedo tener autoridad?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/01/18

Sobre todo: que no te obedezcan por miedo

Muchas veces creo tener autoridad. Por mi cargo, o mi tarea. Me la han dado. La he conseguido. Pienso que los títulos me dan autoridad. Como si un nombre, o un estudio, o un reconocimiento, fueran el fundamento suficiente de mi autoridad. ¡Cuánta pobreza en mi mirada! La autoridad no me la dan los títulos. Tampoco los logros. Ni los merecimientos.

La autoridad viene de la coherencia de mi vida. Pero no la tengo. Muchas veces mi autoridad no viene de Dios. Quiero imponer mi autoridad. Quiero que me obedezcan. Que piensen como yo pienso. ¡Es tan fácil caer en esta tentación de abusar de mi autoridad! Pretendo imponer mi autoridad y que me sigan y respeten. Pero al querer imponerla la pierdo.

Quiero que me obedezcan por mi cargo, a la fuerza. Una autoridad de la que a menudo carezco. Y reacciono mal cuando no me siguen. Me duele que no me escuchen y respeten.

A veces la autoridad se gana con dificultad y se puede perder fácilmente. Un tropiezo, un acto fallido, un descuido. La autoridad moral es la que más deseo. Y sólo tiene lugar cuando mis actos y mis palabras son coherentes. Cuando mi vida avala mis palabras. Cuando lo que vivo se corresponde con las decisiones que he tomado.

Y también sé que a veces puedo usar mal mi autoridad y abusar de ella. Decía Jean Vanier: «El ejercicio de la autoridad, volverse padre, es una de las realidades más difíciles. Utilizar la autoridad para que el otro se levante. El peligro es usarla para controlar y poseer. Una madre puede querer controlar a sus hijos porque se siente vacía por dentro. Cuando ya no siente el amor afectivo y efectivo de su marido. Jesús no nos va a obligar a hacer cosas que no queremos hacer».

Quiero una autoridad que sea servicio a la vida ajena que se me confía. Una autoridad que no me lleve a querer controlar a los demás e imponer mis puntos de vista. Una autoridad que dé vida a muchos. Una autoridad como la de Jesús, que es una autoridad que no se impone nunca con la fuerza.

Jesús no pretende que haga lo que yo no quiero hacer. Su autoridad surge del amor y me atrae.

El Evangelio dice que Jesús predicaba con autoridad. ¿Con qué autoridad? ¿Qué significa hablar con autoridad? Me llama la atención esa afirmación. Jesús era el hijo de un carpintero. Había vivido en Nazaret, un lugar pequeño y escondido. Humanamente no tenía títulos que le confiriesen autoridad. Me gusta esa manera de describir su predicación.

Pienso que significa que lo que dice lo vive. Que sus palabras van avaladas por sus obras. Es verdad que los hechos en la vida de Jesús tienen más fuerza aún que sus palabras. La coherencia de vida. La verdad. Habla de lo que vive y vive según habla. Así predicaba Jesús.

¿Cómo son mis palabras? ¿Cómo está de unido mi actuar y mi hablar? En Jesús no había mentira, ni afán de poder. No es fácil el juego de la autoridad. Jesús habla con un poder que viene de Dios. Sus actos y sus palabras son coherentes. Tiene autoridad ante el pueblo porque ven su vida y escuchan sus palabras y creen en la verdad de lo que dice y vive.

Pienso en la autoridad del papa Francisco. Sus palabras se corresponden con sus obras. Hay amor en ellas. Pero a veces parece que para algunos el Papa deja de tener autoridad cuando no dice exactamente lo que ellos esperan. Buscan confirmar su postura y su pensamiento para así reconocer su autoridad.

Me puede pasar a mí lo mismo. Respeto la autoridad del que piensa como yo. La autoridad del que está de acuerdo con mis puntos de vista. Y rechazo al que no está de acuerdo conmigo.

Jesús tiene la autoridad de un profeta. Enseña y su palabra tiene fuerza. Su palabra cambia la realidad que toca. Es una palabra creadora. Tiene una autoridad que nace del amor. ¡Qué importante saber utilizar bien la autoridad que Dios me da!

Decía el padre José Kentenich: «Quien domine a los hombres por el temor, ejercerá su autoridad sobre ellos sólo mientras empuñe el látigo.En la educación todo depende de la captación de ese instinto de amar que hay en el ser humano; y la manera más rápida de captarlo es cuando la persona se sabe amada. He ahí la maravillosa pedagogía de Don Bosco: – Dios me ama. El hombre debe experimentarse amado por Dios para que se despierte su instinto de amar».

Es la autoridad de Dios. Así despierta Dios vida en mi corazón. Me ama y mi amor brota del alma. Es la respuesta del alma. Ejerzo bien mi autoridad cuando amo. Cuando me entrego, cuando pongo mi corazón como prenda. Es la autoridad del que lo da todo por amor.

Por eso no quiero ejercer mi autoridad provocando miedo en los que me siguen. Como ese padre déspota que exige la sumisión absoluta de sus hijos.

El Padre Kentenich habla del miedo a la autoridad: «¿Conocen personas que temen el trato con autoridades o superiores? Por ejemplo, alguien ha tenido una relación cordial y fluida con otro; pero de pronto este último se convierte en su rector y al enfrentarlo en su nueva investidura siente que la angustia le oprime el corazón y le hace temblar las rodillas. El miedo a la autoridad es real. Existen muchos católicos que no sienten ante Dios un temor filial y respetuoso, sino un miedo de pánico del que jamás se librarán».

La autoridad que se mantiene por miedo no es la autoridad que desea Dios para mí. El poder de Jesús fue el servicio y la entrega. Nunca el miedo.

Como leía el otro día sobre Jesús: «Su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo o enferma, su fuerza para regenerar a la persona desde sus raíces, su capacidad de contagiar su fe en la bondad de Dios»esos rasgos suyos hacían creíble su autoridad.

Quiero parecerme a Él. Mi capacidad para acoger, mi poder para sanar desde las raíces, ese poder me viene de Dios. Mi fe en el amor de Dios se contagia. Es por eso que no deseo despertar miedo ni tener miedo ante la autoridad. No quiero evitar el trato con el que tiene un cargo que le da autoridad sobre mí.

Y tampoco quiero tener miedo a Dios. Dios me quiere. Dios me abraza. Me sostiene en mi fragilidad. No es un Dios juez, exigente y duro, que me mantiene a raya bajo la amenaza del castigo. No quiero a ese Dios frío y lejano.

Pero sé que a veces me vuelvo temeroso de Él cuando temo su juicio. Esquivo su mirada y me escondo en mi pecado. No me acerco a Él cuando he caído. Como temiendo su juicio sin misericordia. Esa no es la autoridad que Dios quiere que yo ejerza. No es la autoridad que tiene sobre mí.

Dios me ama. Por eso no quiero despertar miedo en los que buscan ser amados. No deseo que otros me escondan su fragilidad pretendiendo así buscar mi aceptación.

Puede ser que sea yo el que se protege y se muestra perfecto e infalible ante los demás. Un padre sin fisuras. Un modelo de paternidad. Como si no tuviera grietas ni heridas. Como si yo no fuera vulnerable. Mi perfección y mi infalibilidad asustan y alejan al que se acerca. Crean una distancia insalvable.

No ejerzo mi autoridad cuando temen mi juicio, cuando no se atreven a mostrarme los fallos por miedo a mi rechazo. ¿Quién desea aparecer en su verdad desnuda ante quien aparentemente no comete errores y es tan exigente?

Dios me ama y me enseña a mí cómo tengo que amar. Poniendo mi vida y mi corazón, como prenda. Mostrando mi fragilidad sin miedo al rechazo. De mi generosidad constante es de donde surge la vida. De mi servicio desinteresado que no pide nada a cambio. La autoridad está llamada a despertar vida. Y a cuidar la vida que se le confía.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

[3] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

Tags:
autoridadliderazgoServicio
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