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Empieza así a vivir en positivo

SUMMER
By Kieferpix - Shutterstock
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¿Has pensado alguna vez que tu vida con sus dificultades es la más dura? Conoce la fuerza que mueve siempre tus pasos

Quiero aprender a vivir en positivo. En color y no en blanco y negro. Apreciando los grises y descubriendo lo bueno que la vida me regala. Escribía Oscar Wilde: “Todos vivimos en el fango, pero algunos miramos las estrellas”. No siento que viva en el fango. Pero corro el peligro de dejar de mirar las estrellas.

Me fijo sólo en el negro o en el blanco. Lo perfecto o lo que está mal. Y no veo las sutilezas, los matices. No acabo de comprender que en mi corazón habita el mal con el bien, la cizaña con el trigo. No todo está mal. No todo está bien. No en todo soy maduro. Ni en todo inmaduro. No todo en mí es pecado, ni todo virtud.

Esa mirada positiva sobre la vida me ayuda. Acepto la realidad con sus grises. Pero siempre acogiendo la luz de Dios. Por eso quiero aprender a mirar más las estrellas. Me gusta hacerlo, es verdad. Me gusta mirar el cielo lleno de luz en medio de la noche.

Y pensar que mi vida, en comparación con el firmamento, es tan pequeña, tan insignificante. Y tan valiosa al mismo tiempo. Y pienso entonces en el valor infinito de toda mi entrega invisible.

Y veo que si miro las estrellas ayudo a muchos a mirar más lejos, más alto, más dentro. Me gustaría ser profeta del amor en medio de los hombres que viven en tinieblas. O han perdido el rumbo. O están tan heridos que ya no ven la luz en medio de la noche.  

Jesús era profeta. Los santos son profetas. Todo el que recibe una palabra de Dios para entregar a los suyos es profeta. Yo soy profeta. El profeta denuncia y alerta. El profeta mira más allá del problema del momento. Tiene una mirada con más altura. Mira las estrellas. Y hace con su fuerza que muchos levanten la mirada de sus problemas.

Tengo la tentación de pensar que mi vida con sus dificultades es la más dura. Y veo que lo que a mí me pasa no le pasa a nadie. Como si la mala suerte o algún destino fatal me hubiera caído a mí por desgracia. Y cuando caigo en mi debilidad, encuentro que el fango de mis pasos es el más negro. Y no confío en que todo pueda ir mejor.

Me gustaría tener una mirada de profeta. Tener palabras de profeta que levanten el espíritu cuando esté muy bajo. Quiero tener palabras para los que necesitan soñar. Y tener silencios para los que buscan descansar. Quiero ser paciente con el inquieto. Y animar con pasión al que duerme la vida.

Pretendo alimentar la esperanza que tengo entre mis manos. Y le pido a Dios que no deje de sembrar palabras dentro de mi alma. Deseo, sí, abrazar un amor más grande que no merezco.

Y sé que el deseo es la fuerza que mueve siempre mis pasos. Me levanta cada mañana. Y me hace sonreír en medio de los truenos. Aunque haya caído una vez más. He perdido la cuenta. O me haya dolido de nuevo la herida de siempre. Y no vea la utilidad de tantas cosas que hago. En eso momentos vuelvo a mirar el cielo, miro las estrellas.

Y sé que mi vida hoy es antesala del paraíso. Como me recuerda el padre José Kentenich: “La inquietud de nuestro corazón y todos los sueños de nuestra vida son, por último, sueños del paraíso. El hoy y el mañana han de ser considerados sólo como transiciones”.

Me gusta pensar que estoy de paso por esta tierra que piso. Es tan fugaz el éxito que sueño… Es tan pasajero el fracaso que temo… Lo que me quita hoy la paz mañana es parte de mi olvido.

Anhelo ser ese profeta que anuncia un mundo nuevo. O simplemente muestra las huellas de Jesús sobre la arena y las estrellas. Él es el camino, la verdad y la vida. Y todo lo demás importa poco. Aunque a mí me importe tanto todo lo humano.

Pero sé también que Dios puede utilizar todo lo mío para dar vida. Y no son precisamente mis talentos y dones lo que más le sirven. Porque en ellos se oculta su poder y no se ve la gracia. Y ven más mi gloria. Mientras que en mis heridas y fracasos es su Espíritu el que ilumina todo. Eso me alegra. Esa luz me muestra un camino nuevo. Desde mis llagas abiertas.

Tantas veces no comprendo cómo hará Dios que mi vida sea fecunda. No lo comprendo. No sé bien cómo ser más fecundo. Porque me empeño en dejar mi huella. No la de Jesús. Sólo la mía.

En la JMJ de Cracovia les decía el papa Francisco a los jóvenes: Hoy Jesús, que es el camino, te llama a ti, a ti y a ti, a dejar tu huella en la historia”.

Mi corazón joven quiere dejar huella. Mi nombre grabado para el recuerdo. Quiero dejar una huella clara que muchos identifiquen. Vanidad, todo es vanidad. Quiero dejar mi nombre escrito junto al de Jesús. Eso me basta.

Hoy me siento llamado a ser profeta. Me gustaría denunciar la falta de amor en este mundo. De paz, de interioridad, de solidaridad, de silencio. De verdad y de humildad. Me gustaría denunciar que hay tantos vínculos rotos. Y tantos hombres incapaces de tender puentes.

Quiero denunciar que no hay constructores de paz. Que no hay silencio suficiente para que mi corazón escuche a Dios. Quiero denunciar que son muchos los que acusan. Y pocos los que construyen. Me gustaría denunciar que hay tantas injusticias que nadie repara. Y que el mal en el mundo comienza en mi propio corazón.

Quiero anunciar que Jesús trae un mundo nuevo. Cuando digo que sí y acepto que mi vida sólo vale cuando sirvo. Cuando me entrego. Cuando amo. Y si no sirvo bien, mi vida deja de servir.

Me gustaría anunciar un mundo nuevo que comienza cuando pierdo el miedo a lo que viene. Y dejo de asegurarme un futuro que no me pertenece. Y dejo de almacenar reteniendo la vida, por miedo a perderlo todo.

Quiero anunciar un mundo nuevo que nace de mi sonrisa que calma las ansias. Y de la ternura de mis manos y palabras. Me gustaría proponer un cambio de perspectiva. Tomando distancia de mis miedos y agobios. Y dejándolo todo en las manos de un Dios que me quiere con locura.

Eso es lo que anuncia hoy mi voz. Y proclaman mis palabras. Quiero empezar de nuevo abriendo brecha en el mundo que necesita, porque tiene sed, el agua que viene de las estrellas.

 

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