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¿Por qué es tan difícil volver a ser como un niño?

LITTLE GIRL

MIA Studio I Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 03/12/17

El amor del niño que se sabe amado es heroico. Porque no se detiene ante los peligros

No tengo muy claro si es la vanidad ese pecado que me pierde y me hace caer en la falta de misericordia. Me siento importante y de repente miro desde arriba, menosprecio y juzgo a otros. Llego a pensar que valgo sólo por lo que produzco, por lo que se ve de mis obras, por lo que el mundo aprecia en mis actos.

Surge la vanidad en el alma, al creerme mejor que otros. Ese sentimiento insano penetra mi corazón y me hace vulnerable.

Sí, cuanta más vanidad siento, más vulnerable soy, más dependo del aprecio de los demás, más condeno y juzgo. Y me vuelvo estirado. Distante. Algo prepotente. Presumido. Pretencioso.

Busco la caricia que me haga sentirme bien. Mendigo el reconocimiento de todo el mundo y siempre. Necesito el elogio y la alabanza para poder sonreír. Que me sigan miles, millones.

Pretendo siempre gustar, caer bien y ser apreciado. Siempre y en todo. Y como no es posible y no suele suceder, me turbo y sufro. Es esa debilidad del alma que se abaja buscando la aprobación de toda creatura.

¡Qué pobre me veo entonces huyendo de la crítica y buscando siempre la aceptación del mundo, no la de Dios!

No sé si es una tentación. O es que mi alma está enferma porque en algún rincón oculto tiene una herida de amor profunda que no soy capaz de reconocer. Alguna crítica no olvidada. Algún desprecio grabado.

Mi autoestima permanece herida. El amor a mí mismo sufre. No me acepto, no me quiero, no me gusto y espero que los demás me acepten y me quieran.

Se me olvida ese amor profundo de Dios grabado un día en mi alma. Y vivo como si Dios no me amara lo suficiente.

Decía el padre José Kentenich: Dios es un buen padre de todos los hombres, un padre que con el más grande amor se preocupa de cada uno de sus hijos, de cada pequeñez en sus vidas, y todo lo dispone y conduce para el bien de cada uno.

Ese amor incondicional de Dios, que me ama en todos mis fracasos y caídas, es el único amor capaz de sanar mis heridas. Es un bálsamo que me da aliento y paz cuando más lo necesito.

Dios me ama tal como soy sin yo merecerlo. Me ama en medio de mi pobreza. Se me olvida ese amor de hijo. Creo tantas veces que Dios sólo me ama cuando soy bueno, cuando soy fecundo, cuando soy útil…

Y si no soy bueno, no me ama, me aparta a un lado, se desentiende de mí, me olvida.

Quiero tomar conciencia de mi valor de hijo. Recordar su amor imposible. Descubrir a Dios como Padre y saberme amado por Él en toda circunstancia, lo merezca o no:

Allí donde se ha despertado el amor filial, ¡cuánta impotencia se llega a sentir! Cada grado de amor filial profundiza la conciencia de nuestra debilidad. Sólo cuando el niño es pequeño, puede ser grande.

Experimento mi debilidad como hijo y me abro al poder de mi Padre. Sólo si descubro mi fragilidad y la entrego, puede Dios acercarse a mí. Sólo si confío. Me gusta tocar mi fragilidad, mi debilidad. Solo no puedo hacer nada.

El amor del niño que se sabe amado es heroico. Porque no se detiene ante los peligros. Confía plenamente en ese Dios Padre que lo quiere y sale a buscarlo en medio de la tormenta.

Así es el amor de Dios, aunque yo me olvide. Le gusta verme impotente y débil para poder tender sus brazos hacia mí inclinando su rostro. Le gusta saber que lo necesito y clamo por su presencia. Que lo busco cuando siento que sin Él nada puedo.

Es la experiencia de la filialidad la que necesito para aprender a vivir. Dios me ama cuando me reconozco pequeño. Dios me ama no porque sea poderoso, ni porque lo merezca. Dios me ama cuando dejo de lado mi vanidad y me siento humillado.

Es por eso que se encarnó en la piel de un niño. Se puso a mi altura. Rebajó su poder y se volvió vulnerable, frágil, indefenso. Para despertar en mí la misma conciencia de debilidad.

Me hago niño para descubrir el poder de Dios. Me vuelvo niño para poder tocar su amor misericordioso.

Dios me quiere con locura y no me deja nunca. Me ama porque me ha creado como soy, me ha elegido, me ha soñado. Me ha imaginado con mis dones y defectos. Con mis capacidades e incapacidades.

Me ama porque quiere sacar de mí la mejor versión de mí mismo, esa que aún no conozco. Y no quiere que sufra al verme incapaz de hacer todo lo que deseo.

Yo con frecuencia caigo en la vanidad y busco el aplauso. Necesito que me reconozcan, que me halaguen. Y me vuelvo duro e importante. Poderoso y fuerte. Como si no necesitara el amor gratuito de nadie para sobrevivir. Siento que todo se lo puedo exigir a la vida, alguien me lo debe. Me creo con derechos.

No quiero la gratuidad de nadie, tampoco la de Dios. No deseo que me den algo sin yo merecerlo. Me vuelvo exigente conmigo mismo, con los demás, con Jesús.

Ya no confío en que Dios me ayude si yo no hago nada, si no pongo de mi parte.

No creo en su poder cuando experimento que no puedo. Creo más bien en lo que toco, en lo que puedo lograr. Me vuelvo vanidoso cuando me van bien las cosas. Me siento fuerte y entonces Dios no puede mostrarme su amor de Padre, no le dejo.

Ve que no necesito su presencia y cercanía, y se entristece. Ve que no soy niño. Porque me he vuelto hombre rígido y seguro de mí mismo. No dudo de mis pasos. No temo. No confío en nadie.

Quisiera aprender a ser más niño. Para poder entrar por la puerta pequeña de su alma. Quisiera volver a la edad aquella. Recuperar la inocencia perdida. Volver a mirar con ojos puros.

Quisiera reconocer que no puedo hacerlo todo solo. Que necesito su amor, su abrazo, su cuidado, para poder seguir el camino. Sé que sin ese amor paternal de Dios no camino. Sin el amor maternal de María no logro avanzar.

Me gusta volver a ser niño dejando de lado mi madurez vanidosa. Me gusta volver a sonreír por nada.

Y soñar con cosas imposibles, de esas que creen los niños. Cuando no hay muerte ni dolor. Cuando no hay nostalgia ni pérdida. Me gusta la mirada de los niños. Quiero volver a ser niño. Miro a Jesús.

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