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¿Por qué me cuesta tanto confiar?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 27/11/17 - actualizado el 27/11/17

Hoy es tan frecuente hablar de infidelidades. Parece todo tan frágil, pasajero, débil...

¡Qué importante es en la vida aprender a confiar! ¡Pero qué difícil es lograrlo! El amor se construye sobre la confianza. Si no confío no puedo amar de verdad.

Cuando confío, no necesito saber todo de la persona amada. Pero sé también con qué facilidad puedo dejar de confiar. Una duda, una sospecha, un comentario, algo que me dicen, o que yo veo.

Me da miedo caer en la desconfianza sin tener motivos. Si falla la confianza, falla el amor. No quiero dar motivos para que desconfíen. No quiero creer todo lo que me dicen. No quiero desconfiar de aquellos a los que quiero.

A veces hablo más de la cuenta. ¡Cuánto daño pueden hacer mis palabras! Pueden crear sospechas. Mis comentarios son hojas lanzadas al viento. Nadie puede detenerlas. Siembran dudas y desconfianza.

Creo que el amor más verdadero se construye desde una confianza a prueba de fuego. Durante mucho tiempo de entrega. Una sola palabra, un mal gesto, pueden romper esa confianza. Quiero que mi confianza se haga fuerte frente a la sospecha.

Sé que la vida es muy larga. En ella tomó decisiones, doy pasos, amo y me comprometo. Confío. Genero confianza. Me tomo en serio el camino que tengo por delante. Decido apostar por la eternidad y no por la fugacidad de mis días. Siembro para un mañana lejano que aún no veo. Construyo sobre rocas que duren eternamente. Aun sabiendo que mi corazón es débil.

Me juego las cartas que recibo apostando por lo más alto. No quiero ser cobarde. Confío poco en mí y más, mucho más, en Dios. No confío en mi propia fidelidad, pero sí confío en que Dios me sostiene en medio de las pruebas. Él es siempre fiel. Amo la vida que Dios me ha dado. Amo el mundo que ha puesto a mis pies.

Reconozco que soy frágil a la hora de elegir bien. Tantas veces me he confundido. En mis juicios, en mis decisiones. Pero sé que tengo que tener mi corazón bien puesto para no dejarme llevar por el mar revuelto.

No quiero ir con mi corazón en la mano, como ofreciendo sueños. Lo llevo dentro del alma, guardado, bien seguro. Para darlo sólo cuando he decidido amar. Cuando he sido amado.

Hoy es tan frecuente hablar de infidelidades. Parece todo tan frágil, pasajero, débil. Cada vez que me toca bendecir un matrimonio me alegro. O cuando celebro un nuevo aniversario. Es como un destello de luz en medio de las dudas.

Una pareja que pronuncia asombrada su sí a los pies de Dios. Y sueña con lo imposible. Es un canto de esperanza en medio de voces que denuncian a los que han caído antes de nosotros. Los que no fueron fieles. Los que no se contuvieron y arruinaron su vida.

Es fácil juzgar desde fuera. No quiero poner en la misma bolsa a todos los que han fallado. Quiero ser fiel. El testimonio de los santos me conmueve. Fueron fieles en medio de pequeñas infidelidades y caídas.

Pero a veces a mi alrededor me dicen que no es posible. Como si el sí de un día se acabara convirtiendo en un quizás con el paso del tiempo, en un no con la llegada de las dudas. Es como si mi decisión pasada dejara de ser tan firme de golpe, o poco a poco, por no haber cuidado con mimo el amor recibido, el amor entregado.

No quiero tener miedo a confiar siempre. Es posible ser fiel en medio de la pobreza. Aunque me sienta inseguro.

Comenta el Papa Francisco en la exhortación Amoris Laetitia: Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada.

Una fidelidad que es una gracia, no es fruto de mi fortaleza interior. Creo que no puedo juzgar desde fuera a los que no han sido fieles. Desde que un día Dios me regaló poder confiar creo que me he vuelto más comprensivo. No juzgo tan rápidamente. No condeno. Porque conozco también mis propios pecados.

Y me doy cuenta de la debilidad del alma. Y de que sólo confiando en Dios es posible seguir amando cada día un poco más.

El P. Kentenich habla de entregar nuestra fidelidad a María sabiéndonos frágiles: Queremos ofrecer a María nuestra buena voluntad, nuestra disponibilidad. ¿Qué nos queda sino ponernos sin reservas a su disposición, aceptar sus deseos, entregarnos nuevamente a Ella y dejarle la responsabilidad por la gran obra, en la cual nosotros, dependiendo de Ella, queremos cooperar, sufrir, sacrificarnos y rezar? María está desvalida. Ella sola no puede realizar la tarea. Y nuestro honor es poder ayudarla.

En su fidelidad descansa mi fidelidad. Pero yo de nuevo cada mañana me pongo manos a la obra, comienzo ahora. Vuelvo a entregar mi sí. Cojo con cuidado mis infidelidades y se las entrego a Dios. Para que me sane. Para que haga más hondo mi amor.

Me siento tan desvalido como Ella. Y me conmueve que siga confiando en mí después de haber caído tantas veces. María no es como yo. Cuando desconfío me cuesta volver a confiar. Es un milagro. Se lo pido.

Ella confía de nuevo en mí. Cree en mi capacidad de amar. Pone otra vez delante de mí un horizonte amplio. Y me invita a decir que sí nuevamente, con timidez. Sabe que conmigo puede hacer cosas grandes. Si yo me dejo. Aun sabiendo que soy tan frágil.

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