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Cuando nos entra el anhelo de vivir para siempre…

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/11/17

No tengo prisa en construir la vida. Tengo todo el tiempo de Dios en mis manos

Tiene la muerte un peso que me llena el alma de esperanza. No quiero la muerte. No la deseo. Pero al pensar en ella se me abre un camino al cielo que sí anhelo. La resurrección me llena el corazón de dicha. De esperanza. De alegría. El morir me da miedo. El vivir para siempre me alegra.

Sueño con morir para tener vida. Valoro mucho la vida. Me importan tanto los días con sus horas que Dios me regala. Pero me asusta perder con la muerte el presente al que me he acostumbrado. Del que me he hecho esclavo. Y temo ese azar o esa suerte que puede acabar con mi vida en cualquier momento.

Viktor Frankl escribe sobre la fragilidad de la vida en el campo de concentración: ¿Sobreviviremos a este campo? Pues en otro caso, estos sufrimientos no tienen sentido. Sin embargo, yo me cuestionaba otra pregunta: – ¿Estas muertes y el sufrimiento de estas gentes tan cercanas, guardan algún sentido? Así debía de ser, pues en caso contrario, definitivamente el sobrevivir perdía su sentido, porque la vida cuyo sentido último dependa del azar o de la casualidad para mantenerse vivo seguramente no merece la pena ser vivida [1].

En medio del dolor y el sufrimiento de esa prisión, tenía todo un sentido sólo si había después una vida en libertad. Una vida después de esa posible muerte a la que se enfrentaban cada día.

Merece entonces la pena vivir con un sentido. Cuando sueño con algo mejor que va a llegar después de lo que ahora sufro. Cuando espero la realización de mis sueños. No sólo en el cielo, también en esta tierra.

Un mundo que le dé un sentido a la cruz de ahora, a mi dolor, a mi sufrimiento presentes. Un mundo en el que mis cadenas merezcan la pena pensando en lo que vendrá después. Sueño con el sentido último de mis pasos de hoy, de mañana.

El filósofo anglopolaco Zygmunt Bauman escribía sobre la retropía. Simboliza un lugar imposible, pero no porque no haya existido alguna vez, sino porque ya no existe. Soñamos con un mundo seguro, en el que poder confiar.

Una vuelta a un pasado que un día fue tal vez mejor, depende de la mirada. Una vuelta a lo que un día fue seguro, por miedo a enfrentar ahora un futuro incierto, donde mis seguridades desaparecen. Una mirada negativa a lo que viene, echando de menos lo que ya no poseo.

Esa mirada sobre el pasado me puede paralizar a la hora de enfrentar el futuro. Me incapacita para abrirme a lo nuevo. Me ancla en un pasado inexistente. Sueño con lo que ya no es. Tiene poco que ver esta actitud con la esperanza cristiana.

El otro día leía:  No tememos a la muerte en sí misma. Es una vuelta a casa, el regreso del hijo pródigo, quizá, a los brazos abiertos de un padre amoroso. La esperamos como la esperan todos los hombres; pero lo hacemos con confianza e incluso con alegría, anclados en nuestra fe en Cristo y en su victoria sobre la muerte [2].

La victoria final sobre la muerte es lo que nos llena de esperanza. Muero lentamente, sorbo a sorbo. En cada pérdida, en cada renuncia, muero un poco más a mí mismo. Creo que ese saber morir es lo que me capacita para la vida.

Decía el Papa Francisco: Creo en la muerte cotidiana, quemante, a la que huyo, pero que me sonríe invitándome a aceptarla. Quiero vivir más libre de mis apegos. Muriendo a mis deseos y mis sueños en cada segundo que pierdo. No deseo vivir apegado al presente que se escapa. Ni atrapado por esos años mejores que quizás no fueron tan buenos. Ya no lo sé.

No quiero amargarme por no poseer plenamente lo que ahora veo en un espejo, no cara a cara. Me gusta por eso pensar que mis contados días son sólo gotas en el océano de Dios. Y estoy seguro que un día en su presencia es una eternidad. Mientras que mil días de mi vida caduca son un sólo día a su lado.

Me conmueve la fragilidad del tiempo que se escapa entre mis dedos. En las agujas del reloj que no detengo. Es verdad que quiero retenerlo, para que no pasen los días que amo. Y me vuelvo canas, enfermedad, cansancio, pasado, vejez. Sin yo quererlo.

Decido que quiero ser más de Dios para vivir menos apegado al polvo de mis pies, a los años que pasan, al tiempo que se escapa y me deja arrugas que no deseo. Y más anclado en el cielo. Ese cielo que ya comienzo a vivir en parte aquí en momentos, en personas, en lugares de paraíso.

Quiero ser más puro de lo que soy, para que no me pese tanto la vida que construyo llena de las manchas que no he buscado. Sé que vivir la vida que yo quiero es sólo un sueño.

Y me acostumbro a vivir con paz la vida que me toca vivir. Dispuesto a realizar esos sueños que sé que puedo realizar. Y dejar que se cumplan las promesas que se pueden cumplir.

Sé que todo es un milagro. Pero acepto el reto de desangrarme por el camino dejando a mi paso un reguero de vida y esperanza. Amo tanto el presente que mis heridas son raíces hondas de un amor verdadero. No tengo prisa en construir la vida. Tengo todo el tiempo de Dios en mis manos.

[1] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

[2] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros

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