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¿Y si hoy damos las gracias?

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Seamos agradecidos tal y como nos dice el refrán

Hace unos días una buena amiga me contaba cómo superó un cáncer. Le tocó vivir de todo: desde la sorpresa inicial a momentos muy dolorosos llenos de incertidumbre, pero animados de una esperanza secreta, sintiendo el apoyo incondicional de sus familiares más cercanos y sus amigos, muchos a través de mensajes de ánimo y de oraciones, también la prueba de la quimioterapia, la debilidad física, la espera y, gracias a Dios, su recuperación definitiva.

Todas estas experiencias la han marcado, sin duda, y ahora contempla la vida con ojos más profundos. Pero lo que más me llamó la atención en ella fue la gratitud enorme que siente ahora por cada cosa y persona, cada detalle, cada día y cada minuto de su vida que recibe como un don, como un regalo. Su mirada y su actitud ante la vida es, esencialmente, de gratitud. Y se le nota: en su actitud, en su sonrisa, en su paciencia.

¡La gratitud! Cuántas cosas quedan más allá de lo exigido y de los que nos es debido y, a pesar de todo, igualmente las recibimos de manera gratuita, gratis, sin obligación por la contraparte. O, al menos, eso parece, pero, ¿es realmente así? Mi amiga se dio cuenta de que todo eso que antes creía que le era debido en justicia es realmente un don que recibe gratis porque alguien o Alguien se lo entrega por amor. Ese descubrimiento es lo que ha transformado su actitud y le hace ser agradecida por todo: cada detalle, cada minuto.

El amor que motiva la actitud de agradecimiento es lo que saca lo mejor de nosotros y de los demás. Ejemplos hay muchos: la atención, cariño y cuidado de los padres, la paciencia que tienen con nosotros, la comida, descanso, estudio o trabajo que cada día tenemos a nuestra disposición, o la amistad verdadera que es lo más gratuito y lo que más plenitud nos da. La conciencia de haber recibido gratis exige la obligación de la gratitud, de devolver algo de lo recibido, como si de un trueque desigual se tratara o, como lo llama Santo Tomás de Aquino, de una “deuda moral”.

En efecto, este gran maestro fue un agradecido de Dios por todo lo que recibió, que supo devolver de una manera magistral a través de su vida santa y de su gran obra de pensamiento. De la virtud de la gratitud decía: que “el mismo orden natural exige que quien recibe un beneficio se sienta movido a expresar su gratitud al bienhechor mediante la recompensa, según su propia condición y la de aquél” (Suma Teológica, II-IIa, q. 106, a. 3, in c).

Es bueno agradecer incluso si eso que recibimos se nos entrega de mala gana, porque “Lo propio de un alma grande es prestar más atención a lo bueno que a lo malo. Por tanto, si alguien hizo un beneficio con malos modales, no por eso en quien lo recibe cesa del todo el deber de agradecérselo” (ad. 3). Y cuando detalla cómo debe ser el agradecimiento considera que requiere tanto del afecto como del don.

En relación a este, la recompensa puede variar según el deber contraído, los medios disponibles, la utilidad, las condiciones y circunstancias. Por eso la gratitud puede concretarse de muchas formas: desde una sencilla palabra de gratitud, un gesto, un reconocimiento, un regalo material o espiritual o, incluso, hasta un consejo o una corrección.

Y si es verdad que recibimos bienes gratuitos de las personas que nos aman, lo es en mayor medida que los recibimos más numerosos y con mayor razón de Dios, que, sin necesidad alguna y por puro amor, nos regaló la vida y nos la mantiene cada segundo, junto con nuestras capacidades y talentos.

Como dice el refrán: “Es de bien nacidos el ser agradecidos”. Queda ser conscientes de los dones recibidos y concretar esa gratitud en cada momento de la mejor manera; como mi gratitud al lector que ha tenido la paciencia y quizás la curiosidad de llegar hasta el final de esta reflexión. ¡Gracias!

Artículo de Esther Gómez de Pedro publicado originalmente en Conectacec

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