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30 de octubre de 1941: 481 sacerdotes polacos llegan a Dachau

DACHAU

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Gerardo Rodríguez - publicado el 01/11/17

El martirio desconocido de casi 500 sacerdotes de Polonia a manos de los nazis

El 6 y 7 de octubre de 1941 el aparato represor de las fuerzas de ocupación arrestó a alrededor de 500 sacerdotes en el así denominado Warthegau (Distrito del Warta): esta región se componía de tres distritos: Łódz (diócesis de Łódz y partes de las diócesis de Chęstochowa y Włocławek) Inowrocław (parte de la arquidiócesis de Poznań y Włocławek) y Poznań (arquidiócesis de Gniezno y parte de Poznań).

Los sacerdotes del distrito de Łódz fueron llevados primeramente a Konstantynowo, los de Inowrocław a Ląd y los otros al Fuerte VII en Poznań. Los de Konstatynowo fueron llevados en un tren especial el 27.10.1941, en las estaciones de Konin y Poznań incluyeron a los sacerdotes de los otros dos distritos. El 30.10.1941 este tren llegó a Dachau.

El 6 de octubre de 1941, en horas de la madrugada, la Gestapo detuvo a casi todos los sacerdotes en número de 350 del denominado distrito de Łódz, perteneciente al llamado Warthegau… los arrestados fueron trasladados a la sede de la Gestapo ubicada en la calle Anstadt ese mismo día, es decir, el 6 de octubre.

Alrededor del mediodía todos los detenidos fueron cargados en camiones y los trasladaron al campo de Konstantynowo cerca de Łódz. El campo de tránsito estaba situado en una gran fábrica. Todo el complejo estaba rodeado de alambre de púas y fuertemente custodiado por los hombres de las SS.

Inmediatamente después de la llegada cada uno fue sometido a un registro exhaustivo, les quitaron el dinero y los relojes, registraron sus datos y describieron su apariencia y condición física. Los 350 sacerdotes fueron ubicados en una sala gigante. No había camas ni paja. Durante varios días los detenidos dormían sobre tablas desnudas, donde a través de las ventanas sin cristales llovía a cantaros o entraba el viento helado. Después de algunos días trajeron un poco de paja y cubrieron el piso con una capa fina.

Recibían alimento tres veces al día: por la mañana y por la noche, café negro y un trozo de pan seco, al mediodía un poco de sopa caliente. El pequeño patio de la fábrica con los charcos de barro servía como lugar de los paseos diarios. El lavado y el aseo de la mañana se realizaban en el patio junto al pozo en condiciones muy primitivas. Estaba prohibido rezar. De repente irrumpían en la sala los hombres de las SS, y a quienes sorprendían rezando el breviario o el Rosario eran golpeados con un látigo en la cara.

Todavía durante la permanencia en el campo de Konstantynowo circulaban rumores de boca en boca, que el clero sería transportado al Gobierno General por lo tanto no había que tener temor al futuro. Pero estas fueron informaciones falsas.

Después de tres semanas de prisión en Konstantynowo, el 27 de octubre, los eclesiásticos fueron trasladados en automóvil a la estación de trenes. Por los empleados ferroviarios polacos se enteraron que los llevarían lejos, porque el tren estaba especialmente preparado para ese viaje. Colocaron a los sacerdotes en seis compartimientos, y para que esto se realice de forma efectiva los guardias alemanes armados vigilaban la acción.

Las puertas de los compartimentos estaban cerradas meticulosamente y aseguraron las puertas de los vagones con tablas. En cada vagón había guardias armados, que recibieron la orden de disparar si había un intento de fuga. En el caso de fuga de uno de los prisioneros, los guardias amenazaron con fusilar a los demás.

En Ląd, ubicaron en el mismo tren a los sacerdotes de la diócesis de Włocławek, y en Poznań a los sacerdotes de la Arquidiócesis de Poznań. El viaje duró 3 días con sus noches y fue muy penoso porque los prisioneros no recibieron ningún alimento.

Con la llegada del tren al territorio del Tercer Reich, en las estaciones de paso los injuriaban con improperios despectivos y amenazas. En Munich, los representantes de la Cruz Roja les dieron a los prisioneros un poco de té y agua para beber. La última parada fue en Dachau, de donde ya a pie los prisioneros se dirigieron al campo de concentración.

El primer encuentro de los sacerdotes prisioneros en la estación de trenes de Dachau con los representantes de las autoridades del campo lo explicó todo. Descubrieron que los guardias del campo eran los señores de la vida y de la muerte para estos indefensos.

Los hombres armados de las SS cayeron como ladrones sobre estas víctimas desprotegidas, abrieron las puertas de los vagones y comenzaron a los gritos: Raus! Schneller! Fue muy difícil saltar desde la plataforma de los vagones, algunos cayeron provocándose heridas.

Rodearon a los sacerdotes recién llegados y los colocaron en filas de a cinco y los obligaron a ir corriendo hasta el campo de concentración distante unos tres kilómetros. Muchos dejaron las valijas, no tenían fuerzas para llevarlas. Detrás había un camión del campo y las recogía. De camino hacia el campo, muchos eclesiásticos fueron severamente golpeados.

Casi quinientos sacerdotes polacos hacen su camino hacia el calvario, para la mayoría lleva a la muerte. Algunos empezaron este camino, pero no lo terminaron, severamente golpeados y pateados a mitad de camino caían a tierra para entregar su espíritu a Dios. No llegaron al campo. Los gritos y los golpes despertaron el miedo y el terror.

Finalmente llegan al portón del campo donde en letras grandes de acero se encuentra la inscripción: «Arbeit macht frei» (El trabajo libera). Los sacerdotes solo fueron capaces de acercarse con los últimos restos de sus fuerzas. Los compañeros de las mismas diócesis que habían llegado un tiempo antes no los pudieron ni siquiera reconocer. Un gran movimiento en el campo ante la llegada de esta “muchedumbre negra”. Los recién llegados despertaban una gran compasión:

“Muchos de ellos no recibieron ropa interior, otros no recibieron abrigos, gorras, calcetines. Entre ellos había muchos sacerdotes ancianos que tenían que ser sostenidos. El aspecto que presentaban estos sacerdotes ancianos era muy doloroso. Unos con el pelo blanco, otros con la cabeza calva, llevados a hombros por sus compañeros más jóvenes más que guiados. Nos acercamos a saludarlos. Algunos, a pesar del gran agotamiento, tenían una sonrisa alegre en sus rostros: «Todo para Cristo»; «Alabado sea Jesucristo». Otros estaban muy serios. En sus rostros pudimos ver el esfuerzo que exigía cada paso”.

Así se expresa el benedictino alemán Sales Hess en sus memorias significativamente tituladas: Dachau. Eine Welt onhe Gott (Dachau. Un mundo sin Dios).

Alineados en el patio del pasa lista esperan el turno para entrar a los baños. En grupos entran en el edificio, y después de una revisión, después del corte de pelo y del baño salen afuera descalzos, sin gorra, con un delgado uniforme a rayas y esperan allí, hasta ser llevados a las barracas. En medio de la lluvia y la nieve avanzan por la calle principal del campo hasta la barraca asignada…

El hambre, el agotamiento, el trabajo por encima de sus fuerzas y el maltrato permanente de los guardias comenzaron a recoger los frutos de esta cosecha macabra.

En menos de un año, de este grupo de casi quinientos sacerdotes, solo alcanzaron a sobrevivir poco menos que cien.

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