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¿Por qué no le dan el Nobel de la Paz a Cáritas?

© caritas.org.ar

Esteban Pittaro - publicado el 08/10/17

Nunca reclama un premio. No tiene tiempo para eso. Está demasiado ocupada en salvar vidas

Suele haber discusiones sobre los premios Nobel, principalmente los de Literatura y los de la Paz. Se suele cuestionar a aquellos que reciben y quizá no lo merecen, y cuando existen otros que son ignorados para el reconocimiento, que aún tras muchísimas polémicas, goza de una reputación inmensa.

Mientras se daba a conocer que el comité noruego del Premio Nobel concedía el premio 2017 a la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares por “su trabajo para atraer la atención de las catastróficas consecuencias humanitarias del uso de las armas nucleares y por sus esfuerzos para alcanzar tratados para la prohibición de esas armas”, voluntarios y empleados de Cáritas daban de comer, como hacen todos los días desde 2015, a los más olvidados entre los burundeses que habitan el campo de refugiados de Mahama en Ruanda.

El campamento de Mahama fue creado en 2015 para acoger a 50 mil refugiados burundeses que huyen de su país. Lo que hoy se observa ya son viviendas semipermanentes, establecimientos que difícilmente sean abandonados aún cuando puedan mejorar las condiciones en su país. Son muchas las organizaciones que allí colaboran, no tan sólo Cáritas. El foco del brazo solidario de la Iglesia estuvo desde un principio con los ancianos, los discapacitados y los enfermos.

“Habría muerto durante la noche y me habría quedado seca como un trozo de madera”, relata Mbarushimana Honorata, de 86 años, al sitio de Cáritas Internacional. El alimento recibido por ella de parte de las Naciones Unidas, granos y legumbres para preparar su propia comida, requería de fuertes dientes para ser triturados y digeridos. Cáritas Ruanda comenzó para personas como ella con un programa de distribución de harinas enriquecidas con sorga, soja y maíz. Además, emprende muchísimas otras iniciativas orientadas a buscar la autosustentabilidad de las familias, además de asistir a sus necesidades de higiene e indumentaria más básicas.

Es la misma Cáritas que está en Bangladesh atendiendo a refugiados de Myanmar, en Sierra Leona junto a las víctimas de las avalanchas de lodo, con los inundados en el sur de áfrica, con las víctimas de los temblores en México, en cada país de Europa donde haya refugiados…

La misma Cáritas que está a la vuelta de la esquina en cada parroquia o allí donde haya presencia de la Iglesia, aunando esfuerzo y colaboraciones de católicos y no católicos, para atender y procurar asistir y ayudar al desarrollo de todos los hombres, indistintamente de credos, ideologías, condición.

Nacida en los albores del siglo XX en Alemania, recién a mediados del siglo pasado comenzaron desde Roma a coordinarse las labores de las Cáritas de los distintos países, con la conformación de Caritas internacionalis. Para el Concilio Vaticano II, la Confederación de las Cáritas ya tenía 74 miembros.

En distintos países del mundo Cáritas ha recibido numerosas distinciones. Moviliza millones de dólares en asistencia, probablemente más que cualquier otra organización del mundo, millones que siempre llegan a destino. Sus estándares de gestión están basados en las mejores prácticas a nivel mundial.

Cáritas nunca reclama un premio. No tiene tiempo para eso. No le corresponde. Probablemente no tenga gente que se encargue de eso. Ni en su sede central ni en cada una de las parroquias en las que está.

El Pemio Nobel de la Paz se entrega al que “haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”, según el testamento de Alfred Nobel. Pareciera lógico, de acuerdo a su testamento y a los reconocimientos que progresivamente ha ido haciendo el comité noruego, que Caritas lo reciba alguna vez.

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