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Blade Runner: Me estaba viendo en el futuro, y no lo sabía

BLADE RUNNER

Warner Bros. Entertainment

Hilario J. Rodríguez - publicado el 20/09/17

Lo que hace diferente a Blade Runner de la ciencia ficción desde los setenta en adelante es que va más allá de los efectos especiales: no habla del futuro, sino de la muerte

Philip K. Dick ideó un futuro donde las preguntas partirían de una tecnología hiper sofisticada en forma de robots a los que llamó replicantes, y las respuestas estarían en posesión de humanos al frente de grandes corporaciones. No había entendimiento entre ambos porque unos buscaban la eternidad y los otros sólo entendían de productos perecederos que mantuviesen con vida las leyes del mercado. Unos tenían temblores existenciales y los otros tenían cadenas de montaje que alimentar. Eran los productos y sus creadores.

Pero ¿qué sucede cuando una lata de sardinas es capaz de hablar y de pedir socorro? Seguramente no la entendemos o no le hacemos caso o la mandamos a paseo por no conformarse con su bonito diseño hasta que alguien, o el tiempo, le introduzca un bisturí con forma de abrelatas para devorar su interior.

¿Acaso sangra un robot? ¿Siente dolor? ¿Miedo?

Los replicantes se rebelaban y unos detectives llamados blade runners les daban caza, en eso consistía la relación dialéctica en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Si preguntas, no te contesto y en lugar de eso te desconecto como a HAL-9000 en 2001, una odisea espacial (2001, A Space Odyssey, 1968, Stanley Kubrick).

A esa escala trabaja la película de Ridley Scott, mezclando imágenes de Los Ángeles en el año 2019 con las ruinas del pasado, en un palimpsesto a medio camino entre la publicidad y el cine, un choque de galaxias estéticas que ya había predicho Jean-Luc Godard a finales de los 60 («no veas lo que no deseas ni entiendes: compra, devora y diviértete con las imágenes que tú elijas, es tu mundo, dale esta maravillosa forma»).

La película fue un fracaso porque los espectadores aún no estaban preparados para sentir dolor en la belleza (qué banda sonora de Vangelis, qué fugas de luz, qué diseño de producción y qué ralentís mientras los actores fingen que mueren a lo Sam Penkinpah, de forma salvaje, sólo que aquí de forma salvajemente industrial y, por supuesto, bonita). Todavía era un plato demasiado espeso para los consumidores, para darse cuenta de que una imagen -además de pensar- siente a una escala casi humana e incluso más allá de la humana si nos atenemos a nuestro grado de tolerancia actual ante todo lo que vemos y a lo triste que sigue siendo todo lo que vemos en líneas generales.

Después, ya con los años, Blade Runner se convirtió en un objeto de culto, al darnos cuenta de que no trataba de otra cosa que de nosotros mismos, los espectadores, a quienes nos habían adiestrado para vernos morir sin que en esa muerte virtual intuyésemos una amenaza para nuestra vida real, tal como sucede en los vídeo juegos y en toda esa cacharrería violenta con la que pasamos el rato inocentemente porque de otro modo nos aburriríamos. Aniquilamos el tiempo y nos aniquilamos, por mucha sustancia que pretendamos darle a nuestros superpoderes virtuales aunque en la realidad sigamos siendo unos alfeñiques.

La dialéctica entre los planos y contraplanos de Blade Runner no sigue los cauces de la exposición, el nudo y el desenlace de las películas de la época; sigue más bien los cauces de la exposición de un producto, su perfecto funcionamiento y su destrucción, pero sin la lógica industrial del cine de los ochenta, cuando todo se destruía y se construía en cuestión de segundos porque en lugar de directores había expertos en simulación y en simulacros para rambos y terminators. Aquí las muertes duelen, los cuerpos se mutilan y las máquinas intentan defenderse a la desesperada.

Por supuesto, algo de ese tamaño descomunal, el de las obras maestras, no podía ser sólo un producto de Ridley Scott, de cuyo nombre quizás no nos acordaríamos con tanta bomba y boato si no hubiese participado en él (y, en menor medida, en Alien). Está claro, no obstante, que la paloma que al final deja libre Batty (Rutger Hauer) antes de morir es de su cosecha, porque simboliza algo, y los expertos en publicidad son expertos en símbolos (quizás en este caso nos quiera decir que no hay productos libres, ni consumidores libres, y sin embargo la libertad existe si concebimos una imagen que nos lo haga sentir).

También está claro, como ya sabemos, que lo de «Yo he visto cosas que no podrías creer…» no es parte de la novela de Philip K. Dick y que puede considerarse una versión libre de El barco ebrio de Arthur Rimbaud. ¡Ah, cuánto hemos aprendido desde que éramos espectadores inocentes e indocumentados!

Que la película haya conocido varios montajes, instigados y supervisados por Ridley Scott, sólo viene a demostrarnos que nadie estaba preparado para un espectáculo de esas dimensiones, aunque pueda buscarse un antecedente en Metrópolis (Metropolis, 1927, Fritz Lang), que curiosamente también fue un estrepitoso fracaso en taquilla.

Lo que hace diferente a Blade Runner de la ciencia ficción desde los setenta en adelante es que va más allá de los efectos especiales y una concepción lúdica del cine, más allá de las sagas y el Muppet Show de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977, George Lucas) & Co., como diría J. G. Ballard.

No se trataba sólo de un cohete espacial ni de una máquina del tiempo, tampoco del Apocalipsis ni de la ecología, era ante todo una bella investigación en la naturaleza de las imágenes y de su relación con la memoria, de hasta qué punto el olvido o la amnesia son imposibles si aceptamos lo que ciertas imágenes proponen y regalan de manera desinteresada: una vida de recuerdos capaces de tapar los huecos y las heridas de nuestros álbumes mentales.

¿Hace falta recordar la fragmentación y aproximación a la que somete Dekkar (Harrison Ford) a una fotografía, homenajeando al Michelangelo Antonioni de Blow-Up (1966)? Supongo que no, espero que no porque Blade Runner ya la deberíamos haber visto todos, para al menos tener un objeto de melancolía al que regresar.

Sus imágenes no apelan a un mundo futuro sino a la muerte en directo, a través de cinco replicantes que tienen apego cinematográfico a la vida, a dejar su marca antes de su desaparición, antes de ser puestos fuera de servicio y convertirse en imágenes que vuelven iguales pero ligeramente distintas, embalsamadas como momias del Antiguo Egipto; imágenes disponibles para un consumo dialéctico de fácil digestión, en alguna secuela, precuela o quién sabe qué, donde los espectadores nos encontramos a nosotros mismos, enroscados en un bucle visual que demuestra hasta qué punto ahora las imágenes ya nos conocen y vienen a por nosotros, como blade runners.

To be continued…

Ficha Técnica

Título original: Blade Runner (2016).
País: Estados Unidos.
Director: Ridley Scott.
Guión: David Webb Peoples y Hampton Fancher  (a partir de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip k. Dick).
Reparto: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, Edward James Olmos, Joanna Cassidy, Brion James, Joe Turkel, M. Emmet Walsh, William Sanderson, James Hong, Morgan Paull, Hy Pyke.

Tags:
cine espiritual
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